Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Otro estilo de escritor

LA TELENOVELA

Ana María Rodas

Fecha de publicación: 16-10-16
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Hoy jueves, cuando escribo esto, he amanecido con la noticia de que el Premio Nobel de Literatura se lo han otorgado a Bob Dylan, uno de los cantantes y autores de su propia música –la palabreja cantautores no me gusta– que comenzaron a florecer muy temprano en los años sesenta.

No tengo memoria (ni idea) del primer disco que grabó. En cambio, recuerdo perfectamente cuánto me impresionó la canción Blowin in the Wind, de su segundo disco, aparecido por allá por el 62 o el 63, y que se dio a conocer más ampliamente por Peter, Paul and Mary antes que por su creador. Se volvió uno de los himnos de los jóvenes contestatarios en EE. UU. y de los que en otros puntos del planeta apoyábamos –sin tanta potencia porque no éramos muchos, justo es reconocerlo– los movimientos civiles, la liberación femenina, el rechazo a la guerra y toda aquella rebelión que surgió en América y reventó también, en 1968 en París. Que cambió al mundo, justo es anotarlo.

La letra de la melodía mencionada, pacifista sin duda, no era como las de canciones de años previos. Me pareció, dicha por su autor, muy inmediata a la filosofía. No me fijé, debo admitirlo, en la poesía que nos ponía frente al rostro. Sonaba bien en las voces del terceto, pero prefería la voz clara y finita del Dylan de aquella época. Que no era Dylan. El apellido que escogió porque sin duda apreciaba al poeta Dylan Thomas. Negó que esa fuera la razón de su escogencia, pero sigo sin creer tal cosa.

Bob Dylan es el crisol donde se mezclaron los beatniks y los hippies; el blues y el country; debe haber tenido gran influencia de Joan Baez, su primera pareja conocida y con quien compartió giras.

Comenzó su carrera como cantante folk, estilo no muy bien recibido por estas tierras. Pero siempre he sido aficionada al country y al folk. De hecho, excepto el reguetón, me gusta la mayoría de la música, y no solo la contemporánea. De siglos pasados también.

Por ese gusto musical mío fue que llegué a aficionarme a Dylan el músico. Del poeta ya era apegada.

Me llamaba la atención que, además de tocar guitarra y cantar, tocara una armónica corta que no recuerdo a dónde iba sujeta. Lo que sí tengo muy claro es que en esos días, Dylan poseía una voz que si bien no iba a competir con la de algunos Beatles, era muy diferente a la que le escuché hace un par de décadas.

Uno de mis discos favoritos del cantante, ahora encumbrado por el Premio Nobel por el valor literario de las letras de sus canciones, es At Budokan, grabado en el Japón a finales de los setenta.

Ya no poseía la voz del joven que se preguntaba cuánto debía caminar un hombre para ser llamado hombre, y cuánto debía volar una paloma antes de poder descansar en la arena; cuántas veces debía dispararse un cañón antes de ser prohibido para siempre.

Pero At Budokan ha ejercido siempre una fascinación especial para mí. Está compuesto por suficientes de las canciones de Dylan, en arreglos diferentes a los originales. Y para entonces, la voz se le había transformado en dura; a ratos, rasposa.

Posiblemente, así, era fácil fijarse en los poemas –que eso son– y hallarle más sentido a lo que el artista estaba diciéndonos.

Los dos discos del álbum siguen conmigo. Ya rayados, por supuesto. Fueron tantas las veces en que los puse en uno de aquellos tocadiscos, tornamesas, como les quieran llamar, a los que había que cambiarles las agujas cada cierto tiempo so pena de que el vinilo se arruinara para siempre.

Cuando trabajaba en El Imparcial, un amigo querido me trajo de Nueva York un vestido “de papel” (fibras que le daban ese aspecto) con el rostro de Bob Dylan, escondido bajo lentes oscuros. Era notorio que me gustaba mucho lo que cantaba.

Cierto que en días pasados me quejé públicamente de que no fueran a entregarle el Nobel a Murakami. Y alguna vez me habían llegado noticias de que el músico era uno de los candidatos al homenaje, pero jamás lo tomé en serio.

Me siento satisfecha con el premio. Espero que el público comprenda todo lo que de poeta tiene el artista. Además, para comprobarlo, ya vendrá el aluvión de sus libros ahora que la Academia Sueca ha recompensado su obra.

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