Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Solo algo anecdótico

Fecha de publicación: 25-06-17
Por: Por Rogelio Salazar de León
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Recientemente, en la Universidad de San Carlos, se ha inaugurado la Escuela de Ciencias Físicas y Matemáticas, lo cual además de ser motivo de congratulación, también hace pensar en ciertas cosas, como por ejemplo que, la matemática, la física, la química son ejemplos de disciplinas que precisan de un maestro que guíe y conduzca por los intrincados vericuetos de sus procedimientos, métodos reductivos y ecuaciones que eventualmente llegan a ser fórmulas; por lo menos eso es lo que nos transmite un tiempo como el presente, en el cual la matemática ha llegado a ser algo parecido a lo que ha sido la lógica desde la antigüedad griega: una suerte de la teoría de la ciencia.

Por el contrario, la filosofía, la literatura, la música, aun y cuando pueden llegar a ser muy complicadas, interminables y difíciles, se entiende que están más cerca del gusto que permite cultivarlas al margen de la guía directa y la presencia cercana del maestro; quizá otra forma de decirlo sea afirmar que la matemática, la física y la química son ante todo ciencias de aula y pizarrón, mientras la filosofía, la literatura y la música son ante todo disciplinas de biblioteca y sofá.

Mientras unas son las ciencias reguladas por la corrección de la ecuación, las otras son las ciencias reguladas por aventura del estilo personal; desde luego, dicho sea esto con las reservas del caso que a todos nos es posible apreciar; mientras la ciencia se rige por cierto rigor de método, el arte parece estarlo por cierta práctica en una técnica, mientras las primeras se transmiten con base a la austeridad y la demostración, las segundas lo hacen mediante la exuberancia y la teoría.

Sin embargo, pasando a otro plano hay que decir que la pesadumbre, la congoja y los celos son tan terribles en el rigor del laboratorio como en la soledad del escritorio, ambos son comparables porque tanto, en el experimento se somete a prueba la experiencia, como en el escritorio alguien se somete a las exigencias de la creación; seguramente esto es así, en la medida en que, en ambos lugares: el laboratorio y el escritorio los dos hombres son servidores de un compromiso que es mucho más grande que ellos mismos.

En 1867, hace justo ciento cincuenta años, falleció un hombre nacido el 22 de septiembre de 1791, después de una vida de setenta y seis años; él nació en Inglaterra y, como pocos, se vio sometido a vaivenes y angustias, al desasosiego proveniente de la vocación por la ciencia, en parte por haber nacido con un talento muy singular y, además, por nacer en una familia con muy pocos recursos.

Michael Faraday fue uno de los varios hijos de una familia muy pobre en un país que, por entonces, se modernizaba en obediencia a un ritmo vertiginoso, cabe decir con prisa y sin pausa; la brillante época victoriana ya se anunciaba, para el Imperio Británico.

De niño parece ser que el ritmo en el aprendizaje de Faraday no era el de los otros niños, por alguna razón él avanzaba de forma más lenta que los demás, incluso su dicción y defectos al hablar pudieron haberlo puesto en evidencia y haberlo convertido en objeto de burlas y crueldades, hasta de parte de algún maestro que inmerecidamente llevaba ese título; de modo que, más pronto que tarde y sin haber logrado avances significativos, debe abandonar la escuela.

Al ser de familia muy modesta, tiene que conseguir un trabajo todavía siendo un niño, así es como llega a un taller de encuadernación, en donde ha de cumplir las exigencias de un patrono típico de la época, con tal de dejar de ser una carga y contribuir a la hacienda familiar; pero lo que importa es que desde el fondo de su silencio, que es como el silencio del fracaso y de quien sabe que es un perdedor, el niño Michael Faraday decide no serlo y, en consecuencia, decide hacerse con las pocas armas que un destino cruel le ha dejado a mano: con todo y su ritmo lento, con todo y la carga de horas que le exige el trabajo, el niño Faraday decide portarse como un hombre, así que resuelve ponerse a leer los libros que él mismo encuaderna y edita, para, poco a poco y paso a paso, ir abriendo su mente al asombro y la sorpresa ante aquello que lee, a fin de labrarse un futuro que llegará a ser brillante y a alcanzar los destellos de una estrella; y nunca mejor dicho eso del brillo de la luz, que en su caso.

