Domingo 19 Marzo 2017
El Acordeón

Un mar de incomprensión

Arturo Monterroso

Máquina del tiempo


Enfrentar la tragedia del Hogar Seguro Virgen de la Asunción, la realidad que se oculta detrás de los hechos y la dimensión del dolor que oprime a muchas personas, provoca una tristeza profunda, airada y perturbadora. Basta imaginar la tortura sin nombre, el tamaño pavoroso de la angustia y la imposibilidad abstrusa y desmesurada de escapar del horror y la muerte que sufrieron las víctimas. Es del todo inconcebible que el personal del lugar no haya escuchado los gritos de auxilio de las jóvenes encerradas en uno de los dormitorios. No hay manera de entender por qué no abrieron las puertas de inmediato y las dejaron escapar para salvarlas de morir asfixiadas por el humo o abrasadas por el fuego. Que la llave la tenía un policía que estaba en el baño, leí en un medio escrito. ¿A cuántos kilómetros de distancia quedaba el baño que el agente no llegó a tiempo? ¿Cuán difícil era romper la puerta? Había allí un contingente de la Policía que seguramente sabe hacer algo más que reprimir a un grupo de adolescentes rebeldes, lastimados e inconformes. La verdad que subyace tras la tragedia es que la irresponsabilidad, la falta de criterio y la incapacidad de tomar decisiones de toda índole, no digamos en un momento de emergencia, tiene consecuencias desastrosas; no solo en lo que compete a las autoridades y al personal del mal llamado “hogar seguro”, sino de la Secretaría de Bienestar Social de la Presidencia y del mismo presidente de la república, pasando por la Procuraduría General de la Nación y otras instituciones.

De todo lo anterior se ha escrito y hablado con profusión en estos días, pero es imposible quedarse callado ante un desastre que fotografía nuestra realidad desnuda, mostrándonos las vergonzosas intimidades de un sistema construido para facilitar la corrupción política: el nepotismo, el tráfico de influencias, el patrocinio, la información privilegiada, el fraude, la malversación, el prevaricato, la impunidad, el pago de favores, el compadrazgo, el lavado de dinero, la cooptación y otros crímenes de similar índole. Pero, además, la anomia, ese conjunto de situaciones derivadas de la carencia de normas o de su degradación, como define el término el DLE. Y, por si fuera poco, aún hay que sumar las viejas taras de nuestra sociedad: la discriminación, el racismo, la misoginia, la violencia familiar, la inequidad y la explotación. Como siempre, los más afectados son los más vulnerables: la gente que no dispone de recursos, las personas con capacidades especiales, las mujeres y, sobre todo, las niñas y las adolescentes. Sin duda, muchos de los jóvenes acogidos en Virgen de la Asunción necesitan un hogar de verdad seguro, lejos de una institución, para desarrollarse como personas sanas y capaces, dispuestas a acercarse sin temor a los demás. Sin duda, las niñas y las adolescentes arrancadas violentamente de la vida, cruzaban “a nado o en la frágil patera de sus modestos sueños un océano embravecido de obstáculos, sombras y fantasmas (…), un enorme mar de incomprensión y de silencios”, como escribió la filóloga española, Concha Caballero, en Gramática de la desigualdad, un artículo publicado en El País, en 2009.

Hace algunos días escuché en la radio a una joven que, con rabia y lágrimas, contó que en la casa de sus padres habían recibido a una niña en calidad de hogar temporal. La niña empezó a mejorar al calor de la familia, pero unos meses después un juez ordenó su traslado al Hogar Seguro Virgen de la Asunción. No lo persuadieron súplicas ni razonamientos. Tampoco aceptó recursos legales. Fue como si la letra muerta de la ley hubiera prevalecido sobre la evidencia de la vida que recuperaba la menor. Y es posible que ahora de la niña no quede sino su cadáver calcinado, el recuerdo de una existencia que pudo ser hermosa, pero demasiado breve y absolutamente injusta.

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