Domingo 8 Enero 2017
El Acordeón

La parte oscura

Arturo Monterroso

Máquina del tiempo

Enero amanece con una sensación de mundo en decadencia, de ruido abrumador, de ciudad destruida. La luz del ser humano se apaga. Después de todo, no ha sido sino un destello, un insecto engreído, un androide brutal. El que aplasta la mosca, dispara al rinoceronte y apalea al perro. El matador de todas las especies. El más grande enemigo de sí mismo. Las civilizaciones, los imperios y los países desarrollados han sido erigidos a partir de la rapacidad, el expolio y la muerte; sobre los despojos de la guerra y la destrucción. Los conquistadores, los grandes generales y los héroes, con el arma todavía humeante en la mano, no descansan en sus tumbas vacías de consuelo. La palabra, ligera y fútil como el polvo, pronunciada tantas veces para infundirle vida a un cuerpo sin esperanza, se desvanece apenas toca la realidad. El discurso es un disfraz de aire. Seguros de nada, tropezamos a cada paso. Y no hay mucho de dónde asirse. En los templos de las deidades, las ideologías y los nacionalismos se fermenta la xenofobia, la persecución y el odio. Mientras tanto el capital crece en la impunidad para negociar con las necesidades y las apetencias de la gente. Todo lo que toca la ambición del generoso avaro y su codicia se transforma en excremento. Su casa suena a trastes vacíos y su tacto se sumerge en el pantano del hambre. Los grandes negocios se fraguan en el zigurat, en la torre de Babilonia cuyo asiento nadie conoce, pero que se parece a la intocable Calle del Muro. Allí, los dioses del metal deciden nuestro destino. Todo tiene un trasfondo que ignoramos. Nada sabemos, nada es. Nada es sin las grandes corporaciones. Nada adquiere volumen, dimensión o existencia sin su voluntad omnímoda. Y no podemos quejarnos del aroma a cadáver dispuesto para el festín de los buitres. También nos gustaría habitar en esa casa que media en la penumbra que hay entre el cielo y la tierra.

Existimos para el instante hedonista y circular, en cuyo centro flotamos, girando a la deriva, al veleidoso impulso del mercado; existimos para complacernos en la glotonería de las cosas; para mirarnos en el espejo aséptico de las apariencias que pasan como verdades irrefutables. En las mejores universidades aprendemos a devorarnos los unos a los otros. La carne de la oveja tiene como único propósito el estómago del lobo. Aunque manida, siempre me ha gustado la imagen del cordero en el instante en que se deja engullir. Y todavía sonríe, satisfecho. No es sano engañarse. La competencia es un puñal disfrazado de pez, aderezado con cilantro. La verdad yace bajo hermosos mantos de mentiras que nos placen. Nos encanta lo que brilla, la felicidad estridente, el éxito de colorete; nos parecen suficientes la conciencia adormecida, las buenas costumbres, los apellidos honorables. Odiamos el fracaso, la duda, la debilidad, la falta de certeza, la enfermedad, la pena, todo lo inesperado que nos sorprende tendidos sobre la comodidad de la ignorancia. Odiamos a la gente que arruina la cena hablando del pobrerío que no compra, de la igualdad imposible, de la justicia que sigue postergándose. Y no importa que no haya ojos que nos miren a los ojos, que no haya alientos que se acerquen al aliento de otras voces; ya nadie escucha, ya nadie tiene tiempo, ya nadie quiere complicarse la vida, enterándose de la pena del otro. Perseguimos las luces fatuas que logran atontarnos, que consiguen hacernos olvidar que caminamos sobre la tierra y que llenamos nuestros pulmones de metano. Es la hora del fanatismo, la ceguera y la estupidez que justifica el horror de la guerra y la destrucción de la vida. Es la hora del caos y parece una mañana luminosa.