Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Héctor Abad Faciolince: “Le ganamos un territorio al infierno y a la muerte”

Héctor Abad Faciolince (Medellín, Colombia, 1958) es uno de los escritores y periodistas más prestigiosos de habla hispana. Autor de ‘El olvido que seremos’, una obra que lo catapultó a la fama por la sinceridad con la que aborda la vida y la muerte de su padre, víctima de la violencia política que tocó muy de cerca a su familia y que lo ha llevado a ser uno de los más fervientes defensores del proceso de paz en Colombia. Hace unas semanas, estuvo en Guatemala para la entrega del premio Cálamo que convoca la librería Sophos y tuvimos la oportunidad de platicar con él acerca de la política y la literatura de su país, así como de su más reciente novela ‘La Oculta’ (Alfaguara, 2017).

Fecha de publicación: 23-04-17
Fotografía Félix Acajabón. Por: Por Jaime Moreno
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Una de las razones de su visita a Guatemala es la entrega de los premios literarios Cálamo que en Zaragoza, España, otorga la librería del mismo nombre y en Guatemala, la librería Sophos. Aquí la obra ganadora fue ‘Hombres de Papel’ de Oswaldo Salazar  y usted lo recibió en España por su más reciente novela  ‘La Oculta’ ¿Qué significa?

– Para mí fue una sorpresa muy bonita. Es un premio que dan los lectores por votación en Zaragoza. Es una especie de votación popular en una librería que intenta no vender pura literatura comercial, sino literatura lenta. Así como hay restaurantes que intentan vender ‘slow food’ -las tortillas que se hacen a mano, como se debe, y no las que se hacen en fábrica-, los escritores necesitamos dos o tres años para hacer un libro. Hay librerías del ‘establishment’ que piensan que existe una tradición literaria que es necesario intentar que no se pierda, porque ahí hay unos valores culturales, una fuerza, una estructura, un lenguaje… Bueno, es bonito que los lectores de este tipo de librerías escojan un libro como mi novela. Somos como una especie de resistencia cultural que podemos hacer que la buena literatura la lea más gente.

 

‘La Oculta’ es una novela de la Colombia profunda. Tiene un poco de todo, un poco de genealogía, un poco de conflictos de tierra, un poco de guerrilla ¿Cómo fue su proceso?

– Es una novela que quería escribir hacía mucho tiempo. Parecía un poco anacrónica, porque es una novela de la tierra y lo rural. Tiene mucho que ver con mi vida porque ocurre en una zona que conozco. Los antioqueños tenemos un apego especial por la tierra, siempre que venimos de un pueblo conservamos un nexo con ese pueblo. Por el conflicto, tanto los campesinos pequeños, como los que tenían propiedades más grandes, tuvieron que abandonar sus fincas y hay una nostalgia permanente por el pueblo y la tierra que abandonaron. Ese proceso lo viví. La novela es muy autobiográfica, en el sentido de que mi abuelo tenía una finca cafetera grande con algo de ganado. Ahí yo fui de niño muchas veces y ahí tuve que dejar de ir porque era muy peligroso y ahí volvimos porque aún tenemos ese pedazo de tierra. Los antioqueños cuando consiguen algo de dinero, ya sea un comerciante, un narcotraficante, un librero y hasta un escritor, tratamos de comprar un pedacito de tierra cerca del pueblo de donde vienen nuestros antepasados. De hecho, la primera vez que un libro mío se vendió bien, no me compré un piso en Barcelona, sino un pedacito de tierra. Estoy hablando de algo muy real. Es una novela apegada a mi experiencia.

 

Esa nostalgia por lo rural me recordó ‘¡Llegaron!’, la novela de Fernando Vallejo.

– Él es antioqueño y en sus primera novelas, que a mí me gustaban más, hay esas visitas a una finca y ellos iban allá y estaba la abuela… eso no es “vallejiano”, sino muy antioqueño.

 

¿Qué se lee más hoy en Colombia, poesía o narrativa?

