Domingo 2 Abril 2017
El Acordeón

Somos tan feos

Ya no se trata de la verdad o la mentira, ya no se trata de la izquierda o la derecha, ya no se trata de ideología, de vencer ni de convencer, se trata sólo de mal gusto.

Por: Por Rogelio Salazar de León

En alguna ocasión, y siempre haciendo gala de un filo mordaz, Oscar Wilde anotó: “En América, traficar con cerdos, es la profesión más lucrativa, después de la política” (desde luego se refería a Norteamérica); ya se sabe que Wilde no era perfecto ni una compañía recomendable, aunque también se sabe que, desde la ironía y el sarcasmo, era capaz de nombrar verdades incuestionables.

Se sabe también, porque suficiente se ha insistido en ello, que durante la época clásica la política quiso entenderse como una forma de arte, como una de las bellas artes, ante lo cual puede suponerse que se pretendió que la política se vinculase, ante todo y primordialmente, a la belleza; aunque bien sabido es que, incluso en la Grecia clásica, poco fue lo que tardó la política sin corromperse y en llegar a ser algo deplorable (la propia República de Platón es un decidido alegato antidemocrático, ejercido como una suerte de denuncia ante los niveles de corrupción que la política llegó a alcanzar).

¿Será la palabra belleza adecuada para hablar de lo que la política persigue…? ¿Será que cuidar el destino de los hombres es algo que, sobre todo, tiene que ver con la belleza…? ¿Será el término belleza el más adecuado, hoy por hoy, para hablar de lo que hacen los políticos, o bien para hablar de lo que se pacta entre los países mediante sus acuerdos y tratados internacionales…?

En todo caso, si los anhelos de los griegos antiguos no llegaron a cuajar del todo en su tiempo ni en su cultura ¿por qué somos tan ingenuos como para seguir pensando y esperando, veinticinco siglos después, que ahora sí funcionen? quizá porque de lo que se trata, en el fondo, no es de ingenuidad, de candidez o de inocencia, sino de otra cosa: de que ni en el saber ni en la reflexión ni en la belleza puede alcanzarse la plenitud o el todo; los hombres estamos hechos de tal materia que, de forma irrenunciable, tendemos hacia una clase de totalidad que nos es inalcanzable y nos está prohibida, que nos está vedada, pero que pese a ello no hace sino renovarse y reanudarse en nuestro deseo y en nuestro afán, una y otra vez de forma incesante.

Tal vez porque los griegos fueron muy insistentes con esto de los anhelos de totalidad, fue que se les ocurrió pensar y postular eso de la política como un arte: si esperamos de la política una especie de totalidad debemos entenderla como una de las bellas artes, pudieron haber pensado; además de que, bien entendidas las cosas, qué puede haber más noble y altruista que cuidar el destino de los hombres.

Y, a lo mejor, no es que el arte nos haga contemplar la totalidad, pero sí que toda la belleza aparece en cada obra de arte que merezca ese nombre; de la misma manera en que, no es que la política pueda revelar el todo, pero sí que el bien habite de forma plena en cada acto político noble y justo.

Pero lo cierto es que llegado este punto de la historia, para evitar la palabra evolución, la belleza no parece andar muy cerca de la política; y es que lo más probable es que si se puede hablar de la belleza es porque existe algo como la fealdad; lo feo y el horror siempre han tenido su parcela delimitada en el campo del arte y la belleza; no podríamos hablar del bien si el contraste no fuese capaz de mostrarnos el mal.

Dicho en otras palabras, puede llegar a intentarse una fórmula, que tampoco es que parezca tan atrevida o patas arriba y que, más o menos, diría: siempre ha sido posible el trato estético de la fealdad, siempre ha sido posible una estetización de la fealdad; no hay por qué llegar al dramatismo de indicar que el mundo contemporáneo posee la exclusividad y el monopolio de hacer visible la fealdad; lo que sí es cierto, porque es innegable y hasta evidente, es que actualmente quienes perpetran esa tarea de mejor manera no son los artistas malditos o los genocidas de la historia, sino los burócratas que ganan elecciones.

Claros y obvios son los rasgos de la política institucional actual: fea, hasta la indignación y el horror, es la retórica acerca del muro que ejerce el  recién estrenado presidente del norte frente al presidente del sur; pero igualmente fea y horrorosa es la retórica de telenovela que ejerce el presidente del sur ante los sucesos de Ayotzinapa, por ejemplo.

Incluso, lo que antes se valoró por algunos como la retórica fraternal y sublime de la revolución, que bien puede ir desde Robespierre hasta el Che Guevara, hoy en día ha devenido en un horror en boca de alguien como Maduro.

El peinado de Elvis sin el movimiento de caderas resulta horrible, tanto como puede serlo también el pelo negro estirado a ambos lados de la raya recta sin la gracia del tango.

Pero, francamente, no todo es culpa de los políticos, ellos sólo son lo que habremos dicho más de alguna vez: los listos del cuento, porque simplemente se aprovechan de nuestro enorme apetito voraz por consumir los productos estéticos de la fealdad, aprovechan nuestra inmensa hambre de fealdad; porque, claramente, hemos llegado al punto en el que somos capaces de rebasar cualquier límite: pedimos a gritos comida rápida, bebidas hinchadas de azúcar y gas e, incluso cuando se transmiten crueldades como ejecuciones extrajudiciales, linchamientos o decapitaciones hacemos todo lo posible por no perdernos ni un detalle delante del televisor.

Ya no se trata de la verdad o la mentira, ya no se trata de la izquierda o la derecha, ya no se trata de ideología, de vencer ni de convencer, se trata sólo de mal gusto.

Ya no importa ni siquiera lavarse la cara: por ejemplo, al declarar y revestirse desde el Santo Oficio con algo como, me mancho las manos por salvar tu alma; o bien, de revestir a un gobierno ilegítimo de Reyes Católicos, de Isabel y Fernando, capaces de unificar el territorio peninsular, como pudo hacerlo el fascismo español; o bien, de revestir a un gobierno abusivo con el pasado glorioso del Imperio, como pudo hacerlo el fascismo italiano; como tampoco se trata de revestir a una locura colectiva con las sonoridades y resonancias wagnerianas, como pudo hacerlo el fascismo alemán; de lo que se trata es de machacar sobre la fealdad una y otra vez, tercamente; ahora de lo que se trata es de mal gusto, de un gusto abiertamente feo: de un gusto por sentirse mejor que el otro y de rivalizar sólo porque yo soy mejor que tú, y mi mayor gusto es que lo sientas, que te sientas menos, que sientas la diferencia abismal que nos separa.

Queriendo ser mejores nos convertimos en repugnantes y deformes; sólo por lograr el control sobre alguien somos capaces de quemar a inocentes.

Platón, de nuevo, en el Gorgias se pregunta ¿quién se envilece más, el esclavo o quien lo esclaviza…? Una cuestión que nos conduce directamente a determinar el asunto central: en efecto, el feo es quien se cree el bonito y privilegiado decidiéndose, desde allí, a ejercer de guapo, fuerte y poderoso, tanto como para atreverse a insultar y animar al ardor, para evitar la expresión incitar a la violencia, de unos contra otros llegando a recomendar la fórmula de la bronca, para evitar el indecoroso término “morongazos”, por ejemplo.

Frente a lo cual, llegado este punto y bajo tales condiciones ¿quién se acuerda hoy de la verdad…? Eso ya no importa, este es sólo un alegato estético.