Viernes 24 DE Mayo DE 2019
El Acordeón

Andy Warhol sabía la respuesta

¿Cómo una civilización que sólo ha deseado dar vía abierta a sus alternativas emancipadoras, no ha hecho más que avanzar, con paso ligero, hacia su propia catástrofe…?

Fecha de publicación: 11-06-17
Por: Rogelio Salazar de León

A veces lo más difícil es acercarse a algunas averiguaciones, sobre todo cuando se trata de ciertas materias, como por ejemplo cuando se indaga sobre si hay un sentido en el paso del tiempo; vamos a tratar, de la mano de algunos nombres conocidos, de formular una de esas preguntas.

De entre todas las notas apresuradas que forman la ‘Tesis de filosofía de la historia’, en una de ellas Walter Benjamin trae a su memoria una frase de Marx, que puede ser muy característica y típica del siglo XIX, en parte porque toma uno de los mitos más vigorosos de la época y, en parte también porque hace de este potente mito algo capaz de convertirse en metáfora de transformación.

El enunciado de Marx dice: “la revolución es la locomotora de la historia”; la metáfora tiene la fuerza metálica del hierro, en un tiempo en que la máquina de vapor puso en marcha la fuerza industrial y, también, fue cuando un esqueleto de metal conocido como la Torre Eiffel dio su sello definitivo a una ciudad emblemática de la época; la dureza del metal parece ser el destino moderno.

Es bien sabido que Marx fue un filósofo que, entre otras cosas, quiso desmarcarse de esa etiqueta, él ya no quiso ser conocido como lo desearon, seguramente, Kant y Hegel, ellos siendo tan diferentes entre sí y, aun siendo sus antecedentes directos, quisieron ser lo que fueron: profesores metidos de cabeza en los libros y la vida académica; Marx, en cambio, da la impresión de querer escapar de ese perfil, como si hubiese querido huir de la vida universitaria a cambio de la militancia y la influencia desde el panfleto y el periodismo; eso sí, haciendo uso de un lenguaje como el de la cita, de un lenguaje elástico y flexible, que usó más de una vez.

La locomotora como metáfora del siglo XIX, como la máquina de vapor o como la Torre Eiffel son todas de metal, de un hierro que con toda su dureza llega hasta el siglo XX para influir y gravitar, cómo no; es entonces que otro pensador de lengua alemana, de nombre Max Weber, atraviesa por una melancolía oscura, él fue un hombre muy sensible a quien le tocó pasar por la Europa de la Primera Guerra, siendo esto algo por lo que debió pagar un precio alto: su vida estuvo oprimida por ese sufrimiento y así, por más de cinco años permaneció paralizado, sin siquiera poder escribir; cuando fue saliendo de ese pozo profundo, Weber recordaba un sueño reiterado, repetido, recurrente: soñaba con una locomotora que se descarrilaba entre el desorden y la estridencia.

La pregunta es, entonces ¿Cómo entender juntas la metáfora de Marx y la pesadilla de Weber…? ¿Cómo se resuelve esto…? ¿Cuál es la respuesta…?

En esas apuradas anotaciones de Walter Benjamin a que se hacía referencia al inicio, él, más o menos, conjetura y piensa: si se retoma el enunciado del autor de ‘El Capital’ y se lo piensa con calma, tal vez sea posible llegar a algo enteramente diferente a lo que se ha creído, para concluir en que quizá las revoluciones sean, a cambio una cosa muy distinta a lo que se ha pensado que son, algo comparable al gesto de coger con desesperación el freno de emergencia, algo que, desde luego, haría la comunidad humana que viaja en el tren.

Benjamin supone esto al final de su vida, cuando está cerca de poner el cierre a su vida, justo luego de los años decisivos de su experiencia parisina, durante los cuales ha luchado por desmontar la trama de la cultura burguesa de la forma más profunda; años turbulentos de entre guerras y de perseguir de manera incesante su proyecto inconcluso: ‘El libro de los pasajes’.

