Sábado 8 DE Agosto DE 2020
El Acordeón

No te asombres

Arturo Monterroso

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 23-10-16

No puedo decir mucho de Bob Dylan. Además, del Nobel de Literatura 2016 hay mucha gente escribiendo, gente que conoce su obra. Yo no recuerdo sus letras y sería pretencioso referirme a su poesía sin tener un conocimiento sólido de su trabajo. Sé que escribió versos de protesta; alguna vez en contra de los anticomunistas. Participó en la marcha sobre Washington, se interesó por la injusticia, influyó en muchos músicos, abrazó el cristianismo, leía la Biblia, pintaba. Decía Joan Baez que tenía un ego muy grande. Perteneció a la Generación Beat, escribió una novela, tuvo un accidente de moto, tocó con Keith Richards y quizá tomó su nombre del poeta Dylan Thomas, quien murió en Greenwich Village, algunos años antes de que llegaran Bob y los poetas beat a ese vecindario. A mí nunca me gustó su música ni su voz gangosa. En la canción que le dedicó David Bowie dice que Dylan tiene voz de arena y pegamento.

Excepto algunas canciones, que me sería difícil mencionar sin esfuerzo, el rock nunca me habló en un idioma que me agradara; mucho menos el folk cuya monotonía insufrible no recordé sino hasta que vi la comedia negra de los hermanos Coen, esa en la que Oscar Isaac personifica a un músico con poca fortuna, inspirado en el guitarrista Dave Van Ronk, un representante del renacimiento del folk acústico en el Greenwich Village de los sesenta y, por cierto, amigo de Dylan. A finales de esos años fui a escuchar a Eric Burdon and The Animals al Filmore East, el Templo del Rock and Roll. Ese fue el único concierto de rock al que he asistido en mi vida. Me sentí fuera de lugar, como un infiel en la mezquita del Sultán Ahmed. Nunca supe si por ese tiempo Dylan seguía cantando en The Gaslight Cafe; tampoco por qué no retuve sus letras en mi memoria. Es algo extraño, porque a veces uno recuerda los fragmentos de un estribillo con solo escuchar la música. Como hace un par de semanas, cuando escuché a Wynton Marsalis y me llevó de vuelta a la casa de mi abuelita; a un recuerdo, quizá inventado, de cuando iba a visitarla y ella cantaba una cancioncita pegajosa, cuyos primeros versos decían: “No te asombres si te digo lo que fuiste, una ingrata con mi pobre corazón. Porque el fuego de tus lindos ojos negros, alumbraron el camino de otro amor”.

La canción se llama Que nadie sepa mi sufrir y fue compuesta en 1936 por Ángel Cabral, un prolífico músico argentino que la escribió con el ritmo de un vals peruano y le pidió al poeta Enrique Dizeo que se encargara de la letra. Dizeo era un letrista de tangos y milongas con nombres sugestivos como Andate con la otra y Cobrate y dame el vuelto. Fue un éxito. Edith Piaf la escuchó en Buenos Aires y le gustó. De vuelta en París, le pidió a Michel Rivgauche que le escribiera la letra. Rivgauche, quien además de letrista era músico, le cambió el título por La Foule (La multitud) y escribió una historia diferente, pero mantuvo el drama por el amor perdido. Publicada en 1957, fue también un éxito en Francia y luego un referente mundial. La han interpretado muchísimos cantantes, como Hugo del Carril, Edith Piaf, Martha Wainwright, Plácido Domingo, Mireille Mathieu. Este año, la cantante y compositora inglesa de origen etíope, Izzy Bizu, la cantó con la BBC Concert Orchestra en el festival de Glastonbury. Así que apenas escuché la versión instrumental, destilada en jazz por Marsalis, su quinteto y el acordeonista francés, Richard Galliano, volví a la casa de mi abuelita. Y recordé la letra. Wynton Marsalis —uno de los más grandes trompetistas contemporáneos— y Galliano —Premio Django Reinhardt y alguna vez primer solista de bandoneón de Piazzolla— tocaban La Foule; es decir, Que nadie sepa mi sufrir, en el Festival de Jazz de Marciac en 2008.

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