Domingo 19 DE Mayo DE 2019
El Acordeón

El eco del capricho

Por un breve tiempo Alejandría, quizá abrigó y cristalizó los mejores propósitos de toda la antigüedad. Los sabios que allí trabajaron procedían de todos los confines del mundo, de todos los niveles y castas, llegando a construir una especie de saber enciclopédico.

Fecha de publicación: 11-09-16

Por Rogelio Salazar de León

A lo mejor la vida es confusa porque muchas veces las cosas dependen de los caprichos.

Al mediar el siglo IV a. de C. murió el rey de una pequeña provincia al norte de Atenas; muy pronto su joven hijo, al mando de falanges poderosas y feroces, consumó la conquista de Atenas y de toda Grecia; más tarde de Egipto; luego, sin que esto lo saciara, marchó al oriente hasta llegar a la India, ya antes había descendido al sur, por el África, logrando alcanzar las remotas cataratas del Nilo.

En un intento por establecer o calcular el punto de más valor estratégico de cuanto poseía, el joven rey eligió un lugar para la capital de su imperio frente a las costas de Egipto, bautizó a la nueva ciudad como Alejandría, porque su nombre era Alejandro; justo así comenzaron los proyectos para planificarla, erigirla y poblarla, lo cual se hizo de forma rápida, magnífica y eficaz, al punto que poco tiempo después llegó a ser el centro del mundo helénico y seis siglos más tarde aún era reconocida como la ciudad más noble.

Alejandro, hombre decidido, iracundo, cosmopolita e inquieto, luchó por borrar las barreras entre las razas, invitó a griegos, sumerios, egipcios, fenicios, persas y romanos a llegar y hundir raíces en su nueva ciudad; quizá como un buen griego, que recuerda y respeta el pasado, dio especial importancia a los persas, él contrajo matrimonio con una princesa de Persia.

Sus planes eran llevar gente de oriente a occidente y viceversa, y con eso hacer de Alejandría el motor de esa fusión.

Sin embargo, como se ha dicho, es bien sabido que el capricho hace del mundo algo confuso: Alejandro muere muy joven, sin que nadie lo espere y sin poder llevar a cabo la totalidad de sus ambiciosos planes, su imperio se divide y, por diversas razones, Egipto deviene en la provincia más importante, sobre todo por los hallazgos científicos que en Alejandría se lograron.

De modo que, al menos queda claro el acierto de Alejandro al escoger la ubicación de su capital: situarla en la conjunción de Europa, Asia y África la convirtió, no solo en la confluencia de comercio y riqueza, sino también en el cruce de caminos para hombres sabios, todo lo cual la hace opulenta y culta a la vez, llegando a compartir el carácter cosmopolita de su fundador

El trabajo fue intenso e incesante, se multiplicó de forma exponencial en filosofía, matemáticas, historia y, por ello se abrieron caminos para la geografía; los sabios de Alejandría copiaron y adquirieron libros y su trabajo intelectual no fue solo el de la lectura, la escritura y la interpretación, también planificaron y enviaron expediciones a la caza de conocimientos de todo tipo, se dice que hasta hicieron construir el primer parque zoológico y un inmenso jardín botánico.

Por un breve tiempo Alejandría, quizá abrigó y cristalizó los mejores propósitos de toda la antigüedad; sucedió algo que no había sucedido y que tardaría mucho en volver a ser un anhelo: los sabios que allí trabajaron procedían de todos los confines del mundo, de todos los niveles y castas, llegando a construir una especie de saber enciclopédico y, en consecuencia, se interesaron por contribuir a los problemas del comercio, la geografía y la navegación; Alejandría, la ciudad de Alejandro, llegó a ser una potencia naval al servicio de la industria, del intercambio y de la curiosidad científica, así se forjaron destinos, se construyeron rutas, se determinaron fronteras y todo ello se hizo con el infinito horizonte de la matemática que llegó a ser el instrumento propio, no solo del comercio, la ingeniería y la administración, sino también de la lectura del espacio: el atrevimiento de la ciencia alejandrina llegó tan lejos que se trazaron mapas del cielo y de la tierra.

Pero todo pasa y nada dura, quiérase o no el término de caducidad toca y afecta a cualquier cosa buena o mala, y la urbe de Alejandro no fue la excepción, pese a que la dinastía Ptolemaica, en manos de quien quedó la ciudad alejandrina después de la muerte de joven rey, fue la más perdurable de cuantas se sucedieron al desaparecer el conquistador.

La mayor paradoja o, si se prefiere, el mayor capricho del destino es que quienes se encargaron de asediar, asolar y echar por tierra los mayores logros y tesoros de Alejandría han sido, precisamente, quienes predicaron la tolerancia, la paciencia y la bondad, en definitiva, fueron los predicadores de la caridad y el amor quienes impusieron la destrucción y la ley del odio en Alejandría: han sido los mismísimos cristianos quienes, al dejarse llevar por el más violento arrebato de fundamentalismo, se opusieron a la hermosa ciencia alejandrina y a sus razones.

Es un cambio de actitud  y quién lo diría: el iniciador de una nueva era en el mundo es el cristiano, aun y cuando ese cambio esté marcado por la violencia, es el cristiano el inicio de lo nuevo, y esto está marcado por el incendio de la más espléndida biblioteca que jamás había existido; en este caso los actos de los cristianos son inexcusables porque no hay excusa posible, las pérdidas que provocaron son irreparables porque los caminos cortados siempre quedarán truncados.

El hecho es que Alejandría, cuando opta por la ruta del saber, escoge la senda más dura, el destino en la verdad es el más arduo; quien decide consagrarse a la escritura, al saber y a la investigación no tiene otra voluntad que la de justificar todos sus juicios, así esto suene como un propósito inalcanzable, y de ese modo planea una vida alejada de los caprichos, una vida de plena autorresponsabilidad.

Situado en esa solemne decisión, quien elige seguir el destino de la verdad es un valiente, porque cuenta con pocas armas para una guerra muy dura, armado solo de una pluma, de unos cuantos libros y de muchísima paciencia, con lo cual finalmente después de mucho trabajo, quizá logre decir algo, hallar el sentido  de algo, y lo más importante: crearse a sí mismo, ser responsable de sí.

Mientras al imbécil le basta solo con dejarse guiar por el capricho y, a lo mejor por algo peor.