– Poesía nunca se ha leído mucho. Hay una secta escondida de lectores de poesía y yo pertenezco a esa secta secreta y en vías de extinción. Me encanta, trato de nutrirme de poesía. En narrativa, depende del periodo. Tuvimos una moda de libros de sicarios. Llegué a bautizarla “la sicarezca antioqueña”. Era como la picaresca, en primera persona. Había el sicario tradicional, la sicario mujer, el sicario gay. Luego hay libros de testimonios de secuestrados, libros que se vendieron bien y hay todo un género al respecto. También libros de mafiosos o de gente muy mala, libros de exparamilitares. Creo que hay un grupo de novelistas y cuentistas del ‘establishment’, de una tradición literaria que creo que en Colombia más o menos defendemos: Juan Gabriel Vásquez, Santiago Gamboa, Laura Restrepo, Piedad Bonet que hacemos una literatura que intenta contar cosas nuevas, de nuestra época, pero todos nos formamos en la tradición de nuestra lengua, de la literatura latinoamericana y tenemos nuestros lectores afortunadamente.

 

¿Cómo se subsiste haciendo literatura lenta en un mundo hiperconectado?

– También me lo pregunto. Me lo llegué a preguntar tanto que empecé a escribir una novela por tuits. La abandoné como en el tuit 300. Volví a escribir a mano, con un borrador que luego paso al computador y sé que todavía hay un nicho al que le interesa la literatura y piensa que las novelas dicen algo sobre la vida. Pueda que seamos una especie en vías de extinción, pero puede que no. Puede que la literatura como forma artística pesada, lenta y difícil subsista. La defiendo y creo que me voy a morir haciéndola. Puede que pasado medio siglo nadie lea lo mío y a nadie le interese la literatura. Puede ser un vaticinio, pero también puede haber un vaticinio alternativo, y es que la literatura no muere, se transforma. Espero que sea eso.

 

 

La literatura contemporánea colombiana, ¿qué mantiene de las generaciones pasadas?

– Hablo por mí. De las grandes figuras, García Márquez, Cortázar, Borges, Vargas Llosa… del boom. Más que un estilo, más que unos temas, lo que mantengo de ellos es un gran amor por el oficio y una gran fidelidad hacia él. Yo no quiero escribir libros como García Márquez. A mí me amamantaron en muy distintas circunstancias que a él. Yo tengo otra formación. Admiro su obra profundamente, pero no quiero escribir como él. El realismo mágico es una vaca ordeñada, ya no se le saca más leche. Tenemos que encontrar nuestra propia voz. En mis novelas debe incluirse lo que él no vivió, el twitter, el Facebook, que si alguien se muere lo pones en Facebook y así se da el pésame. Uno habla de su mundo, de los asuntos de ahora. Hablo del asesinato de mi padre, porque lo viví; de los narcotraficantes, porque lo he vivido; de paramilitares y guerrilla, porque lo he vivido… García Márquez hablaba de la masacre de las bananeras, de gente que descubría el hielo… eso no lo puedo contar porque no lo creo. Creo en cosas que son igualmente extraordinarias, así sean terribles. Hubiera querido escribir de temas mucho más gratos, pero la violencia que hemos padecido en mi familia, pues aparece porque forma parte de mi vida.

 

Gabriel García Marquez, ¿qué es para los escritores colombianos que vinieron después? Un mito, una referencia, un estorbo…

– Nunca es un estorbo, es un genio. No soy nada freudiano, no creo que haya que matar al padre. Yo adoré a mi padre de sangre y quise muchísimo a García Márquez. Aunque lo conocí después de haber escrito una reseña en contra de un libro de él. Era un tipo tan inteligente, tan cálido, tan amoroso, que después de haber leído esa reseña en contra de ‘Noticia de un secuestro’ me acogió con una calidez que te desarma. Cuando lo leo me doy cuenta de que él justamente nos abrió ante el mundo. Nos dio la posibilidad de que el mundo chino, ruso, europeo, gringo, viera que en un país tropical muy verde y muy desordenado se podía escribir gran literatura. Lo que hizo fue abrirnos un montón de puertas, demostró que un muchacho humilde de la costa colombiana podía hacer el milagro de escribir de una forma que dejaba fascinado a los indios de la India, a los ucranianos, a los polacos. Si un colombiano llega a Hungría y es escritor, no piensan “este es un pobre imbécil que viene de allá de unas selvas, ¿qué va a podernos contar?”. Dicen, “a lo mejor este puede contarnos algo que nos sorprenda”. Lo único que uno siente por alguien como García Márquez o como Borges es que ellos demostraron que Latinoamérica, que el español latinoamericano, que el pensamiento y la dedicación al arte literario latinoamericano tenían una dignidad tan alta como cualquier otra.

