Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Triste y solitario como el Caribe

Se cumple medio siglo de la publicación de Cien años de soledad, la emblemática novela de Gabriel García Márquez que fue la génesis del llamado “boom de la literatura latinoamericana”. Libro totémico, mitológico, summa incontestable del realismo mágico y una de las cumbres de las letras escritas en lengua castellana. El siguiente texto surge de una  entrevista realizada en 1989, por Juan Luis Cebrián, y fue corregido de propia mano por el Nobel colombiano.

Fecha de publicación: 07-05-17
Por: Por Gabriel García Márquez
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Lo del boom es la cosa peor explicada que ha habido. Tomó de sorpresa a todo el mundo. Hablar del boom es más bien un recurso periodístico para tratar de explicarse lo que estaba pasando. Pero eso es imposible inventarlo, al menos en esa forma. Empecemos, como punto de partida, por Cien años de soledad. Yo había publicado antes otros libros: La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Los funerales de la mamá grande. Y salió Cien años de soledad, en la primavera de 1967. Con los libros anteriores, era de risa. Los funerales de la mamá grande lo publicó la Universidad de Veracruz y había vendido setenta ejemplares. Donde más público tenía yo, por supuesto, era en Colombia: La mala hora ganó el concurso nacional de novela. Debió venderse toda la edición, pero serían… no sé, tres mil ejemplares o cosa así. Pero hay que tener en cuenta que yo era muy conocido como periodista en Colombia. Había trabajado muchísimo en eso, y sólo en las horas libres escribía novela.

Cien años de soledad se publicó en 1967 en Buenos Aires: ocho mil ejemplares. Cuando supe que la editorial Sudamericana había editado tantos les escribí diciendo que estaban locos, que se iban a arruinar. La semana siguiente a publicarlo, la editorial decidió lanzarlo con un gran reportaje en la revista Primera Plana, y fue un periodista a México a hacerme una entrevista. Querían darme la portada, pero estalló la Guerra de los Seis Días y a última hora pusieron una foto de Moshé Dayán. Sin embargo ya no se podía —como hubieran querido— recoger la edición, que estaba en librerías, para lanzarla después. Cuando salió la revista, a la semana siguiente, ya no quedaban libros en la ciudad. Como en la editorial no habían precedentes de esto, no tenían ningún proyecto, ni cupo de imprenta, ni papel, y creo que ni dinero, para reimprimir. Y durante varios meses, como unos seis, no había libros. En ese momento habían salido ya La ciudad y los perros y La casa verde de Vargas Llosa. También Rayuela, de Cortázar, y por supuesto los libros de Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Onetti, Rulfo (Pedro Páramo es del 55). Eso venía de diez años antes. Quiero decir que todos los autores que luego fueron parte del boom ya estaban establecidos y conocidos. A partir de ese momento empezó a hablarse de la novela latinoamericana. Pero si tú ves, los libros que se publicaron después de que empezó a hablarse del boom, son los menos. Eso hizo equivocarse a los editores. Cuando vieron lo que pasaba dijeron: “¡Ah! Ahora se trata de la novela latinoamericana. Hay genios ocultos en América Latina”. Empezaron a publicar todo lo que les mandaban, y se hundieron. Yo tenía relación con Carlos Fuentes, en México. A Vargas Llosa lo conocí en Caracas cuando ganó el Premio Rómulo Gallegos con La casa verde. Ya había leído, por supuesto, sus libros anteriores. Después conocí a Alejo Carpentier en París. A Cortázar lo había tratado levemente también en París, pero no hubo nada especial. Luego nos relacionamos todos. No hubo una escuela previa ni nada de eso.

Un error editorial

Se dice que el boom fue una maniobra editorial; yo creo más bien que fue  un error editorial. Los editores pensaron que todo se iba a vender como Cien años de soledad o La ciudad y los perros y resultó que no. Lo curioso es que antes del boom se consideraba que la consagración para un escritor latinoamericano era ser traducido. No importaba que los libros no se vendieran en América Latina, sino lograr que aparecieran en Francia o en los Estados Unidos. Y sin embargo lo que verdaderamente determinó la explosión y lo que facilitó y aseguró la traducción inmediata fue haber conquistado el mercado latinoamericano. Fue entonces cuando de verdad empezamos a existir. El boom hizo eso, conquistar el mercado interno.

De los que fueron mencionados como miembros del boom, ninguno ha sido devaluado como novelista. Unos mejor, otros peor, pero ahí están. Y siguen interesando a los editores, y sus libros siguen vendiéndose.

