Martes 25 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Si regresan, los matan

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Fecha de publicación: 28-05-17
Por: Arturo Monterroso
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Hace dos semanas empecé a escribir acerca del reciente artículo de Michael Grabell, publicado en el New Yorker, que establece una relación cercana entre la procesadora de pollo, Case Farms, y un buen número de inmigrantes de Guatemala. Según Grabell, una generación de indígenas guatemaltecos ha sido la columna vertebral de la mano de obra de Case Farms, casi desde su fundación, en 1986. Cuando el propietario, Tom Shelton, un ejecutivo de la industria del pollo, compró su primera planta en Winesburg, los empleados eran mujeres amish y menonitas. Pero ante la llegada de otros trabajadores que no profesaban sus creencias, abandonaron la planta y Shelton envió reclutadores a recorrer el país para contratar trabajadores latinos. Pero una vez en la planta, descubrieron que las condiciones de trabajo eran intolerables y que debían vivir amontonados con otras 20 personas en pequeñas casas, en las que no había calefacción, frazadas ni muebles, a pesar de que se encontraban en pleno invierno. Además, debían dormir en el piso, cundido de cucarachas. Un trabajador contó que como no había agua en la casa, debía utilizar nieve derretida para limpiar el inodoro. Al amanecer los transportaban en una camioneta cuyos asientos eran ‘blocks’ de cemento. No duraron mucho; así que Case Farms se vio obligada a buscar nuevos trabajadores.

En una noche de primavera de 1989 —dice Grabell— Norman Beecher, el gerente de recursos humanos de la planta, tomó una camioneta y manejó hasta La Florida. Había oído decir que allí la iglesia católica estaba ayudando a refugiados de la guerra civil de Guatemala. Miles de mayas habían estado viviendo en Indiantown después de haber escapado “de la campaña de violencia llevada a cabo por los militares guatemaltecos”. “Más de 200,000 personas, la mayoría indígenas, habían sido asesinadas o desaparecidas durante el conflicto. Un reporte encargado por las Naciones Unidas describe casos de soldados que golpeaban a niños en contra de paredes o los arrojaban vivos en pozos y de personas a quienes cubrían con gasolina y las quemaban vivas”. En 1981 el ejército había rodeado una aldea de Aguacatán y había asesinado a 22 hombres. Saber esto es importante, porque muchos de los trabajadores de Case Farms llegaron, precisamente, desde Aguacatán. “A lo largo de los años —continúa Grabell—Estados Unidos había apoyado a los dictadores de Guatemala con dinero, armas, inteligencia y entrenamiento. En medio de lo peor de la violencia, el presidente Reagan, luego de reunirse con el general Efraín Ríos Montt, le había dicho a la prensa que él creía que el régimen había sido acusado falsamente”. De manera que su administración veía a los refugiados guatemaltecos como inmigrantes por razones económicas y simpatizantes del comunismo; una amenaza para la seguridad nacional. Por eso solo un pequeño número había recibido asilo y no tenía muchas opciones de trabajo.

Beecher llegó a La Florida a tiempo para la misa del domingo, se instaló en la oficina de la iglesia y no tuvo problemas para convencer a muchos de los parroquianos para que se subieran al bus y fueran a trabajar a la planta de Morganton, en las estribaciones de las Blue Ridge Mountains. Según le contó después al historiador Leon Fink, para su libro ‘The Maya of Morganton’, esos primeros guatemaltecos trabajaron tan duro que los supervisores de la planta empezaron a pedir más. De manera que pronto hubo buses haciendo un recorrido regular entre Indiantown y Morganton para reclutar nuevos trabajadores. “No quería mexicanos —le dijo Beecher a Fink—; los mexicanos se van a su casa para Navidad y los perdemos por seis semanas. En el negocio del pollo uno no puede darse ese lujo. En cambio, los guatemaltecos no vuelven a su casa. Aquí están en calidad de refugiados políticos. Si regresan, los matan”. (Continuará).

Guatemala, 26 de mayo de 2017

arturo.monterroso@gmail.com

 

 

 

 

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