 

¿Cómo está Colombia políticamente hoy?

– Estamos como a un año largo de las elecciones presidenciales. Creo que habrá muchísimos candidatos, de muchas tendencias. Desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha y otros de centro. Un escenario probable es que haya un candidato uribista, de la derecha que viene de su gobierno y que se opone al proceso de paz, y un candidato de centro que puede aglutinar a varios partidos tradicionales. Es el escenario que me parecería mejor.

 

La portada de la revista ‘Semana’ sobre el fin de la guerra es histórica. Santos y Timochenko vestidos de blanco y fundidos en un abrazo. ¿Qué significa ese momento para Colombia?

– Es muy raro porque es un momento con el que soñamos por decenios, es un momento importante, pero es como si la gente de repente pensara que eso no tiene importancia. Como hay ahora una especie de desencanto de todo, a la gente le da la impresión de que las buenas noticias nunca son buenas noticias, que las buenas noticias no van a traer nada bueno. Como estamos viviendo un momento tan raro del mundo, eso, que era una de las pocas buenas noticias para el mundo entero –no que empezara una guerra sino que se terminara– no ha sido, especialmente dentro de Colombia, el alborozo que esperábamos… Quizá porque somos un país ya muy escarmentado, muy desencantado, o porque nada nos parece suficiente. Pero, de hecho, llevamos muchos meses en que los homicidios bajan, en que no hay muertos en combate… Naturalmente es una buena noticia. Pero a los periódicos, a los que escribimos para los periódicos, nos cuesta mucho trabajo que nos hagan caso cuando decimos “esto es una gran noticia”.

 

¿La paz es real? El pueblo pareciera no estar convencido…

– No es una paz total, no se acabó la delincuencia, no se acabaron los narcos. Es ganarle un territorio a la violencia y a la guerra. No quiere decir que al firmarse la paz todo el país se pacificó, que ya no maten a nadie, que ya no atraquen a nadie, que ya no haya armas en las poblaciones más apartadas o que todo el mundo dejó de sembrar coca. No, no es eso. Sí, le hemos sacado un territorio al infierno y a la muerte, pero es como si eso no importara y es muy triste. Pero sí importa, porque no se puede construir el paraíso de la noche a la mañana. Hay que ganarle territorios al infierno y convertirlos así sea en purgatorio, se trata de mejorar. No se pude arreglar todo mágicamente. Lo veo con muy buenos ojos, es una gran noticia para Colombia, para el mundo, pero decirlo no gusta porque a nadie le gusta que hablen bien de nada. En este momento matan muchísimas más personas en Venezuela que en Colombia.

 

¿Cómo debe enfrentar Colombia la posguerra?

– Tienen que cumplir. El Estado tiene que cumplir y la guerrilla también. Ahora empieza la entrega de armas y se establece el tribunal especial para la paz y ahí tienen que haber confesiones; se les está dando penas simbólicas a cambio de una confesión plena de lo que pasó. Eso va a incluir a los guerrilleros, a los exguerrilleros, a civiles y a militares. Todos se pueden acoger a este tribunal, pero las ventajas para no estar en el código penal tradicional pasan por la confesión plena y el relato de la verdad. Eso está bien planteado, es un proceso de paz bien armado porque a cambio de verdad da unas grandes dosis de justicia transicional. Tenemos que ver si eso funciona bien, si en las elecciones de 2018 el pueblo no elige a quienes quieren volver a revisar el Acuerdo de Paz. Puede que sea una bandera de campaña, pero eso no va a ser posible. No les van a decir a siete mil guerrilleros que entregaron las armas: “Ah no, vengan para la cárcel o vuelvan al monte”. Es un escenario poco creíble. Ahora vienen otros problemas, escenarios distintos. Un porcentaje de los guerrilleros va a entrar en bandas armadas, como pasó aquí en Guatemala, como pasó en El Salvador, como pasó con el proceso de paz de los paramilitares que hizo Uribe. Pero también ahí, si de siete mil puede sacar de la ilegalidad a seis mil 500 es un buen paso. Habrá que enfrentar los otros problemas que lleguen, pero son de otras dimensiones.