Los novelistas no leemos para conocer los libros sino para saber cómo están escritos. Para desarmarlos y poder hacer lo mismo si son buenos. Yo no soy alguien que haya leído demasiado aunque fui buen lector desde antes de comenzar a escribir. Lector de poesía, primero. Me paseaba por la del siglo de oro español de memoria y todavía recuerdo mucho, porque lo que se aprende a esa edad no se olvida jamás. Cuando vivía en París era la época del nouveau roman, que representa una exploración en el subjetivismo que a mí personalmente no me interesa. Pero es que nosotros en América estamos todavía en la edad épica. Lo que sería absurdo es que los franceses trataran de ser épicos ahora, o que los latinoamericanos tratáramos de hacer el nouveau roman. Éste me llamó la atención, pero nada más. Yo ya tenía suficiente edad para discernir que  lo que estaba sucediendo ahí era  una cosa perfectamente legítima para los franceses, pero nosotros estábamos en otra.

Kafka es el autor que más me impactó, el que despertó en mí la conciencia de que quería ser escritor. Yo ya estaba interesado, y mucho, en la literatura, pero no sabía exactamente cómo podría expresar lo que quería. La lectura de Kafka me dio claramente el camino. Era el poder atreverse a muchas cosas que otros no se habían atrevido, y no se atrevían porque no lo habían visto antes. Y dentro de Kafka, La metamorfosis. Y dentro de La metamorfosis, la primera línea. Su lectura me tumbó de la cama. Kafka es el único autor absolutamente indiscutido que hay en este siglo. Hay a quien no le gusta, pero nadie te dice que es un mal escritor. Para mí, el más grande de todos, por supuesto, es Tolstoi; la novela más grande que se ha escrito en toda la historia de la literatura es La guerra y la paz. Y los que no están de acuerdo conmigo dicen que es Ana Karenina: no se salen de Tolstoi. Pero Kafka es indiscutido, y además es el profeta de nuestro tiempo. Sin embargo su influencia en mí termina por ser más bien técnica: de cómo se cuenta el cuento.

He explicado muchas veces, en torno a Cien años de soledad, qué papel juega esta última palabra. No sé si con razón o sin razón, es la soledad de América Latina. El discurso de Estocolmo explica todo eso. Y no es una salida fácil. Diría que es difícil. El título del libro lo puse al final, no lo tenía hasta la penúltima línea. De pronto creo que… las estirpes condenadas a cien años de soledad… ¡paf! ¡Pero si éste es el título! Pegué un grito. El libro salió como un torrente, como yo creía que era la vida real nuestra. Y luego, al final, me di cuenta de que todo lo que estaba sucediendo en él es que se trataba de una estirpe condenada a la soledad… Soy uno de los seres más solitarios que conozco, y de los más tristes, aunque resulte increíble. Fundamentalmente solitario y triste. Pero no yo sólo, la gente del Caribe es muy así aunque tienen fama de todo lo contrario, de gregarios, de pachangueros, de parranderos, de fiesteros, pero tú los ves en plena fiesta y están con unos ojos de melancolía… No sé si esa soledad es también la desesperanza. No tengo la menor idea.

Yo le tengo mucho terror a leer la crítica que se hace de mis libros y los estudios que se hacen ahora sobre  mí, por temor a que me descubran, me pongan sobre la mesa todo el trabajo subconsciente que hay en mi obra, me lo vuelvan consciente y me jodan. Todo el mundo tiene un sentimiento de soledad. Todo el mundo en el mundo entero. La comunicación es una facultad muy limitada y a partir de un momento te jodiste, estás completamente solo.

Mercedes

Mercedes y yo nos conocíamos desde niños. Vivíamos en un mismo pueblo y nos veíamos en vacaciones. Yo le llevo casi diez años, y ella tenía trece cuando le propuse que se casara conmigo. Se pegó un susto al ver que un señor tan grande, con bigote, de veintipico, la pretendía. Seguimos viéndonos durante las vacaciones, después llevamos un noviazgo muy tranquilo, pero no oficial, a escondidas. Lo sabían muy pocos amigos. Entonces sucedió una anécdota. (Yo para explicar todo tengo que contar anécdotas, porque la anécdota explica mucho más que los planteamientos teóricos que les gusta hacer a los intelectuales, y sobre todo a los europeos). Entonces, la anécdota. Yo trabajaba en el diario y estaba una noche escribiendo y se me acerca el gerente y dice: “¿Tú qué vas a hacer la semana entrante?”. “Estaré aquí, ¿por qué?”. “¿Tienes pasaporte?”. Le dije que sí. “No, para que te fueras a Ginebra a una conferencia”.

