Martes 20 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Fragmentos de una autobiografía futura

Hace pocos días falleció el escritor argentino Ricardo Piglia (1941-2016), una de las voces esenciales de la literatura contemporánea escrita en lengua castellana. Su obra fue prolífica y reconocida. Publicó volúmenes de cuentos como ‘La invasión’ y ‘Nombre falso’; novelas como ‘Respiración artificial’, ‘Plata quemada’ y ‘Blanco nocturno’; libros de ensayo como ‘Formas breves’ y ‘El último lector’. Durante seis décadas llevó un diario íntimo, que se convirtió en legendario, y del que publicó partes en la llamada trilogía de Emilio Renzi, su alter ego. De ahí tomamos para celebrarlo los siguientes fragmentos.

Fecha de publicación: 15-01-17
Por: Por Ricardo Piglia
Más noticias que te pueden interesar

Miro críticamente ciertas decisiones de mi vida que fueron tomadas en función del futuro de mi literatura. Por ejemplo, vivir sin nada, sin propiedades, sin nada material que me ate y me obligue. Para mí elegir es desechar, dejar de lado. Ese tipo de vida define mi estilo, despojado, veloz. Hay que tratar de ser rápido y estar dispuesto a dejar todo y escapar.

****

La ilusión es una forma perfecta. No es un error, no se la debe confundir con una equivocación involuntaria. Se trata de una construcción deliberada, que está pensada para engañar al mismo que la construye. Es una forma pura, quizá la más pura de las formas que existen. La ilusión como novela privada, como autobiografía futura.

****

Me acuerdo dónde estaba, por ejemplo, cuando leí los cuentos de Hemingway: había ido a la terminal de ómnibus a despedir a Vicky, que era mi novia en aquel tiempo, y al costado del andén, en una galería encristalada, en una mesa de saldos, encontré un ejemplar usado de ‘In Our Time’ en la edición de Penguin. Cómo había ido a parar ahí ese libro no lo sé, un viajero quizá lo había vendido, un inglés con sombrero de explorador y una mochila que seguía viaje al sur lo había cambiado, digamos, por una guía Michelin de la Patagonia, vaya uno a saber. Lo cierto es que volví a casa con el libro, me tiré en un sillón y empecé a leerlo y seguí y seguí mientras la luz cambiaba y terminé casi a oscuras, al fin de la tarde, alumbrado por el reflejo pálido de la luz de la calle que entraba por los visillos de la ventana. No me había movido, no había querido levantarme para encender la lámpara porque temía quebrar el sortilegio de esa prosa. Primera conclusión: para leer, hay que aprender a estar quieto.

****

Mi padre recuerda todavía algunos fragmentos de las cartas que su padre mandaba desde el frente, cuando él (mi padre…, oh los pronombres) era chico y su madre se las leía en voz alta junto a la chimenea: “Yo lloraba, el general Gialdini lloraba, todos los soldados estaban llorando”, lo que me deja intrigado sobre el contenido de la carta. Es lógico que un chico recuerde para siempre ese párrafo; es inolvidable en la niñez descubrir que el padre llora, que los hombres lloran, y que también puede llorar un aguerrido general del Ejército…

Lo maravilloso de la infancia es que todo es real. El hombre mayor (!) es el que vive una vida de ficción, atrapado por las ilusiones y los sueños que lo ayudan a subsistir.

Por eso impresionan tanto los jirones de experiencia del pasado que uno recuerda sin entender del todo, son livianos y agudos como un florete que atraviesa de una estocada el corazón. Por eso son tan nítidos y tan incomprensibles esos recuerdos, ya que luego, ahora, en la juventud, uno se extravía. En mi caso estoy en el medio del río, perdí la sensación de certidumbre plena de la infancia y no tengo ninguna ilusión que me sostenga.

