Martes 18 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Mad Men, una especie de tristeza

Don Draper ha dejado mucho atrás, ha roto muchos cristales y ha dejadao un reguero de basura, hasta llegar a convertir su vida en eso que dejara tan bien dicho la trompera de Miles Davis: una suerte de Kind of Blue.

Fecha de publicación: 09-07-17
Por: Rogelio Salazar de León
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Muchas cosas en la vida suceden de forma tardía, tal vez más de las cosas que uno quisiera; a lo mejor, pese a que uno quisiera ser alguien acoplado al tiempo y a pesar de que uno quisiera estar como se dice: siempre al día, esto no sucede muy
frecuentemente.

Eso mismo me ha pasado a mí con la serie televisiva llamada Mad Men, la cual he visto años después de que fuera transmitida y gracias a una de las plataformas novedosas de hoy, cada vez más de moda (no es ninguna sorpresa que cosas que importan adquieran sentido tiempo después, a veces mucho tiempo después).

Parte importante de la trama de la serie es la ciudad de Nueva York; y, como es bien sabido, la isla de Manhattan es larga y angosta, de norte a sur avenidas muy largas y de oriente a poniente calles muy cortas, muy pocas avenidas y muchas más calles; la isla de Manhattan es como un cuchillo bien afilado, largo y angosto, casi podría decirse como un puñal capaz de pinchar, perforar y penetrar el corazón de una época desalmada, que es la nuestra.

Resulta que entre la tercera y la quinta avenida de Manhattan no está, como sería lógico suponer, la cuarta avenida, esa simplemente no existe, en su lugar hay tres avenidas sin nomenclatura numérica, pero eso sí, con nombres muy reconocidos y reconocibles: las avenidas Madison, Lexington y la imperdible Park Avenue; de modo que el nombre Mad Men juega con el nombre Madison Avenue, como quien dice, hombres locos, o bien hombres de Madison; supuesta o realmente las grandes agencias de publicidad neoyorkinas durante la década de los sesenta estaban justo en la avenida Madison.

Así que la cosa va de publicidad, es decir la cosa va de persuasión y de seducción, de lenguaje, pero del lenguaje que sólo quiere persuadir y seducir ¿acaso, hay otro…? ¿qué si hay otro…? Sócrates gritará a los cuatro vientos que sí, el viejo Sócrates hará lo propio y lo ajeno, que en su caso llega hasta entregar la vida, para demostrar que sí que lo hay, que sí hay otro lenguaje.

Pero este es el fondo de la discusión, antes de llegar a este fondo parece aconsejable transitar por otras cosas.

Concert Bal. Tous les Soirs. LE MOULIN ROUGE LA GOULUE, ese es el texto de un afiche comercial destinado a ser la propaganda (o la publicidad), para un establecimiento de la capital francesa dedicado al esparcimiento frívolo, durante el ya lejano siglo XIX; solo que este cartel ahora es una obra de arte, porque fue diseñado y ejecutado por Henri de Toulouse Lautrec, a quien hoy reconocemos como un maestro de la pintura posimpresionista.

Seguramente, no todas las campañas publicitarias han tenido la buena suerte de devenir en una obra de arte, como la del Molino Rojo de París, lo cual no quiere decir para nada que nuestro tiempo haya desistido en su empeño de llevarlas a cabo, de reproducirlas y multiplicarlas; todo lo contrario.

Tal vez, o incluso más que tal vez, cuando en un tiempo futuro se recuerde la voz oficial de nuestro tiempo, lo que se recuerde sea la publicidad, pero ¿por qué la publicidad resulta imprescindible para dar cuenta de nuestro tiempo? Para decirlo con palabras sencillas y sin provocar roces ni malestares, hay que responder que porque somos desarrollados (aun en el subdesarrollo); hay que responder que, entre otras cosas, porque nuestra ropa ya no es la piel del animal que hemos cazado, ni nuestra comida su carne, ni siquiera nuestra comida es lo que cultivamos en nuestro huerto, ni lo que le robamos a los mares, lagos o ríos a través de la pesca.

Ahora, porque somos desarrollados (aun en el subdesarrollo), todo lo compramos e, incluso, llegamos al extremo de volvernos locos por las compras, locos como lo dice el nombre la serie que nos inspira: Mad Men.

Antes la vida era aburrida porque el hombre se contentaba con poco, con muy poco, solo con lo indispensable para hacer frente a sus necesidades: sacaba el agua de un pozo, mientras la mujeres tejían y cosían la ropa de toda la familia; en cambio el hombre de hoy tiene otro problema, uno que es un dilema grave ¿qué producto comprar, entre tantos que sirven para lo mismo…? Samsung, Nokia, Sony, Motorola, iPhone, Black Berry o alimento al dragón y compro Hua wei, me adscribo a la moda francesa o a la italiana, un Jaguar o un Alfa Romeo, bebo vino chileno, californiano o mediterráneo; a estas y a otras dudas tremendas se ve expuesto el consumidor.

Y la tarea de la publicidad es la de orientar nuestra decisión: vente conmigo ¿…a ver si te resistes a mi lengua persuasiva y seductora…? Te digo lo que sea y pongo más énfasis si sé que eso es justamente lo que quieres oír; si a la vuelta de los años tienes cáncer, diabetes o sida, a mí me da igual, porque la decisión fue tuya.

Finalmente, el juego y sus mecanismos son tan viejos, que eso mismo fue lo que hizo la serpiente en el paraíso: persuadir, seducir, decir lo que queremos oír; porque si decimos mentir ya suena mal y quizá sea mucho decir.

Don Draper (el personaje protagónico de la serie) no se arrastra como la serpiente del paraíso, él camina muy elegante por la calles de Manhattan, sube a su alta y acristalada oficina y entra a su sala de reuniones con sus clientes para hacer uso de ese lenguaje persuasivo y seductor; y una vez allí, se desempeña como nadie, brilla como una estrella, caza como un experto, presiona e impresiona.

Pero el hecho es que, en su camino, Don Draper ha dejado mucho atrás, ha roto muchos cristales y ha dejado un reguero de basura, hasta llegar a convertir su vida en eso que dejara tan bien dicho la trompera de Miles Davis: una suerte de Kind of Blue; ya lo dice el refrán de los neoyorkinos: There is a broken heart for every ligth on Broadway, o bien hay un corazón roto por cada luz en Broadway.

Pero algo había quedado pendiente, para mientras habíamos aplazado al viejo y desdichado Sócrates, quien confió en que sí había otro lenguaje aparte del persuasivo y seductor, que ese no era el único; la guerra de Sócrates no era con los publicistas, era más bien con políticos atenienses y sofistas de todas partes, pero él, al usar la misma persuasión y seducción, persigue el fin opuesto a ellos, y lo hace de forma tan eficiente e insistente que le cuesta la vida.

Sócrates creyó que otra lengua podía surgir y era posible si se intenta responder a la indagación ¿qué convierte al hombre en humano…?

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