Domingo 26 Marzo 2017
El Acordeón

“Noviembre” de Jorge Galán

Un niño que, desde el autobús, desafía el poder militar mostrando el puño alzado; un novicio vasco que decide ir en misión a un país arcano; un sacerdote que, por ayudar a sus fieles campesinos, es asesinado; un arzobispo que después de ese asesinato obra una conversión interior radical; un presidente de la república atribulado frente a una taza de café.

Por Dante Liano

 

Los hábitos de la literatura nos han acostumbrado a pensar que una novela pueda tener más de un final; que pueda no tener un final para que el lector lo adivine, lo imagine o lo sueñe; que pueda tener un final engañoso o falso; o que, de todos modos, se aplique la fórmula de Edgar Allan Poe, según la cual toda narración está escrita en función de su desenlace. Noviembre, de Jorge Galán, en cambio, tiene un solo riguroso final, drástico e inevitable: el martirio de seis jesuitas en El Salvador, por mano de un escuadrón militar. Lo singular, en esa novela, está en que posee muchos inicios, como si el autor nos sugiriera que cualquier gesto, hasta el más indiferente, puede concatenarse en una serie de eventos cuya relación con el evento inicial parecería casual. Un niño que, desde el autobús, desafía el poder militar mostrando el puño alzado; un novicio vasco que decide ir en misión a un país arcano; un sacerdote que, por ayudar a sus fieles campesinos, es asesinado; un arzobispo que después de ese asesinato obra una conversión interior radical; un presidente de la república atribulado frente a una taza de café. Todos son inicios de una tragedia que es la razón de esta novela, como para recordarnos que hay un prado en San Salvador cuya hierba todavía está invisiblemente ensangrentada, y que esa sangre todavía espera justicia.

Comencemos por una anotación: la narración está construida en modo circular. Inicia con el relato de la masacre y se cierra de la misma forma. En medio, una serie de historias entretejidas, como los afluentes de un río que van enriqueciendo nuestro conocimiento, historias que por sí solas no tendrían sentido, pero que lo adquieren cuando confluyen, al final, con el relato detallado de un acto, que, en un país católico, impresiona por lo impío, lo malvado y lo salvaje. El concepto religioso de “pecado” adquiere aquí una encarnación y una materialización mucho más impresionante, porque quienes cometen el sacrilegio de asesinar a sus propios sacerdotes son, al mismo tiempo, fieles católicos de la iglesia que profanan. ¿Tendrán paz en sus corazones los que imaginaron la masacre, los que la ordenaron, los que la perpetraron? ¿Cómo se justificarán delante de su conciencia (todo el mundo trata de justificar sus perversidades)? ¿Lograrán creerse a sí mismos cuando esgriman esas justificaciones ante ese austero tribunal personal?

Los hechos contados por Jorge Galán son los siguientes: la madrugada del 16 de noviembre de 1989, un comando del Batallón Atlacatl (cuerpo de élite del Ejército salvadoreño) bajo las órdenes del coronel Guillermo Benavides, atacó la casa de los padres jesuitas que enseñaban en la Universidad Católica de El Salvador. Los obligaron a extenderse bocabajo sobre la hierba del jardín y los ejecutaron a sangre fría. Eran el padre Ignacio Ellacuría, el padre Segundo Montes, el padre Ignacio Martín-Baró, el padre Amando López, el padre Joaquín López y el padre Juan Ramón Moreno. El relato se construye a partir de esta blasfemia.

(Al principio del relato policial, el narrador escondía al autor del crimen, y todo el cuento o la novela constituían una peripecia para descubrirlo. Más adelante, con la sofisticación del género, se introdujo una variante: desde el principio sabemos quién es el criminal; lo que interesa es saber cómo y por qué. Esta segunda variante domina la novela de Galán. También, varias apasionantes historias secundarias, algunos personajes notables, las torvas razones de los criminales.)

Sobre todo, hay un personaje no humano que recorre todo el texto: el clima de terror, espeso y vibrante como la niebla de los espejismos, que domina el ambiente de El Salvador en la época del asesinato. Nadie sabe lo que es el terror hasta que no lo ha vivido. Los teóricos escriben: es la sensación de que te puede suceder algo (ser un desaparecido, ser asesinado, ser herido) sin que sepas por qué. La total desaparición de la seguridad que el Estado tiene la obligación de dar a sus ciudadanos. La desconfianza como condición primera de las relaciones con los demás: ya no confías en tus amigos, en tus parientes, en tus hermanos. Por eso es ejemplar un recuerdo de infancia del narrador: va en un autobús urbano, ve a un grupo de soldados, y sin saber por qué, saca por la ventanilla el puño alzado, en gesto de desafío. Los demás pasajeros le gritan aterrorizados que no lo haga: una travesura se puede pagar con la vida.