 

****

 

1450103490_379984_1450104069_sumario_grande

 

Primer amor

Me enamoré por primera vez cuando tenía diez años. En medio de la clase apareció una muchacha de pelo colorado y la maestra la presentó como la alumna nueva. Estaba parada al lado del pizarrón y se llamaba (o se llama) Clara Schultz. No recuerdo nada de las semanas siguientes, pero sé que nos habíamos enamorado y que tratábamos de ocultarlo porque éramos chicos y sabíamos que queríamos algo imposible. Algunos recuerdos todavía me duelen. En la fila los otros nos miraban y ella se ponía todavía más colorada y yo aprendí lo que era sufrir la complicidad de los imbéciles. A la salida me peleaba en la canchita de Amenedo con tipos de quinto y de sexto que la seguían para tirarle abrojos en el pelo, porque ella lo llevaba suelto hasta la cintura. Una tarde volví a casa tan golpeado que mi madre pensó que me había vuelto loco o que me había agarrado una fiebre suicida. No podía decirle a nadie lo que sentía y parecía hosco y humillado, como si siempre anduviera con sueño. Nos escribíamos cartas, pero apenas sabíamos escribir. Me acuerdo de una sucesión inestable de éxtasis y de desesperación; me acuerdo de que ella era seria y apasionada y que nunca sonreía, quizá porque conocía el futuro. No conservo ninguna fotografía, solo su recuerdo, pero en cada mujer que he querido estaba Clara. Se fue como vino, imprevistamente, antes de fin de año. Una tarde hizo algo heroico y quebró todas las reglas y entró corriendo en el patio de los varones para venir a decirme que se la llevaban. Tengo la imagen de los dos en medio de las baldosas negras y el círculo sarcástico de los otros que nos miran. El padre era inspector municipal o gerente de banco y lo trasladaban a Sierra de la Ventana. Recuerdo el horror que me produjo la imagen de una sierra que también era una cárcel. Por eso había llegado con el año empezado y por eso quizá me había amado. Fue tan grande el dolor que logré recordar que mi madre decía que si uno quería a una persona tenía que poner un espejo en la almohada, porque si la veía reflejada en el sueño se casaba con ella. Y a la noche, cuando en casa todos se habían dormido, yo caminaba descalzo hasta el patio del fondo y descolgaba el espejo en el que se afeitaba mi padre todas las mañanas. Era un espejo cuadrado, de marco de madera marrón, atado con una cadenita al clavo de la pared. Dormía de a ratos, tratando de verla reflejada al soñar, y a veces me imaginaba que la veía aparecer en el borde del espejo. Muchos años después, una noche, soñé que soñaba con ella en el espejo. La veía tal cual era de chica, con el pelo colorado y los ojos serios. Yo era otro, pero ella era la misma y venía hacia mí, como si fuera mi hija.

****

Me preocupa mi predisposición a hablar de mí como si estuviera escindido y fuera dos personas. Una voz íntima que monologa y divaga, una suerte de banda sonora que me acompaña todo el tiempo y que a veces se filtra en lo que leo o en lo que escribo aquí. Ayer pensé que tendría que tener dos cuadernos distintos. El A y el B. En el A estarían los sucesos, los acontecimientos, y en el B, los pensamientos secretos, la voz callada.

****

 

 

Sin-título-1

Los diarios de Pavese

La tentación del suicidio. El desciframiento de ese enigma ha producido uno de los libros más bellos de la literatura contemporánea, ‘El oficio de vivir’. Jeroglífico lleno de silencio y de oscuridad, en ese diario, que comienza en el encierro del confinamiento y termina en el encierro de una pieza de hotel, podemos decir que está todo Pavese. Novela moral, monólogo que avanza sin citar los acontecimientos, atento solo a la lógica perversa de la repetición, este libro admirable está cargado de una tensión a la vez lúcida y trágica. “Cuando un hombre se encuentra en mi estado”, escribe en las primeras páginas, “solo le resta hacer examen de conciencia. No tengo motivo para refutar mi idea de que cuanto acontece a un hombre está condicionado por todo su pasado, en suma, es merecido. Solo así se explica mi actual vida de suicida. Y sé que estoy condenado a pensar en el suicidio frente a cualquier dificultad o dolor. Eso es lo que me aterra, mi principio es el suicidio, jamás consumado, que no consumaré jamás, pero que acaricia mi sensibilidad”. En esa frase hay una doctrina y una fatalidad, el énfasis está puesto, como se ve, en la idea del suicidio, allí está la tentación y el terror, lo que Pavese llamaba su “vicio oculto”. Basta revisar su correspondencia para encontrar desde el comienzo la misma obsesión, “pienso en el suicidio”, escribe el 22 de octubre de 1926; y en septiembre de 1927, “desde hace un año pienso siempre en el suicidio”. Obsesión secreta, pasión solitaria, el suicidio es un vicio del pensamiento, manía del intelectual que piensa demasiado, que está condenado a pensar.

