Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Chichicastenango

Ana Maria Rodas

La telenovela

Fecha de publicación: 29-01-17
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Claro que esto que escribo no tiene nada que ver con lo que en la actualidad debe ser aquel pueblo. La última vez que tomé la decisión de ir allí, uno de los lugares más maravillosos de mi niñez, apenas me acerqué a la población –dando saltos odiosos sobre todos los terribles bultos de cemento que hay en el camino, con los que los habitantes de las aldeas cercanas se libran, y libran a sus hijos, gallinas, perros y cerdos, de los desmanes de autobuses y carros– al lugar donde la carretera termina y empiezan las calles del lugar.

No tuve valor, di la vuelta y regresé a ese lugar maravilloso donde aún viven mis abuelos, mis primos, mis tíos. Por el camino, el verdadero, no el imaginado, había visto las construcciones que los dineros de los migrantes han permitido hacer a los padres y abuelos que se quedaron aquí. Edificaciones de hasta tres pisos, enclavadas en terrenos pequeñísimos, que dan fe de la pobreza ancestral de sus dueños.

Chichicastenango, en mi memoria, es un pueblo de indios donde viven algunas familias de ladinos. Los indígenas son los dueños del lugar y sus casas son de paredes de adobe protegido con cal, cubiertas con tejas que muestran todos los tonos que van desde el café tostado de la edad hasta el rojo brillante de un tejado muy reciente.

Las calles principales están tapizadas por piedras de todos tamaños. Algunas calles secundarias, alejadas por lo menos cuatro cuadras de la calle principal, aún son de tierra. Una tierra de tonalidades suaves, diversos colores de ámbar, tierra de textura fina que se levanta cuando el viento sopla fuerte y forma nubecillas que, si hay sol, envuelven a las personas y las dotan de un aspecto maravilloso, como si acabaran de salir de algunas de las leyendas quiché que mi abuelo solía contarme.

Los miércoles y sábados por la tarde, subidos sobre el arco bajo el cual viene serpenteando el camino desde El Molino, Lemoa, Santa Cruz del Quiché, veíamos la romería de los campesinos, que sobre aquel terreno liso, apisonado, de la plaza, entre la iglesia de Santo Tomás y El Calvario, irían a levantar las tiendas que, por arte de magia, al día siguiente contendrían los tesoros más apreciados: canastos rebosantes de maíz amarillo, los puestos de verduras y frutas, las ventas de objetos de cerámica –barro les decíamos– los tejidos, las máscaras, las matracas y otros juguetes de madera bellísimos en su sencillez extrema.

Hacia el sur de la plaza, desde muy temprano, los fogones de las cocinas mantenían calientes las bebidas, los platos de carnes y verduras, el arroz. En otras partes, las tortillas de maíz despedían ese olor peculiar que reconocería en cualquier lugar del mundo. Pero aquellas tortillas no las hay en cualquier lugar del mundo.

Y en una esquina de ese mercado que por la noche habría desaparecido de manera tan misteriosa como había surgido, estaban las ventas de pétalos de flores, de copal, de pom, de azúcar destinada específicamente a la “costumbre” que se llevaría a cabo en tres lugares diferente: en los escalones de la iglesia, restos de una pirámide quiché, tal vez cuando el lugar era llamado Tziguán Tinamit; en el interior oscuro de la iglesia católica y, finalmente, en el cerro donde vive Pascual Abaj, la deidad de los chichicastecos. Mi abuelo decía que en las carnes de piedra de Pascual Abaj, se habían tallado los glifos mediantes los cuales se relatan los hechos de Tohil.

No hay tiempo ni espacio aquí para hablar de Tohil, ni del nombre con que los españoles conocieron aquel asentamiento donde fueron derribados los aposentos superiores de las pirámides del centro ceremonial. Nombre que le fue cambiado por los tlaxcaltecas que guiaban a los españoles: lugar de los chichicastes.

Hará unos meses, se supo que un incendio había consumido varios puestos del mercado actual de Chichicastenango. Un mercado como cualquier mercado estático, que ya no necesita de magia para surgir de la noche a la mañana y desaparecer.

Me alegré, entonces, de haber dado la vuelta y no haber entrado al pueblo esa última vez que decidí visitar mi niñez. Lo que yo conocí ya no existe más que en los recovecos de mi cerebro y en los de mi hermano Jorge y mis primos Jaime, Cecil y Edith, que tempranamente dejaron Guatemala. Pero que, como yo, no han renunciado a su maravillosa niñez en Chichicastenango.

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