Eso fue en junio o julio del 55. No tenía pasaporte, no tenía cómo salir del país y además no había hecho el servicio militar. Entonces yo le dije que sí, que tenía todo listo, y me llevaron donde un tipo que era de aquellos que hacían todo… no falso, pero al que iban dando propinas y hacían toda clase de fechorías y sacaban las cosas. Le firmé no sé cuántas hojas de papel sellado y salí con pasaporte, visa, tarjeta militar, cédula… Partí para Europa y bueno, luego, ya se sabe. Estuve tres años. Después regresé para buscar a Mercedes, que me estaba esperando.

Mujeres

No sé por qué tú crees que yo no sea un feminista. Sí lo soy y además me parece una injusticia, y me duele muchísimo que las feministas consideren que mis libros son machistas. El machismo es lo que más detesto en este mundo. Toda mi obra es una condena larga y constante de esa actitud, porque el machismo es la peor desgracia que tenemos en América Latina y particularmente en el Caribe.

El otro día estaba yo pensando si no consideré que mi madre me había abandonado de niño, porque cuando tenía un año me dejó con mi abuela y se fue para otra ciudad. El caso es que yo quedé en una casa llena de mujeres, mi abuela, mis tías, mis primas y un solo hombre que era mi abuelo. Éste me entendía muy bien. Si yo quería dibujar, me dejaba dibujar; si quería irme, me iba. Me dejaba hacer todo, pero no por falta de autoridad, sino como alguien que entendía perfectamente que a mi edad era necesario ese estímulo.

Todo eso significó que conocí a mi madre ya muy grande, a mis cinco años tal vez. Recuerdo perfectamente el día que entré en la sala de la casa y la vi. Vestida con aquellas hombreras de campana que usaban en los años treinta, como está descrito en algún momento de El amor en los tiempos del cólera. Me pareció una mujer muy bella pero totalmente extraña a mí. Con  mi padre he tenido una relación mejor, de buenos amigos. Tenía un sentido de la autoridad distinto al del abuelo. No me orientaba en el sentido de lo que yo pensaba que debía ser, sino que trataba que fuera otra cosa; para empezar quería que me metiera a cura. Pero más tarde, conversando con él, tuve muy buena relación y hablamos mucho. Me contó todos sus amores con mi madre, que es lo que origina El amor en los tiempos del cólera. Son sus amores juveniles, que me narraba minuciosamente. Muchas veces le reclamé cómo era posible que hubiera tratado de cometer esa injusticia de meterme  de cura, sin preguntarme nada, en una edad en la que yo no podía tomar decisiones. “Mira, me explicó, la verdad es que éramos muy pobres”. Él confiaba en que si tenía vocación, era una buena salida. Y quizás hasta hubiera llegado  a ser Papa.

Bueno, no fui cura pero fui sacristán, monaguillo varios años. Ahora mi relación con la religión es muy mala. En el pueblo el cura me contó el cuento mal, y ya después no me lo creí. Cuando hice la primera comunión, a los siete años o así, el cura me confesó. Tenía una especie de diccionario de pecados. Abrió el libro y me iba preguntando pecado por pecado. Me preguntó si yo había tenido relaciones con mujer; yo no entendí muy bien la cosa. Luego me preguntó si las había tenido con animales. Le dije que no, pero me quedó en la cabeza. Me enseñó cantidad de cosas.

Por esa época a mí me contaron que había un curita en Ríohacha que decían que era un santo, y que por la mañana, cuando hacía la oración, se elevaba. Esta historia me dejó fascinado. Cuando me pongo a escribir yo saco esas cosas y las cuento como me da la gana; le pongo los adornos y le doy la trascendencia que quiero. En Cien años de soledad me costó mucho trabajo que el cura se elevara. Le puse toda clase de bebidas. Primero empecé con vino. Entonces podía parecer que se emborrachaba. Después seguí con café con leche, con té, y nada. Cuando llegué al chocolate, parecía que debía ser lo contrario, el chocolate es tan pesado que lo bajaría. Pero yo no dejo una cosa si yo mismo no me lo creo, pues entonces no lo creerá nadie. O sea que cuando lo puse con chocolate se elevó inmediatamente y sentí que era creíble, y lo dejé así. Con ninguna otra bebida hubiera subido.

Y después de toda esta confesión, ¿qué quieres que añada sobre mí? Soy un piscis, pero tengo un ascendente tauro que he logrado imponer. ¿Qué sabes de los piscis? ¿Que son gente muy torturada y muy jodida? Son tímidos, introvertidos, ultrasensibles, desconfiados. Suelen tener una doble personalidad, aunque en realidad todo el mundo la tiene. Y una característica suya es que se creen todo lo que dicen. Yo cada vez menos. Aunque hubo una época en que me creía todo lo que decía. Y de tanto creérmelo, terminó siendo cierto.

*Tomado de Juan Luis Cebrián, Retrato de Gabriel García Márquez, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 1997. El titular y los subtitulares son de la Redacción de este suplemento.

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