*****

El admirable Thomas De Quincey, en el final de su homenaje a los crímenes de J. Williams, usa la multiplicidad de puntos de vista y de textos ambiguos y posibles que se van reconstruyendo en ráfagas; una técnica que tiene algo de la crónica periodística y algo de la técnica del género policial, que recuerda el “muy moderno” ‘In Cold Blood’ de Truman Capote, es decir, los procedimientos actuales del nuevo periodismo y de la novela de ‘non fiction’. Revisa entrevistas, notas, reportajes y noticias y reconstruye un crimen “real”. Es notable la similitud en el tono y en la técnica con que los dos se van acercando progresivamente al hecho narrado, con rodeos parecidos. Si Capote se disfraza de novelista para legitimar el trabajo periodístico, De Quincey se disfraza de periodista para legitimar su trabajo de novelista. Y eso es, exactamente, lo que imagino que quiero hacer en una novela.

Lo que va de De Quincey a Capote es lo que va de mi novela a las grabaciones verdaderas de ‘Los hijos de Sánchez’ de Oscar Lewis. Frente a la ‘non fiction’, frente a la novela-reportaje, la que imagino sería una novela “disfrazada” de ficción verdadera.

Es una técnica que viene de lejos, desciende de ilustres antepasados, el origen de la novela inglesa es el falso documento autobiográfico de un náufrago que sobrevive en una isla desierta y cuenta su epopeya, tal cual imagina Defoe en ‘Robinson Crusoe’ (y ahí inventa la historia pero también el procedimiento de narrarla como si fuera un documento real). Lo mismo pasa en el mejor Borges, el de ‘Tlön, Uqbar, Orbis Tertius’. Lo curioso de este aparente verismo es que justifica, con los hechos “verdaderos”, una narración imaginaria. Son escritores decididamente antirrealistas (De Quincey, Capote y también Borges) que usan esa técnica para contrabandear historias extremas. Busco un ‘tour de force’, hacer verdadero un mundo real y basarme en hechos que han sucedido para construir una novela en donde todo es imaginario salvo los lugares, algunos acontecimientos y los nombres de los protagonistas.

Regresar a la novela de acción pasando por algunas tendencias antirrománticas que convierten la historia en un tema de investigación y de encuestas periodísticas. El éxito mayor sería, como en el caso del Pierre Menard de Borges, que los primeros críticos reseñaran la novela como un libro de no ficción.

****

Un día perfecto

 

Domingo. Aquí, en la costa oriental, el sol se pone en la bahía. Alguien recordó que el atardecer no existía como tema poético para los griegos. Todo el mérito era para el amanecer y sus múltiples metáforas: la aurora, el alba, el despertar. Recién en Roma, con la declinación del imperio, Virgilio y sus amigos empezaron a celebrar el ocaso, el crepúsculo, el fin del día.

¿Habría entonces escritores del amanecer y escritores del crepúsculo? Esas son las listas que me gusta hacer. Pero en cambio ahora que ha caído la noche y me alumbro una vieja lámpara uruguaya me gustaría reconstruir un sentimiento ligado a la puesta de sol. ¿Cómo podríamos definir un día perfecto? Tal vez sería mejor decir, ¿cómo podría yo narrar un día perfecto?

