Martes 25 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Guardar el fuego

Muy probablemente el problema del guardián, del soldado, del que obedece órdenes quizá pueda decirse que está en algo como eso que llamamos la ortodoxia, en donde algunos hombres descansan cómodamente, tanto como se descansa en la simpleza.

Fecha de publicación: 09-10-16
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Por Rogelio Salazar de León

Tocar a los dioses o a Dios (según sea el caso) nunca ha sido posible, por eso cuando alguien se ha atrevido a hacerlo o a intentarlo irremediablemente ha debido pagar el precio, y cuando alguien se ha atrevido a hacerlo con las manos sucias, además de pagar el consabido precio, ha debido enfrentar a las celosas y feroces huestes de guardianes del fuego sagrado encargadas de decidir qué está sucio y qué limpio.

El mejor ejemplo de esto se entiende que viene de muy lejos, tanto como los ciclos que cuentan las luchas de los titanes contra Zeus; Prometeo era un titán que encontraba especial gusto en engañar a Zeus, se cuenta que la primera vez le ofreció comida escondiendo la carne de la res y dejando a la vista solo la grasa sobre los huesos desnudos, al ver la apetitosa grasa Zeus se lanzó sobre ella para toparse con los huesos descarnados; la segunda vez corresponde a la conocida ocasión en que Prometeo robó el fuego sagrado para entregarlo a los hombres o, tal vez deba decirse, para beneficiar a los hombres, a quienes Zeus quería mantener castigados, por lo que el Dios urde un plan tremendo para castigar a los hombres y a Prometeo, a los primeros les envía a la primera mujer hecha de arcilla y cargada con un cofre lleno de todos los males del mundo, el nombre de ellas es Pandora; y a Prometeo lo encadena a un acantilado para que un rapaz le coma las entrañas de por vida.

Sin que el horizonte de occidente se haya mantenido solo como el horizonte mediterráneo, habiéndose ampliado, multiplicado y, hasta tropicalizado, sí que se ha mantenido intacto el riesgo de tocar a los dioses y, últimamente, de provocar a la casta de los guardianes, quienes viven dedicados a cuidar el fuego sagrado, a recelar de que el fuego llegue a ser una suerte de bien común; lo cual finalmente es irrelevante, porque si algo es público y de todos nadie va poder evitarlo por muchos blindajes y cerrojos que se ponga en el afán de la milicia y el celo de la militancia.

Muy probablemente el problema del guardián, del soldado, del que obedece órdenes quizá pueda decirse que está en algo como eso que llamamos la ortodoxia, en donde algunos hombres descansan cómodamente, tanto como se descansa en la simpleza; y no es que el descanso o la simpleza sean algo malo en sí mismos, el problema es que cuando de pensar con la propia cabeza se trata no siempre se puede permanecer en la comodidad del descanso y/o la simpleza.

Quiérase o no, acéptese o no, la gimnasia a veces sí sirve para algo, y conste que aquí se habla de gimnasia intelectual.

Sería preciso reconocer y admitir que como sucede con los pies y las piernas, que a veces necesitan de descanso, la cabeza también necesita de pausa de vez en cuando; de modo que lo malo no es que la cabeza duerma, lo malo es que mientras transcurren las horas de la vigilia la cabeza siga durmiendo; porque francamente para nadie es un secreto que durante los últimos tiempos han adquirido una creciente presencia eso que se ha dado en llamar “’the walking dead’”.

Así que decir que el guardián del fuego sagrado necesita un descanso está bien, pero llegar al punto en que este descanso se convierta en un despiste, ya cruza los límites de lo tolerable, ya traspasa la frontera de la recta razón; si se intenta decir con la seriedad del caso habría que decir: justo en ese punto, es donde se da el fecundo paso de lo ortodoxo a lo paradójico o, si se permite la licencia de la digrafía podría llegar a decirse: justo en ese punto se da el paso de la ortodoxia a la paradoxia, lo cual cuando menos, no deja de ser impactante.

Ciertamente y bien entendidas las cosas, hay que reconocer que el guardián del fuego sagrado está al día, su agenda no se pierde ni se desorienta, toda vez que los moldes modernos nos han marcado el camino a todos, una ruta según la cual es preciso comenzar dando crédito a algo a lo que nadie en su sano juicio, o bien en sus cinco sentidos, o bien sobrio daría crédito, por ejemplo, si alguien de pronto propusiera algo como que la ley está por encima del derecho, o que las cosas solo existen en la medida en que son pensadas por nosotros, o que todo está sujeto a una realidad ausente y que no está ahí o, en definitiva, que la verdad está fuera del territorio de la razón.

Que el camino de una cosa a otra, en un solo paso, revista los matices de la contradicción… ¿cómo puede ser eso…?, ¿cómo es posible que de tan cuidadoso se pase a ser descuidado…?

El hombre moderno y con él (de frente marchen) el guardián del fuego sagrado reclama que se le concedan estos artificios y otros análogos y, una vez esto sea dado y concedido, confía en que todo lo demás será fácil, todo se enderezará si se le permite imponer al mundo estos giros de la mente, aunque lo más seguro es que ignore si estos desplazamientos deberán ser en noventa, ciento ochenta o trescientos sesenta grados.

Lo lamentable y, hasta triste es que entre el hombre común y de la calle, y el guardián del fuego sagrado cada vez se levanta un muro más alto, con pinchos y navajas en el punto más elevado; y hay que ver que nunca como hoy los muros están de moda, para separar a los hombres.

La dificultad no es sencilla, pese a que no sea lógica, pese a que sea una simple dificultad verbal, quizá ni siquiera eso, es solo cosa de entonación, lo cual finalmente no importa porque crea una gran dificultad, en la medida en que el lenguaje del guardián del fuego sagrado crea una atmósfera que bien podría llamarse: la atmósfera de la prohibición “no te metas con él, solo yo soy su heredero” “solo yo soy digno de celebrar su santo y su cumpleaños, su nacimiento y su muerte, sus premios y sus viajes” “ él es todito mío y no lo presto”.

Afortunadamente, una vez que se traspasa la frontera (lo saben bien nuestros paisanos en el norte) se olvida el miedo que les interesa provocar a los soldados y guardianes del fuego sagrado; y una vez allí el sol vuelve a ser meridiano, el aire limpio y el clima fresco; allí, incluso, puede verse que si el dueño de la obra cuidada despertara de su sueño, lo más probable es que les dijese: “vayan a cuidarse ustedes mismos y, por mi parte, mejor si llaman a los bomberos…”.

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