Seguramente no fue la lectura de los libros que encuadernó la que dio a Faraday un gran conocimiento, lo que sí que le dio fue una insaciable sed de conocimiento y, francamente ¿qué ha sido el saber, en esencia, sino un insaciable deseo de más…?

Ese inmenso deseo lo lleva al temple para un sacrificio capaz de robarle horas al sueño y, también, lo lleva a asistir a una serie de conferencia dictadas por alguien llamado Humprey Davy, en donde, mientras otros sólo escuchan, él toma nota como si se tratase de un dictado, lo que le vale, al serle presentadas esas transcripciones al propio Davy, llegar a ser su asistente; ya en ese punto Michael Faraday estaba donde quería estar.

A partir de ahí, Faraday, dio rienda suelta a su vasto deseo, hasta llegar a ser uno de los mayores experimentadores de la ciencia moderna: investigó la inducción electromagnética y desarrolló el concepto de líneas de fuerza y campos magnéticos alrededor de un imán, hasta el punto de presumir y establecer la relación entre campos gravitacionales, campos magnéticos y velocidad de la luz; evidentemente, para explicar esas relaciones se necesita de alguien con mucho más capacidades que las de quien redacta esta nota, porque honestamente todo eso que acaba de mencionarse suena como algo muy pero muy importante, signifique lo que signifique.

Pero lo que sí interesa a esta nota es seguir, de algún modo, con la historia de Michael Faraday, quien, además de todo, fue un hombre melancólico y depresivo, al grado que eso llegó a afectar su trabajo y sus capacidades; todo lo cual se debió a que él sabía que su trabajo estaba incompleto, porque él había demostrado en el laboratorio y el experimento algunas cosas que no podía formular de forma correcta.

Resulta que para ese entonces, para la época de Faraday, la física ya había adoptado como su lengua oficial a la matemática, y el niño desfavorecido que él había sido arrastraba un pesado lastre: un déficit escolar, Faraday no manejaba más que la geometría clásica, algo de trigonometría elemental y rudimentos de álgebra, lo que, de ninguna manera, le alcanzaba para formular seriamente y en el justo lenguaje el resultado de su trabajo.

En ese punto entra en escena otro hombre, que bien puede entenderse como la antípoda de Faraday, un niño rico y criado como un aristócrata británico, con todo lo que eso significa; este otro ha recibido, desde la cuna, una educación formal y perfecta, todo lo cual no lo lleva a desconocer o a negar a Faraday: John Clerck Maxwell es un refinado joven y un aventajado matemático de Cambridge, que al descubrir el trabajo experimental de Faraday se sorprende al punto de proponerse formular las ecuaciones que sean su justa expresión matemática y, por ese camino, entre ambos, sentar finalmente, las bases para la electroquímica y la actual teoría electromagnética, fuente de energía para gran parte de la tecnología de la que hoy disfrutamos tanto.

La historia de Faraday y de la colaboración de Maxwell nos enseñan varias cosas que pueden ser muy válidas: entre otras, que los hábitos intelectuales de disciplinas diferentes no están reñidos, a lo mejor que el menos tonto es aquel a quien estamos prestos a llamar así y, sobre todo, que la alianza, la reciprocidad y el concurso entre hombres con historias diferentes es posible y que eso puede llegar a ser una cosa muy fecunda.

Quizá los motivos de congratulación por la fundación de la nueva Escuela de la Usac, pasen por algunos de los puntos que menciona el párrafo anterior y, ojalá por ahí, los guatemaltecos aprendamos también, si no física y matemática, al menos sí a compartir algo más que nuestras sombras más oscuras.

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