Miércoles 26 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

De la política, la religión y el poder

Arturo Monterroso

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 22-01-17
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Cuando pienso en la política es inevitable imaginar a Maquiavelo escribiendo en su casa de las afueras de Florencia, desterrado por los Medici, esa familia amante del arte en la Toscana del Renacimiento a quien había servido; esos mecenas, esos papas, esos guerreros, esos políticos cuya imagen pervive a lo largo de la historia. Caído en desgracia, despreciado y sumido en la pobreza, Maquiavelo reflexiona sobre los seres humanos y su relación con el poder. Y, conociendo la realidad, toma una posición pragmática. Los Medici, cuyo poder provenía de la banca y el comercio, habían descubierto que el dinero era necesario para conseguir el poder político y que el poder era indispensable para conservar el dinero. Nada que haya cambiado hasta ahora. Aunque a principios del siglo XVI también era importante hacerse del poder religioso. Quizá una reminiscencia de eso sea la costumbre de los presidentes de Estados Unidos de jurar el cargo con una mano sobre la Biblia. O de dos, en el caso de Trump. La imagen lo es todo. La simpleza de muchos ciudadanos estadounidenses los lleva a pensar que alguien que no cree en Dios no sería capaz de gobernar y tampoco una persona íntegra, moralmente correcta; como si los ateos carecieran de ética y los creyentes fueran todos buenas personas. So help me God. Pero aún hay más: en La religión americana (Taurus), Harold Bloom afirma que la esencia de lo estadounidense es la creencia de que Dios los ama (a los gringos); que vivir en un país en el que la inmensa mayoría goza del afecto de Dios es algo profundamente conmovedor y que la primera guerra de Estados Unidos contra Irak fue una auténtica guerra religiosa, una guerra de lo que llama la Religión Americana “contra todo aquello que niega la categoría y la función del yo como auténtico parámetro del ser y del valor”. Sin embargo, también cita a Emerson, el poeta y filósofo del siglo XIX, quien dijo, refiriéndose a su patria: “Gran país, mentes diminutas”.

Así que mientras Giovanni Medici, el segundo hijo varón de Lorenzo el Magnífico, se convertía en el papa León X (gracias a la poderosa influencia de su padre y a la intervención de Maximiliano I de Habsburgo para que el cónclave no eligiera al cardenal Tomás Bakócz, un hábil político húngaro), Maquiavelo escribía El príncipe, un pequeño libro destinado a influir en el pensamiento político mundial. Hay que recordar que, acusado de traición, el escritor florentino había sido expulsado de su cargo en la cancillería de la República, encarcelado, torturado y condenado a vivir fuera de la ciudad. Y que escribía para sobreponerse a la tristeza, pero también para dar a su pensamiento una fuerza pragmática, como afirma Ambrosio Velasco Gómez en el prólogo al Epistolario 1512-1527 de Nicolás Maquiavelo (Fondo de Cultura Económica). Velasco dice también que algunos pasajes de la obra de Maquiavelo han dado pie a una interpretación errónea, “que elimina toda consideración ética y lo sumerge en un craso realismo político sin escrúpulos valorativos…” y que “lejos de renunciar a toda valoración ética, Maquiavelo innova una nueva ética fundada en valores republicanos y en un criterio consecuencialista afín a su criterio de verdad efectiva, lo cual se integra en lo que podemos llamar un republicanismo realista” cuyo valor principal es la libertad política del pueblo frente a los déspotas.

En las actuales circunstancias del mundo, quizá haga sentido estudiar sin prejuicios a Maquiavelo y leer la cita de Kierkegaard que abre el libro de Bloom: “Incluso ahora, en 1848, desde luego da la impresión de que la política lo es todo; pero se verá que la catástrofe (la revolución) es lo propio de nuestra época y lo opuesto a la reforma: entonces todo apuntaba a un movimiento religioso y resultó ser político; ahora todo apunta a un movimiento político, pero será religioso”.

>arturo.monterroso@gmail.com

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