¿Para eso escribo un diario? Para fijar –o releer– uno de esos días inolvidables. Por ejemplo.

 

 

****

Viene a casa Fernando Kriss, un amigo de toda la vida, profesor de filosofía, inactivo, o mejor, desactivado, según dice. Trae dos botellas de vino blanco. Compramos comida árabe en el restaurante de la esquina y nos sentamos a comer en el patio. Sin entrar en la moda actual donde todos hacen de expertos y dan varias vueltas con la copa en la nariz antes de tomar un poco de vino, empezamos una discusión delirante sobre la diferencia entre el Chardonnay y el Chenin. Podríamos aplicar, dice Fernando en la mitad de la primera botella, a la diferencia entre los vinos la teoría de los conjuntos borrosos. Es un tipo de lógica que pretende introducir silogismos no-perfectos, es decir, un conocimiento incierto, ambiguo, difuso. El razonamiento está basado en experiencias similares pero no idénticas, imprecisas digamos. Se ha casado cuatro veces. Hace un mes, su última mujer se fue de viaje y volvió a la semana sin que Fernando se hubiera dado cuenta de su ausencia. Llama a esos acontecimientos una experiencia con los conjuntos borrosos. Por ejemplo, dice, los periodistas ocupan hoy el lugar de los intelectuales y los intelectuales se han identificado con los periodistas. Típico caso de un conjunto borroso. Abrimos la segunda botella de vino. Al aire libre, la noche está espléndida.

***

Leo en el ‘Diario’ de Brecht (9.8.1940): “Sobre la concisión del estilo clásico: si en una página omito lo suficiente, estoy reservando para una sola palabra –por ejemplo, la palabra noche, en la frase ‘al caer la noche’– el valor equivalente a lo que he dejado afuera en la imaginación del lector”. Idéntica a la teoría del iceberg de Hemingway: solo que en el caso de Brecht se deja afuera lo que el lector conoce y en el caso Hemingway se deja afuera lo que el lector no conoce.

En ‘París era una fiesta’ refiriéndose a uno de sus primeros cuentos, escribe Hemingway: “En una historia muy simple llamada ‘Out of Season’ (‘Fuera de temporada’) omití el verdadero final en que el viejo se ahorcaba. Lo omití basándome en mi teoría de que se puede omitir cualquier cosa si se sabe qué omitir y que la parte omitida refuerza la historia y hace al lector sentir algo más de lo que ha comprendido”.

El cuento de Walsh ‘Esa mujer’ pertenece a la primera categoría. Todos los lectores –argentinos– saben que la mujer, a la que nunca se nombra, es Eva Perón. En cambio ‘La siesta del martes’ de García Márquez pertenece a la segunda. No se narra la escena central –con la mujer que va con su hija al cementerio bajo la mirada acusadora del pueblo– y el lector debe imaginarla. En los dos casos lo que se sustrae define la historia.

****

En octubre de 1921 Kafka entregó sus cuadernos a Milena. (¿”Has encontrado en el ‘Diario’ algo decisivo contra mí”?). Lo mismo hace Tolstoi con Sofia su futura mujer (y ella nunca se lo perdona) y también Nabokov con Vera. En distintos momentos Pavese piensa en esa posibilidad (“Lo escribo para que ella lo lea”). En mi caso quienes han vivido conmigo no solo leen estos cuadernos sino que además escriben en ellos. A veces hay precisiones sobre el contenido (En realidad pasamos la noche en el tren) y otras sobre la forma (¡qué sintaxis espantosa!). Nunca escondo estos cuadernos porque no hay nada que esconder. Y quien los interviene solo quiere hacer saber que los ha leído.

 

***

Escribir a mano es una práctica arcaica, anterior incluso al lenguaje oral. Los instrumentos han cambiado a lo largo de los siglos pero el gesto es el mismo: se usa la mano más hábil para trazar las letras y la otra como ayuda ocasional. Soy un zurdo contrariado, solo uso la derecha para escribir y en todo lo demás la mano izquierda. La inolvidable señorita Tumini, maestra de primer grado inferior, me obligaba a escribir con la mano derecha. Me veo en el aula vacía copiando palabras con el furor de un pequeño disléxico demente.