El judío de Berlín exilado en París, que era Benjamin, se pregunta ¿si, a lo mejor es el momento, es la hora para que la raza humana que viaja en un tren desacompasado le eche mano al freno de seguridad, ante el temor primario y básico de sentirse excedidos de ímpetu desatinado, de fuerza transformadora…?

Si se intenta pisar el territorio marcado por ese tiempo de entre guerras no resulta muy difícil formular una cuestión que, más o menos, podría decir algo como: ¿qué le ha podido pasar al individuo o al sujeto (para usar la palabra moderna) en el interior de un mundo que se ha bifurcado o desviado más allá de sus intenciones, que se ha deslizado de sus deseos y ha convertido sus enseñanzas y utopías en sus pesadillas e infiernos…? 0 bien ¿cómo una civilización que sólo ha deseado dar vía abierta a sus alternativas emancipadoras, no ha hecho más que avanzar, con paso ligero, hacia su propia catástrofe…?

De algún modo, ese es el tránsito que va desde el lenguaje literario de Marx hasta la estrepitosa pesadilla de Weber.

Por ese camino, Benjamin, que se ve remitido al niño y al coleccionista; en ambos casos él allí encuentra señas de resistencia contra la diosa mecanización e industria, de modo que la infancia y la actitud del coleccionista funcionan como gestos de resistencia contra una temporalidad homogénea y lineal, que es la propia del mundo técnico y burgués; una temporalidad que, en su simpleza, reduce el pasado a ser sólo causalidad, por lo que se niega a ver la ambigüedad propia de algo como el destino.

Claro que, para la época de Benjamin y para su percepción fina, esto no era sólo imputable a alguien como Hitler, francamente, también esto era imputable a Stalin, y lo peor de todo es que durante esa época el alemán y el soviético suscribieron un terrible y atroz acuerdo que, sin ninguna exageración, hace pensar en el improbable pacto entre una hiena y un lobo.

Por eso, el niño y el coleccionista según Benjamin, poseen un enorme poder emancipador, al querer recuperar, con algo o con mucho de inocencia, el remoto tiempo perdido, como quien trata de escapar del tren desenfrenado, que es el mundo moderno.

Pero con todo esto no hemos hecho, sino encaminarnos a la respuesta para la pregunta formulada, que quizá llega más fácil si acudimos al arte y al propio corazón de Manhattan, en donde Andy Warhol, algún tiempo después, acaso intenta decir esto mismo de una forma directa e inmediata, así: la razón burguesa moderna siempre se las ha arreglado transfiriendo el valor de lo bello y lo valioso a la mercancía, en el mundo burgués la mercancía es portadora de sueños y funciona como aquello que establece un sentido para la vida, de modo que pintar botes de sopas instantáneas, botellas de refrescos bicarbonatados o billetes de dólar equivale a representar el deseo, porque francamente para una razón como la burguesa, que se las arregla así, el deseo ya está en otra parte, ya no funciona más representar la carne trémula del crucificado o la carne virginal de las jóvenes chicas en flor.

Como si no quedara más que aferrarse al freno de emergencia dentro del vagón de un tren que corre desbocado hacia quién sabe dónde, al artista que es Warhol no le queda otro camino más que descarrilar la locomotora moderna, y es que bien entendidas las cosas ¿qué más da celebrar el fetichismo…? (no es raro que aquí mismo, en la remota y periférica Guatemala, una tienda que vende algo tan etéreo e insustancial como sólo aroma, lleve ese nombre: fetiche).

¿De qué está hecha la modernidad, entonces…? ¿Será que está hecha de aquello que pinta Warhol…? Y, siendo así tal vez no es que sea tan raro, porque esta, como lo ha sido siempre cualquier época, está hecha de lo mismo: del deseo por algo, del deseo provocado por algo tan potente como la seducción, pero en este caso ese poder es de la mercancía.