Miércoles 22 DE Noviembre DE 2017
El Acordeón

El camino de la oveja

Fecha de publicación: 05-02-17
Por: Arturo Monterroso
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La rebeldía es difícil. Es una batalla interna. La rebeldía es difícil, precisamente porque es una batalla que se libra en el interior de uno mismo; ya sea en el cerebro, en las vísceras o en esa concavidad donde reside eso que llamamos espíritu, alma o conciencia. Quizá producto de la migraña, de la dispepsia o de un largo período hundido en la bilis negra, salta el muflón, oprimido hasta el límite de su resistencia. Y sobreviene la sublevación. La mayor parte del tiempo, sin embargo, regresamos —después de un grito o de un puño levantado— a la comodidad de la humillación conocida, a la obediencia sin concesiones, a la aceptación obsequiosa del poder que nos oprime. Elegimos, una vez más, el camino de la oveja. Jamás tendremos el espíritu salvaje de los arkhares. Y recogemos la sombra maltrecha en que nos hemos convertido, el ínfimo aprecio de nuestras capacidades, los restos inútiles de la propia estima. Y sobrevivimos, precariamente, pero sobrevivimos; seguimos adelante, con la actitud de aquí no pasa nada. A veces, incluso, puede ser que ni siquiera nos demos cuenta, adormecidos como estamos por las pequeñas compensaciones de las tibias fruiciones inmediatas. O quizá hemos apuntalado nuestra existencia con la idea reconfortante de que cumplimos un deber o de que desempeñamos el papel que la sociedad espera de nosotros; una condición para ser aceptados en esa mala obra de teatro que son las apariencias. Pero eso que llamamos “sociedad” es algo ambiguo. La definición del término depende del punto de vista, de dónde estemos situados para ver a los demás, de cuánto es el poder de que disponemos. Aunque, claro está, la sujeción no deja lugar a las propias decisiones. Las personas que se consideran “buenas” a sí mismas, satisfechas y acomodadas en sus mullidos sofás de complacencia, señalan, etiquetan y condenan.

Aunque uno salga a la calle a demostrar su inconformidad, aunque escriba carteles de protesta, aunque marche junto a los marginados de siempre, aunque vocifere en las redes sociales, es posible que por dentro no haya abandonado el espíritu doméstico y ovino, a la larga tan conveniente. Porque la rebeldía genuina, esa batalla interior, esa fuerza que se opone a la obediencia ciega y que surge de las entrañas de uno mismo, es un proceso de rompimiento con lo establecido, con el patrón de condicionamiento social aceptado por las mayorías dóciles, con el sistema que obliga a la dependencia. Y ese rompimiento lastima. Y produce dolor. Produce dolor porque se trata de un desgarramiento que nos separa del rebaño y nos precipita en la soledad y el ostracismo. Todos somos pecables, pero resulta difícil aceptar la incomprensión de las personas más cercanas; la obnubilación con que juzgan nuestra manera de proceder, el retorcimiento de las ideas con que sostienen sus argumentos. Es terrible no ser sujeto de crédito, no tener una cuenta en las redes sociales, no ser fanático de algún equipo de futbol, no acudir a iglesia alguna; no disfrutar del paseo en los centros comerciales, no beber hasta la estupidez, no militar en las huestes de la rampante ambición por el dinero, no caer rendido ante el discurso fácil de los merolicos que anuncian la cura de todos los males del universo; no aceptar las convenciones de la familia, la moda y los signos superficiales del bienestar; no estar indignado solo en el discurso, no ser parte del sistema. Ya se trate del desamor en una relación personal, disminuida por la sumisión y la dependencia; del empleo castrante que obliga a la humillación cotidiana o del poder económico y político que nos aplasta con sus mecanismos de sujeción, rebelarse es aceptar la posibilidad del rechazo; de hundirnos en el desencanto y la desolación. Por eso muchas veces terminamos escogiendo el camino de la oveja y no el del urial, ese carnero salvaje de Rusia, India y Pakistán.

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