Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Decir adiós a Zygmunt Bauman

Con la reciente muerte del sociólogo, filósofo y ensayista polaco Zygmunt Bauman (1925-2017), se apaga una de las voces más críticas con la sociedad contemporánea, individualista y despiadada, a la que definió como la “modernidad líquida”. En su larga vida sufrió los horrores del siglo XX —la guerra, la persecución, las purgas, el exilio— pero eso no le hizo conformista con nada de lo que vino después. Durante más de medio siglo fue uno de los más influyentes observadores de la realidad social y política, el azote de la superficialidad dominante en el debate público, y retrató con agudeza el desconcierto del ciudadano de hoy ante un mundo que no ofrece seguridades a las que asirse. Jorge Mario Rodríguez, uno de sus lectores más acuciosos en Guatemala, nos ofrece este obituario.

Fecha de publicación: 15-01-17
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Por Jorge Mario Rodríguez

Escribir acerca de la partida de Zygmunt Bauman es una tarea que no debe acometerse con ligereza cuando él mismo advirtió que los obituarios de los intelectuales tienden a caer en exageraciones. Lo decía a propósito de la creciente separación entre las reflexiones del intelectual y la experiencia de una sociedad que a menudo olvida que las armas más efectivas de la humanidad han sido la esperanza, el coraje y la insistencia.

En consonancia con esta idea, Bauman intenta brindar claves para entender un mundo cuyos cambios, imprevistos y profundos, se plantean de manera tan acelerada que provocan una incertidumbre radical. Quiere ayudarnos a configurar un “marco cognitivo”, para que podamos seguir buscando una vida digna en un tiempo vacío de certezas. En ese sentido, la misma vida de Bauman parece reflejarse en las preocupaciones de su obra.

Bauman nace en 1925, en Poznan (Polonia), en el seno de una familia judía no practicante. Cuando los nazis invaden Polonia en 1939, huye junto con su familia para la Unión Soviética, en donde se enrola en el ejército polaco, que entonces organizan los soviéticos. De 1945 a 1948, mientras estudia sociología y filosofía, ocupa puestos en la burocracia militar. Posteriormente, ocupa una cátedra en la Universidad de Varsovia, la cual abandona en el inolvidable 1968, a causa de purgas antisemitas llevadas a cabo por el Gobierno polaco. Deja de nuevo su país natal, y después de un breve periodo en Israel, se instala finalmente en Inglaterra a principios de la década de los setenta. Enseña en la Universidad de Leeds hasta convertirse en profesor emérito de la misma.

Como puede verse, la experiencia del desarraigo es una constante en la vida de Bauman.  Experimenta en carne propia el antisemitismo, el estalinismo y la guerra. Es sintomático, en este sentido, que su copiosa producción se acelere en la última década del siglo pasado. Su actividad creadora corre paralela al intento de comprender las consecuencias desastrosas de la globalización neoliberal.

Bauman elabora teóricamente, con un estilo literario que envuelve nuestra sensibilidad, la experiencia contemporánea a través de la noción metafórica de la modernidad líquida. Este periodo de la modernidad se caracteriza porque en él se disuelven las categorías racionales con las que alguna vez quisimos anclar la comprensión del mundo y de nosotros mismos. Los marcos de referencia se derriten, cambian de forma; las categorías políticas y vitales, por ejemplo, las que conforman el Estado, se difuminan antes de que puedan convertirse en marcos estables de orientación para la acción individual y colectiva.

Con la ayuda de este concepto metafórico, Bauman hace comprender las consecuencias de dicha liquidez en las diferentes dimensiones de la vida contemporánea: las relaciones personales, la globalización, la vigilancia, el miedo, la negación del extraño y la educación. Sus reflexiones, basadas en una recolección abrumadora de evidencia, muestran a un ser humano perdido en una individualidad incapaz de concertar con los otros un camino para el futuro. La vida, nos dice, “se mueve tan rápido como para que nosotros podamos seguir sus giros y torceduras, no digamos anticiparlos”.

En este escenario, el ser humano se ve aislado, “conectado” a los demás en redes cambiantes y efímeras. Este fenómeno se refleja en la esfera de las relaciones interpersonales, incluso en las relaciones amorosas, en la que el miedo al compromiso se resuelve en la fragilidad y superficialidad de las relaciones.

 

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Con Bauman se puede ver la forma en que la lógica del capital humano –movible, virtual, golondrina– se hace realidad en la vida cotidiana, fenómeno que le da aire de sentido común a la ideología neoliberal. Todo lo que implica compromiso, reconocimiento del Otro –el Estado, la comunidad– se ven como barreras para el ser humano individualizado y privatizado. La infinita demanda moral, teorizada por Emmanuel Levinas, uno de los referentes intelectuales de Bauman, pierde su obligatoriedad en el proyecto de vida de un ser humano ya desconectado del prójimo. Así, la vida moral, que siempre es vida en común se encoge para dar paso a la más espantosa marginalidad.

Cae de suyo que dentro de esta liquidez la misma acción política se torna fútil e impotente. Detrás de la pérdida de sentido de la política solo puede existir la incertidumbre, la lucha de hombres y mujeres que súbitamente se intersectan y separan, en redes o enjambres desprovistos de objetivos sólidos.

El esfuerzo de Bauman, por lo tanto, consiste en lograr comprender sin la ayuda de nociones sólidas. Muestra la potencia de la reflexión humanista en un tiempo de oscuridad. Aspira a que comprendamos nuestra condición de náufragos para buscar nuevos derroteros de sentido y acción. Las advertencias se vuelven más agudas cuando Bauman previene contra la celebración irreflexiva de las redes digitales mundiales y el Internet, las cuales, en su opinión, hacen innecesario el Ministerio de la Verdad de George Orwell.

Mención especial merece una de sus últimas obras Liquid Evil, producto de una conversación con el reciente y prematuramente desaparecido filósofo lituano Leonidas Donskis. En esta obra, ambos reflexionan sobre la manera en que el mal se disemina por el mundo a través de la engañosa idea de que el bienestar y el confort individual constituyen legítimas razones para la acción. El mal, desde esta perspectiva, ya no es una realidad sólida, concentrada, digamos, en el Estado, sino una invisible realidad que, como un líquido, penetra todos los recovecos de la vida cotidiana individualizada, proceso que se acelera a partir de la competencia, la rivalidad, la enemistad y la recíproca desconfianza y distanciamiento. En un mercado vital desregulado, en el que el ganador lo toma todo, el mal adopta diferentes formas, instalándose “en el mismo tejido de la cohabitación humana y en el curso de su rutinaria reproducción”.

Afortunadamente, Bauman no se queda en el lamento paralizante. Leerlo significa buscar alternativas para salir de un mundo producido por nuestra actividad irreflexiva. Así, en sus últimos días, nos animó a considerar las posibilidades de un pasado que está enterrado, pero no muerto.

Hoy más que nunca extrañaremos las reflexiones de Bauman. En este momento estamos probablemente viendo la forma en que desaparecen las supuestas estructuras ineludibles del mercado globalizado ante los embates de un populismo que apela a la ira y la intolerancia. Necesitamos a Bauman porque, como lo dijo en el discurso pronunciado en 2010, al recibir el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, “vivimos en un mundo en donde la única certeza es la certeza de la incertidumbre”. En esa ocasión, cita a Milan Kundera, para afirmar que la lección imperecedera que debemos al autor del Quijote es que “la única cosa que nos queda frente a esa ineludible derrota que se llama vida es intentar comprenderla”.

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