Domingo 5 Marzo 2017
El Acordeón

Blancura

Arturo Monterroso

Máquina del tiempo


Sin duda DeLillo se regodea sin miramientos en la descripción del protagonista de Americana, su novela sobre la que aventuré algunos conceptos en mi artículo anterior. Escrita en primera persona, el peso de su personaje narrador resulta abrumante. Para empezar, David Bell se describe a sí mismo como un joven notablemente apuesto. Personifica en todo su esplendor mefítico al estadounidense orgulloso de su hermosa piel blanca y de su atlética estructura física, no digamos de su metro 95 de altura y de su perfil que recuerda una estatua griega; de su cabello rubio, sus 187 libras de músculo, su dentadura perfecta y sus esplendorosos ojos azules. Todo es importante para alimentar su enorme ego, pero sobre todo la blancura de su piel. Arrogante, prepotente, misógino y pagado de sí mismo, camina por la vida sin notar su propia imbecilidad, como les sucede a muchas personas que alcanzan el éxito temprano en la vida. Bell tiene apenas 28 años y se ha convertido en un alto ejecutivo de una firma de televisión en Nueva York. Sin embargo, hace un esfuerzo considerable por mostrarse “extraordinariamente humilde y reservado” porque siente que es “algo esencial para el bienestar de los demás”. También para no despertar envidias. Su inteligencia y su sagacidad lo previenen del peligro de la apetencia ajena y de la presión que ejerce el hecho de sobrevivir en el submundo de la oficina y la industria del espectáculo. No obstante, percibe la falta de sustancia de su trabajo y la trivialidad de las reuniones y conversaciones que llenan su rutina diaria, saturadas de interminables peroratas; una mezcla de negocios, intrigas, ambiciones, chismes, traiciones e infidencias. A la larga nos enteramos de algunos hechos de su niñez y su juventud; de cómo en determinado momento desea liberarse de lo que llama “montaje de velocidad, armas, torturas, violaciones, orgías y envoltorios para el consumo que constituye la perspectiva del sexo en Norteamérica”.

Atraído por el cine, Bell produce una película de 45 minutos sobre ropa interior, que resulta “refrescante pero estúpida”. Y cuando empieza a trabajar en la firma de televisión (un lugar lleno de empleados que parecían “especímenes de laboratorio conservados en formol”) descubre algo de vital importancia: debía aprender un nuevo idioma, ese en el que las palabras están peleadas con los significados. Pero es un hombre con suerte. Ya antes se había salvado del servicio militar –gracias a la debilidad de una rodilla y a un quiste en la columna– en los primeros tiempos de la guerra de Vietnam, cuando los reclutadores “se mostraban bastante selectivos con los jóvenes que destinaban a la inmortalidad”. Esta ironía, una de las particularidades de la escritura de DeLillo, nos acompañará a lo largo de la novela. Y el sarcasmo: “…era tan americano (sic) como una porción de pastel de manzana con una mosca defecando sobre él”. Pero se pone exquisito cuando crea imágenes y metáforas para transmitirnos una manera de percibir a los seres que pueblan su particular universo: “…le dirigí una sonrisa bobalicona y ella respondió con la mirada desembellecida de una débil monja que hubiera suplicado dinero con éxito, pero sin encontrar una mano dispuesta a tocar la suya”. El sexo atraviesa el relato, tanto como el desconcierto, la soledad y la bebida. A veces parece que la existencia se reduce a ir de un lugar a otro, a vivir experiencias cuya explicación evade siempre a los personajes. David Bell deja nueva York para ir filmar un documental que lo ayude a descifrar la esencia del ser estadounidense, ese que quizá habite todavía en los pueblos alejados de la tierra profunda de su país, pero también para descubrir si él mismo tiene algo qué hacer en la vida que valga más que una imagen. “Uno de mis principales defectos –dice– era mi tendencia a dejarme deslumbrar por el neón de una idea sin llegar nunca a desentrañarla…”. Continuará.

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