Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

El mal sueño americano

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 14-05-17
Por: Arturo Monterroso
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El pasado 8 de mayo, The New Yorker publicó un reportaje que nos concierne a los guatemaltecos y que reconfirma la falsedad de ese eufemismo que, como si fuera un cliché inevitable, les endilgamos a quienes emigran a Estados Unidos: el sueño americano. Quizá lo del sueño (que en este contexto implica la idea de triunfo, de cambio de piel, de acceso al primer mundo, cierto en contados casos) alivia nuestra indiferencia y trata de ocultar una verdad que evitamos escuchar en voz alta. La mayoría de la gente que tiene el valor de confiar en los coyotes, de encaramarse en el tren de la muerte y de atravesar México; de desafiar a las bandas criminales, a la policía mexicana y a la guardia fronteriza, cerca o lejos del río Bravo; todas esas personas que se atreven a caminar por el desierto con la esperanza de conseguir un trabajo, van empujadas por la necesidad; expulsadas por la violencia y por la improbabilidad de alcanzar en su vida algún grado de bienestar en su propio país. Porque en Guatemala, a pesar de sufrir con pasión compungida de un nacionalismo barato —ese de futbol, banderitas bicolores y sofocos a causa de la injerencia extranjera— no hemos sido capaces ni siquiera de proveer mecanismos elementales para la vida ciudadana. No, no me refiero a la salud, la educación, la seguridad o el trabajo digno, sino a la ineptitud para poner a funcionar el correo, para producir nuestros propios documentos de identificación, para prever que los pasaportes deben imprimirse en algún medio. No mencionemos la corrupción ni la incapacidad de tener siquiera carreteras transitables, medicinas en los hospitales o escuelas decentes. Claro, somos buenísimos para las explicaciones y las excusas. Y somos, en general, unos tremendos mediocres, arrogantes y lenguaraces. Ah, pero nos ofendemos con una facilidad explosiva. Puros chayes.

Escrito por Michael Grabell —un periodista especializado en economía, trabajo, inmigración y comercio, miembro de ProPública—, el reportaje, Exploitation and Abuse at the Chicken Plant (también publicado como Cut to the Bone) nos sitúa en la planta de procesamiento de pollo de Case Farms, en Canton, Ohio. Allí, el 7 de abril de 2015, el inmigrante guatemalteco, Osiel López Pérez, perdió una pierna al tratar de cerrar la llave de una válvula en lo alto de una máquina. Resbaló, su pierna quedó atrapada en el mecanismo que la hizo rotar 180 grados y se la dejó colgando de la rodilla, apenas unida por un ligamento y un poco de piel. Lo llevaron de emergencia al Mercy Medical Center, donde le amputaron la pierna. Mientras tanto, en la planta, los supervisores se apresuraron a solicitar papeles de trabajo a los operarios que, hasta ese momento, nadie les había pedido. Unos días después despidieron a Osiel y algunos otros por no ser mayores de edad y por indocumentados. Osiel tenía 17 años y había viajado a Estados Unidos un año antes desde Tectitán, Huehuetenango. Allí, unos pandilleros habían matado a su madre y habían tratado de secuestrar a sus hermanas. No le fue difícil conseguir empleo en Case Farms, donde se identificó con una licencia de conducir que tenía la foto de su hermano mayor (a quien no se parecía en absoluto) y que decía que su nombre era Francisco Sepúlveda. Nadie en la planta le preguntó al respecto. Así comenzó a limpiar, con una manguera de alta presión, los restos de grasa, carne, plumas y sangre de los 180 mil pollos sacrificados diariamente en esa planta. Cada año Case Farms produce cerca de mil millones de libras de piezas de pollo para sus clientes, como Kentucky Fried Chicken, Popeyes y Taco Bell, además del gobierno de los Estados Unidos para su programa de almuerzos en las escuelas federales. Un caso aparte es Boar´s Head, una prestigiosa empresa familiar que distribuye el pollo de Case Farms como delicatesen. (Continuará)

 

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