Martes 19 DE Marzo DE 2019
El Acordeón

Elogio de la telenovela

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 25-06-17
Por: Arturo Monterroso
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Durante el largo período que me ha tomado recuperarme de una cirugía, no he podido concentrarme en la lectura sino en las últimas semanas. Abrumado por la falta de energía, la televisión me sirvió para disipar el malestar y pude, por primera vez en mi vida, ver una serie completa: Downton Abbey, una telenovela inglesa. Sin embargo, antes de ver el primer capítulo de ese drama histórico, situado en las postrimerías de la era eduardiana, intenté volver a House of Cards, el drama sobre la política estadounidense, pero no pude pasar de la segunda temporada, que había empezado a ver un año atrás. Original e intrigante al principio (no hay que negar la magnífica actuación de Kevin Spacey en los primeros capítulos y sus cínicos comentarios a la cámara) después se vuelve previsible y repetitiva. Puede ser que no haya estado con la mente despejada ni el humor adecuado; así que algún día volveré a intentar ver algún otro episodio. Me parece interesante cómo refleja la realidad, aunque esta siempre la supera. Uno puede concluir rápidamente que, en Estados Unidos, como aquí y en cualquier parte del mundo, honestidad y política se repelen.

Pero volvamos a Downton Abbey. Terminada la época del esplendor británico con la muerte de la reina Victoria, en 1901, la aristocracia lucha por conservar sus privilegios. Y atraviesa –casi indemne, pero ya en conflicto con los cambios irreversibles del nuevo siglo– el reinado de Eduardo VII y el de Jorge V. El primer episodio de la serie nos sitúa en 1912, en el condado ficticio de Downton, en Yorkshire, al norte de Inglaterra, y finaliza en la Navidad de 1926. ‘Downton Abbey’ (el castillo de Highclere en la realidad) es la mansión del conde Grantham, heredada de su padre, al igual que la extensa propiedad bucólica que la rodea, pero que había estado a punto de perder si no es por un matrimonio de conveniencia con una millonaria estadounidense. No obstante, esta circunstancia no impide que los Crawley (este es el apellido del Conde y de su familia) terminen amándose. La trama parte de la muerte del heredero (un primo del conde) y de su hijo (prometido en matrimonio con la hija mayor de Lord Grantham para salvar, una vez más, la preciada herencia, atada a un mayorazgo) en el hundimiento del Titanic. Luego, se desencadena una serie de hechos que alimentan la curiosidad del televidente, un trabajo que el prolífico escritor y cineasta, Julian Fellowes, sin duda con ayuda de otros guionistas, lleva a cabo con toda efectividad.

La historia de Downton Abbey es ligera. Tiene la levedad de los hechos que, aunque a veces sombríos y trágicos –como la muerte, la enfermedad, las circunstancias equívocas o los amores contrariados– no pesan. O no logran conmovernos profundamente porque la forma como nos los presentan carece de dramatismo. Uno disfruta de esa sensación de inmiscuirse en la vida de una aristocracia en decadencia (sus privilegios pasaron después a la burguesía) y de su servidumbre, a veces mucho más interesante. El argumento en un contrapunto entre las vicisitudes de los sirvientes y las de sus amos. El elenco es magnífico y las actuaciones impecables. De todos, mi personaje favorito es el de Lady Violet, la condesa madre de Lord Grantham, interpretado de manera exquisita por la actriz británica Maggie Smith, pero también debo mencionar al excelente actor Jim Carter, que interpreta el papel de Mr. Carson, el mayordomo de la casa. A veces tengo la impresión de que Fellowes siguió a Shakespeare; no solo en presentarnos la riqueza de la naturaleza humana (“las vulnerabilidades de la voluntad”, dice Harold Bloom), sino en la forma narrativa, alejando de nuestra vista ciertos hechos en los que no hace falta regodearse. Un acierto.

>arturo.monterroso@gmail.com

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