***

Antes, cada dos por tres entraba en una polémica pública. Ahora no le encuentro sentido a ese murmullo incesante de opiniones y de pronósticos. Sin embargo, a veces, todavía, a la mañana temprano, bajo la ducha, escribo indignadas cartas imaginarias a los periódicos contestando argumentos idiotas. (Señor director, cuando estuve en Madrid hace unos meses le sugerí a los indignados de Plaza del Sol que le pidieran una audiencia al rey.) No bien salgo del agua las réplicas se disuelven.

***

Larga conversación en el bar de Lahiere’s con James Irby, legendario traductor de Borges al inglés, extraordinario profesor de poesía en Princeton. Discutimos algunos poemas de Lezama Lima, entre ellos ‘Oda a Julián del Casal’ sobre el que Jim ha escrito un largo ensayo al que todavía considera incompleto. Tendrías que hacer un libro sobre ese poema, le digo. ¿Hay algún libro dedicado a un solo poema? Recordamos el ensayo de Butor sobre un sueño de Baudelaire. Los versos son como el resto diurno del sueño, un tejido de imágenes rotas, de recuerdos y palabras perdidas. Calasso ha publicado ahora un libro sobre el mismo sueño de Baudelaire, me dice Jim, pero sin citar a Butor. La clave del trabajo de Jim es que analiza poemas escritos en lengua extranjera. La lectura es siempre incierta e indicial, las palabras parecen piedras en un muro: el sentido depende del peso, del volumen, de la posición. Llamamos a ese modo de leer, crítica concreta. En la misma dirección, me hace notar que el final de ‘Blanco nocturno’ alude a la anáfora del poema ‘Metempsicosis’ de Rubén Dario, que yo he leído muchas veces a lo largo del tiempo pero en el que no pensé mientras escribía la novela. Jim lo recita, con aire irónico, marcando la suave escansión de los endecasílabos y el corte de la estrofa: “Yo fui un soldado que durmió en el lecho/de Cleopatra la reina. Su blancura/ y su mirada astral y omnipotente./ Eso fue todo//Y crujió su espinazo por mi brazo;/y yo, liberto, hice olvidar a Antonio./(¡Oh el lecho y la mirada y la blancura!)/Eso fue todo.” Y luego de una pausa, poniendo ahora énfasis en el ritmo metálico del verso, dice la última estrofa: “Yo fui llevado a Egipto. La cadena /tuve al pescuezo. Fui comido un día /por los perros. /Mi nombre, Rufo Galo./ Eso fue todo.” Me olvidé un par de estrofas, dice mientras salimos a la calle. A veces uno olvida para mejorar los poemas, le digo. No fue este el caso, sonríe Jim. Afuera, ya es de noche. Sabes que van a cerrar este bar, ¿no?, me dice, apenado.

****

 

 

1471601871_706888_1471606765_sumario_grande

 

Tiene razón Auden cuando señala que los artistas cambian de visión del mundo para renovar su poética. Explicaba así su adhesión al marxismo y también la pasión tardía de Yeats por el espiritismo o la conversión al catolicismo de Eliot o el populismo de Tolstoi. El escritor no inventa la ideología, la encuentra hecha y la utiliza como material de trabajo. Antes de criticar los pensamientos de un escritor, hay que analizar su función técnica. Las dudas de Hamlet sirven para retardar la acción.