Me interesa la figura del padre Tojeira, superior de los jesuitas centroamericanos, quien se ve enfrentado a un suceso que, al principio, le parece superior a sus capacidades. En cambio, puesto frente a la realidad, Tojeira descubre uno de los grandes secretos humanos: cuando la historia te lo exige, no eres valiente ni cobarde. Simplemente, haces lo que tienes que hacer. (O no lo haces, y tu derrota es eterna). De ese modo, se enfrenta con gran coraje al mismo Presidente de la República, al coriáceo Jefe del Estado Mayor Presidencial, al desanimado embajador de España, al deplorable espía del FBI y a varios arzobispos. A todos les grita (literalmente) que el responsable del crimen es el Ejército nacional, no obstante la campaña estatal por hacer creer que fue una acción de los guerrilleros del FLMN. Me interesa la figura de Lucía Cerna, la única testigo del crimen, una de esas mujeres latinoamericanas que no dudan entre la verdad y el miedo. En medio del terror universal de esa época, afirma su voluntad de atestiguar lo que vio, no obstante presiones e incluso luego de ser secuestrada por los servicios secretos en tierra norteamericana. Como tantas otras, Lucía Cerna es una callada heroína de la historia reciente de la América Latina.

En sus diversas ramificaciones por buscar las raíces del crimen, la novela de Jorge Galán relata la ejemplar historia del padre Rutilio Grande; la extraordinaria conversión de Monseñor Óscar Romero, sus trágicos funerales, el amor del pueblo por este pastor sencillo y amoroso, un ser humano por encima de toda ideología, con su rostro de moreno ídolo olmeca, grandes manos de obrero hechas para bendecir y proteger, su inerme defensa de los más pequeños, de los perseguidos, de los últimos; las historias de cada uno de los jesuitas muertos, quien de Navarra, quien de Valladolid, españoles arrebatados de América, de su gente, de su pobre gente.

En medio de la tragedia, hay una historia ridícula: la de Monseñor Tovar Astorga, Presidente de la Conferencia Episcopal salvadoreña. Simpatizante del Ejército, y enfebrecido por la ambición de suceder a Monseñor Rivera y Damas en el cargo de Arzobispo de El Salvador, viaja a Roma para hacer trabajo de lobbying en favor de los militares. Distribuye entre los cardenales un pasquín en el que se afirma que los culpables del asesinato de los jesuitas son los guerrilleros del FLMN. Ante esta inusitada iniciativa del prelado, el arzobispo Rivera y Damas tiene que ir al Vaticano, para entrevistarse con el inolvidable Papa Juan Pablo II. Este le dice, críptico: “No se preocupe. Yo sé la verdad”. Lo cual, en términos diplomáticos, hay que interpretar como “no creemos en la versión de Monseñor Tovar”. La parte patética de la historia sucede cuando Monseñor Tovar regresa a El Salvador y se encuentra con que el Presidente Cristiani había convocado a una conferencia de prensa para declarar que se iba a investigar a los militares. Tovar nunca llegó a ser Arzobispo.

Las conversaciones

Hay también, dos conversaciones que marcan el contenido del libro. En una, Tojeira habla largamente con el narrador, muchos años después de que todo ocurrió. Al hablar sobre la posibilidad de llegar a la verdad, el narrador pregunta:

“-¿Y se puede hacer algo?

-Insistir.

-¿Vale la pena, padre?

-Siempre vale la pena. Incluso cuando se sabe que puede no llegarse a nada.

-Supongo que lo que dice es como es.

-¿Y ahora vas a preguntarme si los jesuitas murieron en vano?

-La pregunta de siempre, la de todas las entrevistas

-Sí.

-¿Y murieron en vano, padre?

-No.”

Esta seca respuesta vale todo el libro. En ese “no” escueto se encierra toda la fe de Tojeira, toda la razón por la que en estos años no ha cejado de luchar por la verdad.

La otra conversación tiene como protagonista a uno de los más importantes teólogos latinoamericanos, el padre Jon Sobrino. El narrador lo entrevista, y al final, le pregunta:

“- Padre Jon, ¿por qué cree usted que no es un mártir como ellos?” [La pregunta podría ser capciosa, pues Sobrino vivía en esa casa, pero se encontraba de viaje cuando llegaron a matarlos a todos].

La respuesta de Sobrino es lapidaria, y ofrece toda la dimensión trágica (también mística) del sacrificio de los jesuitas:

“-No soy digno -contestó Sobrino, sin llegar a meditarlo -. Porque no soy digno”

Superada la época del realismo mágico, pasada la época de la novela fantástica, pasada la época de la novela abstracta e intelectual, la realidad histórica latinoamericana, con su fascinante dureza y ejemplaridad, vuelve a plantearse como tema generador de ficciones, como afirmación del papel profético del intelectual, como fundamento de una literatura adulta, universal, sustantiva.