Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Estilo del escritor

Ana Maria Rodas

La telenovela

Fecha de publicación: 02-10-16
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Alguien me pregunta: ¿de dónde surge el estilo de un autor? Hasta el siglo antepasado cualquiera podía afirmar con alguna certeza que de los libros que había leído, las obras de teatro a las que había asistido, los conciertos que había escuchado, los periódicos que leía regularmente. Incluso, las pinturas que había conocido en su vida.

Pero apareció ese siglo XX transgresor con su radio, las primeras películas, los fonógrafos y otros inventos que muchos adjudicaron al diablo. La verdad, si el diablo existiera, tendría considerable trabajo en el infierno, estimulando a sus sirvientes para que martiricen a los condenados. Y mayor trabajo en la Tierra, tratando de conseguir más pecadores para su reino de tinieblas.

Siempre se me ha hecho difícil entender cómo el infierno podría ser un lugar tenebroso si en él anidan kilómetros y kilómetros de carbones ardientes y llamaradas altas y feroces para hacer padecer a los condenados al fuego eterno. Y todos sabemos que el fuego proyecta luz.

Lo supieron los primeros humanos que, por las noches, se acercaban a aquella hoguera que obtuvieron inicialmente de los incendios producidos por los rayos. Aquellos antepasados se reunían ante el fuego para defenderse de los depredadores nocturnos.

Creo sinceramente que ahí, alrededor de aquellas fogatas, se inició la literatura. Oral, indudablemente. Y maravillosa, porque nuestros ancestros no habían estudiado suficiente astronomía para distinguir, como lo hacemos nosotros ahora, gracias a las ciencias y a los telescopios, entre la tesitura del Universo –o los Universos– y las leyendas.

Leyendas, esas historias inventadas a la luz de la Luna y de las llamas para explicarnos quiénes éramos, qué estábamos haciendo en aquel lugar, cómo nos habíamos formado. Mejor dicho, quién nos había creado. Para qué. Y mucho tiempo más tarde, cuando nos percatamos de que había en nosotros algo más que carne y huesos, nos preguntamos qué sucedía con ese ánima después de que el cuerpo perecía.

Se gestaba la literatura. Sí, tantos miles de años atrás. Doscientos mil, se dice ahora, para la aparición del ‘Homo sapiens’. El cerebro evolucionaba. Pero en aquel momento no lo sabíamos. Estábamos muy entretenidos en saber el porqué y el cómo de los alrededores.

Llegamos a identificar los movimientos astrales y les adjudicamos nombres a los astros más luminosos. Luego les dimos forma y de ahí, las osas, los dragones, los ríos, los cazadores, los perros, las vírgenes, los gemelos, las siete cabrillas…

Como era abajo era arriba. Idea tan bien cimentada que llegó a los libros sagrados de miles y miles de años más tarde.

Y bueno, no se puede dejar de mencionar el poema de Gilgamesh, escrito hacia 2 mil 500 años antes de Cristo, y que se considera la más antigua gran obra escrita en el mundo. El monarca del mismo nombre que, entre otras cosas, andaba buscando la inmortalidad. Y cuando iba a recoger la flor que le otorgaría esa condición, apareció una serpiente (¿sería el diablo?) y se la comió.

Gran salto hacia la segunda mitad del siglo XX: a los autores de siglos anteriores, que los hay y son muchos, se debe agregar la tele, los carteles de anuncios, las hermosas voces de Doris Day, Frank Sinatra, Edith Piaf, la influencia de Stravinski, Schoenberg, los pintores impresionistas, los expresionistas.

Las influencias están marcadas por las estrellas que acabo de mencionar y miles más, de todos los sectores de la cultura. Surgen los Beatles, los Rolling Stones y la cauda de rockeros y no rockeros que vinieron tras ellos.

¿Qué escritor de los años cincuenta y sesenta en adelante pudo librarse de tales influjos? No lo sé.

Me atrinchero entre Hamsun, Cortázar, Plutaraco, Montaigne, Alberti, Poniatowska, Borges, Catulo, Joyce, Faulkner, Beckett, Woolf, García Márquez, Brönte, García Lorca, Heine, Novalis, Lispector, Huxley, Hölderlin, María de Francia, Góngora, Lord Byron, Rimbaud, Fuentes, Barret Browning, Boll. Y creo estar a salvo.

Pero tengo que añadir todo lo que llegó por la radio, los anuncios, la tele, los museos visitados, los conciertos y óperas escuchados. Los corridos mexicanos, los tangos, las habaneras del siglo XIX.

¿Responde eso a la pregunta?

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