***

David Simon, el creador de la serie ‘The Wire’, es un gran narrador social. Incorpora a la intriga policial los hechos del presente (la economía de ajuste de Bush, la manipulación de las campañas políticas, la legalización de la droga). En el capítulo-piloto de ‘Treme’, su nueva serie de televisión que vi la otra noche, el marco es Nueva Orleans después de Katrina: nunca los desastres son naturales, esa es la poética de Simon. La narración social se ha desplazado de la novela al cine y luego del cine a las series y ahora está pasando de las series a los facebooks y a los twitter y a las redes de Internet. Lo que envejece y pierde vigencia queda suelto y más libre: cuando el público de la novela del siglo XIX se desplazó hacia el cine, fueron posibles las obras de Joyce, de Musil y de Proust. Cuando el cine es relegado como medio masivo por la televisión, los cineastas de ‘Cahier du Cinema’ rescatan a los viejos artesanos de Hollywood como grandes artistas; ahora, que la televisión comienza a ser sustituida masivamente por la web, se valoran las series como forma de arte. Pronto, con el avance de las nuevas tecnologías, los blogs y los viejísimos emails y los mensajes de texto serán exhibidos en los museos. ¿Qué lógica es esta? Solo se vuelve artístico –y se politiza– lo que caduca y está “atrasado”.

***

Cuando me siento encerrado voy a Nueva York y paso un par de días en medio de la multitud de la ciudad, sin llamar a nadie, sin hacerme ver, visitando lugares anónimos y evitando los bares. Paro en Leo House, una residencia católica, atendida por monjas. Fue creada como hospedaje para los familiares que visitaban a los enfermos de un hospital cercano pero ahora es un pequeño hotel abierto al público (aunque tienen prioridad los sacerdotes y los seminaristas).

En Chelsea, encontré un video club Films noir especializado en películas policiales. El dueño es bastante simpático; lo llaman Dutsch porque es hijo de holandeses. Tiene algunas joyas inhallables, por ejemplo ‘Detour’ de Edgard Ulmer, una película extraordinaria, súper serie B, filmada en una semana, casi sin plata; largos primeros planos de un viaje en auto, conversaciones en ‘off’, luces en la noche. Cuenta la historia de un hombre desesperado que hace auto ‘stop’ y se pierde en los desvíos del camino. Parece una versión psicótica de ‘On the road’ de Kerouac. Todo lo que encuentra por azar en la ruta es destructivo y mortal.

En realidad estoy buscando ‘Sección: Desparecidos’ del director francés Pierre Chenal, basada en la novela de David Goodis, y filmada en Buenos Aires en los años cuarenta. Un film mítico que nadie ha visto. El holandés me aseguró que puede localizarlo pero tengo que darle tiempo, cree que hay una copia en uno de los sitios piratas del Perú, El polvo azul, donde se encuentran las réplicas de todas las películas que se han filmado en el mundo.

***

Trabajo en el prólogo a una edición de los últimos relatos de Tolstoi. Los escribía en secreto, escondido de sí mismo, y son, desde luego, excelentes, mucho mejores que los cuentos de Chejov.

Luego de la conversión que lo ha llevado a abandonar la literatura, Tolstoi decide dedicar su vida a los campesinos, convertirse en otro, ser más puro y más sencillo. Renuncia a sus propiedades, quiere vivir del trabajo manual. Resuelve aprender a hacer zapatos, porque un par de botas bien hechas son, según dice, más útiles que ‘Anna Karenina’. El zapatero del pueblo le enseña –con temor ante las incomprensibles excentricidades del conde– su viejo oficio.

Tolstoi anotó en su diario. Escribir no es difícil, lo difícil es no escribir. Esa frase tendría que ser la consigna de la literatura contemporánea.

***

La primera traducción al chino de ‘Don Quijote’ fue obra del escritor Lin Shu y de su ayudante Chen Jialin. Como Lin Shu no conocía ninguna lengua extranjera, su ayudante lo visitaba todas las tardes y le contaba episodios de la novela de Cervantes. Lin Shu la traducía a partir de ese relato. Publicada en 1922, con el título de ‘La historia de un caballero loco’, la obra fue recibida como un gran acontecimiento en la historia de la traducción literaria en China. Sería interesante traducir al castellano esa versión china del ‘Quijote’. Por mi parte, me gustaría escribir un relato acerca de las conversaciones entre Lin Shu y su ayudante Chen Jialin mientras trabajan en su transcripción imaginaria del ‘Quijote’.

Etiquetas: