Viernes 26 DE Abril DE 2019
El Acordeón

Aparatos explosivos y mediocridad

Arturo Monterroso

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 06-11-16

El pasado 14 de octubre, Juan Calles publicó un artículo en La Hora respecto de La muerte de Darlin’, de Valeria Cerezo, uno de los libros finalistas del Certamen BAM Letras 2016. No haré comentarios acerca de sus opiniones sobre el libro, pero voy a referirme a sus ideas en cuanto a la teoría del cuento y al fallo del Certamen BAM Letras 2014. Dice Calles que “el cuento debe ser un perfecto aparato explosivo”, que “el mecanismo que lo hace funcionar debe ser meticulosamente colocado para que al explotar el lector (sic) quede desecho en mil partes; si eso no sucede, entonces el cuento es solo un montón de palabras…”. Este es, sin duda, un dictamen lapidario. Quizá Continuidad de los parques, de Cortázar, pueda imaginarse dentro de esa categoría, quizá. Y si esta fuera la única premisa para considerar que un cuento funciona, Carver estaría en la calle de la amargura, al igual que Tito Monterroso; no digamos Alice Munro, en cuyos relatos “hace falta esa pieza percutora, que inflame las páginas”, como dice Calles, refiriéndose a los cuentos de La muerte de Darlin’. Tampoco hay explosiones en El beso, uno de los mejores relatos de Chéjov, aunque aparecen por allí algunas piezas de artillería; a menos que consideremos que el momento del beso, furtivo y equívoco, es una especie de estallido sordo y metafórico, cuyo eco es el “antibeso”, como llama Harold Bloom al momento decisivo del relato.

“El cuento es indefinible –se contradice Calles–, no hay reglas para escribir un cuento…”. ¿Y el aparato explosivo? ¿Y la pieza percutora? Ya lo decía Cortázar, a quien cita Calles: no hay leyes que encasillen al cuento. Quizá cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes, del símil con una fotografía de Cartier-Bresson: recortar un fragmento de la realidad que “actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara…”.  Ahhh, quizá de aquí viene lo de la explosión, pero no es así de simple. En fin, percutores aparte, quiero referirme ahora al Certamen de Cuento BAM Letras 2014 [“de un Banco del Sistema (sic) dice Calles] y al fallo del jurado que, en efecto declaramos desierto. En sus palabras: “…los despistados miembros del jurado afirmaron que no había un autor o autora que mereciera ganar al menos una mención honorífica…”. Los miembros del jurado, Denise Phé-Funchal, Rodrigo Rey Rosa y yo, no afirmamos tal cosa, pero señalamos que, aunque había propuestas con fuerza narrativa, manejo lúdico del lenguaje y habilidad para despertar el interés del lector, no encontramos la suficiente solidez y el valor literario para otorgar el premio. Anotamos también que había falta de conocimiento, dominio y respeto por el idioma español; descuido en la redacción y ausencia de sentido autocrítico; que la mayoría de las obras eran colecciones de anécdotas, relatos con intención moralista y remembranzas. Luego de largas discusiones, determinamos que no debíamos premiar la mediocridad. Calles dice también que los miembros de un taller de narrativa que él “facilitaba”, “coincidieron en que el jurado había tragado y defecado al menos una generación de narradores, que sería muy difícil recuperar el ánimo de quienes escriben narrativa, que era un golpe bajo para quienes le apuestan a los concursos literarios…” para convertirse en escritores. Ante esta perorata delirante no sé si echarme a reír o preocuparme por el estado de subdesarrollo en que nos encontramos. Nadie se convierte en escritor porque gana un certamen, sino porque ha descubierto que es el trabajo arduo, las lecturas sólidas, el dominio del lenguaje y la persistencia lo que cuenta para aprender a escribir. Y, al contrario de lo que afirma Calles, ha surgido en los últimos tiempos un buen número de personas que escribe con consistencia, talento y verdadero interés por la literatura.

 

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