Domingo 24 DE Marzo DE 2019
El Acordeón

Malévolo y perverso

Arturo Monterroso

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 09-10-16
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Uno mira la fotografía de Roald Dahl, ya con bastantes años encima, y encuentra un rostro que ve directamente a la cámara, con un gesto entre cansado e irónico; tiene las cejas ligeramente levantadas, bolsas bajo los ojos y una mirada distante, quizá un tanto opaca, pero aún con esa pizca de asombro que lo acompañó la vida entera. Hay otra fotografía, de 1941, de cuando volaba para la Royal Air Force y se disponía a partir rumbo a Palestina, pero en ella solo vemos a un joven de uniforme, de rostro un tanto almidonado, aunque de mirada fresca e inquisitiva. Nos dice más una de 1965, donde aparece con tres de sus hijos y la actriz Patricia Neal, su esposa en ese tiempo. Fotografiado de perfil, aquí destaca su pronunciada nariz, quizá la inspiración para crear la del carismático personaje del cuento ‘El gran gigante bonachón’, ilustrado por el dibujante y escritor Quentin Blake, y llevado al cine por Spielberg como ‘The BFG (The Big Friendly Giant)’, traducido como ‘Mi amigo el gigante’. Asociado a la irregular Disney, Spielberg se aventura a interpretar la historia de Dahl y las ilustraciones de Blake cuyo trabajo ha sido reconocido con el premio Hans Christian Andersen. Según Rotten Tomatoes, la película minimiza los elementos más oscuros del clásico de Dahl, en favor de una versión sin duda más bondadosa, visualmente impactante y por mucho convertida en una exitosa aventura familiar.

La foto del escritor que tiene mayor significado es, sin duda, la del viejo que mira a la cámara con cansancio y lucidez. Es la imagen de una persona inteligente que ha vivido con pasión y ha sabido contar historias con dulzura y agudeza, alejadas de la tontería y extraídas de la realidad y de una imaginación pasada por el agua de la ironía, la paradoja, la crueldad, la rebeldía y el juego. A partir de la publicación de ‘Los Gremlins’, en 1943, Dahl escribió sus mejores cuentos para niños: ‘James y el melocotón gigante’; los dos de Charlie, el de la fábrica de chocolate y el del gran ascensor de cristal; ‘El enorme cocodrilo’, ‘Los cretinos’, ‘El gran gigante bonachón’, ‘Las brujas’, ‘Matilda’. De sus poemas me gustan los ‘Cuentos en verso para niños perversos (Revolting rhymes)’. Vale la pena probar una cucharadita de este que se llama ‘La Cenicienta’: “’¡Sí, ya nos la sabemos de memoria!’, dirán. Y, sin embargo, de esta historia tienen una versión falsificada, rosa, tonta, cursi, azucarada, que alguien con la mollera un poco rancia consideró mejor para la infancia…”.

En las historias de Roald Dahl hay una crítica al mundo adulto, un cuestionamiento a las convenciones que los niños deben aceptar sin discutir; algo que también encontramos en los personajes de Astrid Lindgren, especialmente en ‘Pippi, calcetas largas’. Sin embargo, los cuentos de Dahl son quizá menos profundos que los de la escritora sueca, aunque más sarcásticos. En todo caso, hay siempre una transgresión y un elemento sorpresivo; algo que refleja las contradicciones de los seres humanos. Estas características aparecen también en sus magníficos cuentos para adultos, que son muestra de una imaginación inequívocamente malévola y perversa, según dice ‘The Washington Post’, una cita que recoge la contracubierta de su libro más conocido, ‘Relatos de lo inesperado’ (Anagrama), y donde también dice que “despliega de manera magistral su mortífero ingenio y su macabro sentido del humor…”. Es cierto. Lo confirman relatos como ‘La subida al cielo’, ‘Tatuaje’ y ‘Gastrónomos’. Por eso a los Hitchcock les gustaron sus historias. El editor, Curtice, fue el primero en publicar uno de sus libros y, el segundo, Alfred, llevó sus cuentos a la pantalla; para comenzar, ‘Cordero para la cena’, cuya publicación había rechazado ‘The New Yorker’. Una paradoja de la que parece todavía sonreír el viejo escritor de Gales, en su foto desde la que aún nos mira con asombro.

Guatemala, 7 de octubre de 2016

arturo.monterroso@gmail.com

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