domingo 20 noviembre 2016
El Acordeón

Una humilde propuesta

Máquina del tiempo

Arturo Monterroso

“Trump tiene razón. Tenemos que construir el muro”, dice el escritor estadounidense, John H. Richardson, en un artículo de la revista Esquire, publicado en la edición de julio de 2016, con el título: Una humilde propuesta para nuestros tiempos. Según el sumario, el escritor, un miembro de la élite cultural de la costa este, viaja a lo largo de la frontera en busca de los Estados Unidos de Donald Trump y descubre que debe dejar de preocuparse y amar la idea de levantar el muro. Dice Richardson, quien durante un buen tiempo contrató a un guatemalteco para que se ocupara de su jardín (sin preguntarle si tenía papeles), que durante siete días y siete noches vagó por el desierto, hablando con la gente de los pueblos de la frontera. Eso sí, todo el tiempo con el muro en la mente como un prion. Finalmente, en el séptimo día llegó a la conclusión de que los gringos deben construir el muro, aunque quizá esto no sea más que una ironía.

El escritor entrevistó a muchas personas de manera aleatoria, cuyo ánimo puede resumirse en lo que le dijo un fulano de apellido Pommerenke en una carretera de Amado, Arizona, a 30 millas de la frontera con México: “¡Construyan el muro! No hay que averiguar si son criminales y después dejarlos ir. That’s bullshit. Son criminales solo por estar aquí. No sé cuál es la discusión. ¡Levanten el muro! ¡Envíenlos a todos de regreso!”. La tía de Pommerenke añadió otro poco de sal: “No me gusta que (a los inmigrantes indocumentados) los incluyan en nuestro sistema de previsión social y tengan todos los beneficios que tanto nos ha costado conseguir”. “La valla actual es un chiste —dijo otro—. (La práctica de) capturarlos y después dejarlos ir debe terminar. Las ciudades santuario deben dejar de infringir la ley. A los ilegales hay que negarles la atención médica, la educación y los vales de comida”. No obstante, como ya nos enteramos, algunos alcaldes demócratas como Bill de Blasio, Rahm Emanuel y Ed Murray seguirán protegiendo a los inmigrantes sin permiso de residencia en Nueva York, Chicago y Seattle, desafiando abiertamente a las autoridades federales de inmigración.

La amargura comenzó en la frontera, infiere Richardson, desde los tiempos en que Pancho Villa incursionó en Estados Unidos. Se refiere al ataque que el revolucionario llevó a cabo en Columbus, Nuevo México, en 1916; en parte para vengarse del apoyo que los gringos y Woodrow Wilson les habían dado a Venustiano Carranza y a Álvaro Obregón, y en parte para encontrar y fusilar a un comerciante de armas que le había vendido municiones en mal estado. De lo que no se acuerda Richardson es de la incursión en territorio mexicano del general Pershing para vengar la muerte de los militares y los civiles en Columbus ni de su permanencia en México, durante casi un año, para buscar a Villa, infructuosamente. Tampoco recuerda el escritor que Wilson quería a toda costa que los mexicanos le regalaran la Baja California. Así que sin duda hay viejos rencores.

A lo largo de la frontera —dice Richardson—, algunos anglosajones se mostraron comprensivos con quienes cruzan la línea fronteriza de manera ilegal. Y con frecuencia hablaron de compasión. En contraste, muchos hispanos exigen el estricto cumplimiento de la ley. En Nogales (Arizona) Chris Jiménez, quien nació gringo, le dijo que los ilegales se quedan con los empleos porque los contratan por la mitad del salario. Y que por eso muchos estadounidenses no consiguen trabajo. Algo parecido dice Javier Vélez, un cincuentón naturalizado, y Arturo Vargas, otro “gringo” que ni siquiera habla inglés. Lo que no dicen es cómo los estrictísimos oficiales del Departamento de Trabajo permiten que no se paguen los salarios que exige la ley. Richardson traduce lo que le dijo Vargas en español: Fuck those people without papers. Continuará.

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