 

¿Qué papel han jugado los medios en la construcción de la imagen que el mundo tiene de la guerra?

– Bueno, hay muchos medios. Depende de qué medio se hable. Ha habido medios muy valientes que han denunciado los falsos positivos, las acciones contrarias a los Derechos Humanos, al Derecho Internacional, no solo de la guerrilla sino también del Estado. Del lado del Tribunal para la Paz va a haber una comisión para la verdad que no tiene funciones judiciales, que no va a condenar a nadie, pero que tiene que establecer responsabilidades de todas las partes. El Ejército se opone a esos tribunales, los militares retirados están en contra de esos tribunales y de la comisión de la verdad, porque saben que no van a salir bien librados. Me parece que ese proceso de revelar las culpas y los horrores que se cometieron de parte del  Estado y la guerrilla y los paramilitares es algo necesario, que será conveniente. Ojalá ese esclarecimiento de la verdad no nos lleve a otro conflicto armado.

Los medios ya somos menos importantes en todos los sentidos. Todos los medios estaban a favor del sí en el acuerdo de paz y fracasamos. Todos los medios estaban en contra de Trump y fracasaron. Todos los medios estaban en contra del Brexit y fracasaron. No sé aquí en Guatemala qué pasó, si los medios apoyaban al presidente payaso o no… [risas], pero creo que también fracasaron. Tenemos que darnos cuenta de que parece que estamos desconectados con lo que la gente piensa. Debemos bajarnos del Olimpo en el que nosotros sabemos qué se debe pensar y tratar de entender por qué la gente está tan desencantada de la democracia, de las buenas noticias. Algo estamos haciendo mal también nosotros.

 

¿Cómo hacer periodismo en esta época?

– En estos días leía una entrevista al presidente del ‘New York Times’. Él dice que a los periódicos les quedan entre diez y 20 años de vida en papel. Es probable. Ahora, a mí me parece que el periodismo como se hacía antes es algo importante para la información veraz, para la defensa de la democracia. Es una especie de institución liberal, la prensa libre. El problema que tenemos es cómo financiar a los periodistas que tratan de investigar bien y acercarse a la verdad. Ese periodismo cada vez es más como un bien cultural, parecido a los museos, a las orquestas, a ciertas instituciones culturales que tienen que ser financiadas por mecenas. ¿Qué mecenas? En este mundo hay gente más rica que los mismos Estados. Dentro de ese mundo de los multimillonarios, uno confiaría en que hay algunos para los cuales ese tipo de periodismo es importante. Creo que ellos tienen que defender ese periodismo como se defiende un museo. Para ellos tiene que ser una fuente de prestigio, más que de poder, tener un medio de comunicación. Por un lado tiene que ser con este mecenazgo. Por el otro, los lectores van a tener que pagar algo en la red si algunos portales de noticias, que ya no van a estar en papel, les inspiran confianza en que están haciendo las cosas con cierta objetividad.

Entre el mecenazgo y algo de pago podría sobrevivir nuestro oficio. De lo contrario caeremos en una banalidad de redes sociales donde uno sigue solo a los que piensan como uno… y se impondrán la posverdad y los hechos alternativos. Hay esa lucha entre los valores tradicionales, del ‘establishment’. Hay que defender ciertos valores, curiosamente, del ‘establishment’. Hay que defender ciertas normas deontológicas del periodismo serio.

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