Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Hasta que llegó Spielberg

La Telenovela

Fecha de publicación: 23-04-17
Por: Ana María Rodas
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Siempre me ha parecido brutal, y síntoma de lo poco que valemos en el mundo, que Guatemala, que llora hasta en sus entrañas a alrededor de 250 mil muertos y desaparecidos durante la violencia que se ejerció por parte de diversos gobiernos militares, no sea mencionada nunca por ese hecho cruel, injusto y detestable, en los comentarios, textos y notas informativas de países que se llaman a sí mismos “civilizados”.

Civilizados, no cabe duda. Pero indiferentes a morir respecto a Guatemala. Solo desde hace poco tiempo hemos entrado en el ángulo de su visión. Y eso, por intereses económicos.

Siempre se habla de Argentina, Paraguay, Chile.

En Argentina el número de muertos y desaparecidos es poco mayor a los 20,000.

En Chile, la dictadura de Pinochet alcanzó a asesinar y desaparecer a 40,000 personas.

El dictador Stroessner, que manejó con mano durísima Paraguay entre 1954  y 1989 —sí, treinta y cinco años— lleva sobre sus huesos, que se pudren desde 2006,  un total de 423 desaparecidos.

Pero todo el mundo conoce o ha escuchado hablar del Plan Cóndor, inventado y manejado por los gobiernos de Chile, Argentina, Brasil, Paragua, Uruguay y Bolivia, con la intervención esporádica de Perú, Colombia, Venezuela y Ecuador.

Estados Unidos, por supuesto, terciaba en aquel plan, que duró de los 70 a los 80.  Era un método de inteligencia y coordinación entre los regímenes militares de América del Sur. También estaban metidos en el guateque —palabra cubana por excelencia— la contrarrevolución cubana, los servicios secretos franceses y, repito, Estados Unidos. El fin era eliminar a las voces opositoras, principalmente de izquierda.

(Hace años leí en Plaza Pública que el pueblo conocido como las Dos Erres se llamaba así por el segundo apellido de dos primos: uno era Ruano, el otro Reyes. No he olvidado.)

Los habitantes del pueblo se habían negado a patrullar aldeas vecinas como patrullas de autodefensa civil. Y algunas de las carretas que entraban y salían del pueblo llevaban las letras FAR, que eran las iniciales del nombre de un poblador de Dos Erres.

FAR, cosa temible por supuesto.

Entonces, los días 6, 7 y 8 de diciembre de 1982, bajo el gobierno de Ríos Montt, —y la línea de mando, no hay que olvidar este término castrense que dice mucho— soldados corrientes y kaibiles, decidieron celebrar su propia fiesta de la Virgen de Concepción.

Llegaron a Dos Erres y comenzaron su tarea de interrogatorios y torturas. Como no había nada que confesar, la gente no dijo nada.

Entonces empezó la matanza. Primero, un grupo de niños que, luego de despanzurrados, y aún medio vivos, fueron echados a un pozo.

Continuaron su excelsa labor violando y matando a jóvenes menores de edad. Siguieron interrogando a hombres y mujeres que, efectivamente, no podían decir lo que ignoraban. Los asesinaron y los arrojaron también al pozo.

Algunos supervivientes han relatado que en la noche del 6 al 7 de diciembre, las mujeres que aún estaban vivas fueron violadas y torturadas. El día 7 las sacaron de la escuela donde habían permanecido encerradas y cayeron fusiladas. A los hombres los ejecutaron en las montañas que rodean el pueblo.

Todos los cuerpos fueron lanzados al pozo, y los cubrieron de tierra, aunque los soldados y kaibiles escuchaban aún gritos de dolor. (Si estos seres continúan vivos, espero que todas las noches les pasen revista las visiones de lo que he relatado lo más parcamente posible; y que escuchen hasta el último día de sus vidas, aquellos gritos que salían del pozo).

El 8 de diciembre llegó al pueblo un grupo de personas. La soldadesca los dejó entrar al pueblo para ejecutarlos.

El 14 de este mes se estrenó en Estados Unidos una cinta de Steven Spielberg, titulada Buscando a Oscar, película que narra los horrores vividos por Oscar Ramírez, un niño que en aquel tiempo tenía 3 años y que fue secuestrado por un soldado que acababa de matar a su familia.

Tal vez el mundo se entere así, por la obra del cineasta mencionado, de la inmensa tragedia guatemalteca. Tal vez así los genocidas que aún están vivos tengan el valor de reconocer su maldad, su dureza, su crueldad, y dejen de escudarse bajo las faldas de todas las mujeres en sus vidas. Que no son aquellas que murieron asesinadas y lanzadas a un pozo en un lugar llamado Dos Erres.

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