Lunes 12 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Un té de jengibre, por favor

Ana Maria Rodas

LA TELENOVELA

Fecha de publicación: 04-09-16
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He reído mucho y me he disgustado mucho leyendo las cosas sensatas y las babosadas que, por lo menos durante dos semanas, han llenado las páginas de Facebook e incluso medios. No sé si hubo la misma discusión en otros lados. Creo que Twitter solo alcanza para insultar, no para debatir.

Los sesudos alegatos de los sabihondos o médicos decantándose únicamente por los medicamentos de laboratorio son los que más hilaridad me han producido. Están tan seguros de que es mejor un somnífero que la valeriana, por ejemplo. Sin duda habrá casos en los que es lo que se necesita, pero para un desarreglo común y silvestre, la valeriana es suficiente. O el agua de un par de hojas de lechuga hervida.

Claro que los antibióticos aparecieron providencialmente el siglo pasado. Mis respetos a Fleming. Cuando yo tenía año y medio me dio tifoidea y debían meterme en agua con hielo para bajarme la fiebre. Menos mal que la memoria es selectiva infinidad de veces, y no tengo el menor recuerdo de esos 40 días, ni de los otros, siguientes, en los que por obra de los baños helados, me dio una neumonía de pronóstico reservado.

En cambio, cuando ya era madre de tres hijas volvió a darme tifoidea y esta vez, con el antibiótico adecuado, la enfermedad se resolvió en una semana o poco más.

Tampoco puedo dejar afuera de esta columna a Jenner, quien se percató de la piel lozana y fresca de las jóvenes que ordeñaban vacas.  En las ubres de estos animales aparecía una enfermedad llamada vaccina o viruela de las vacas. Las jóvenes se contagiaban pero apenas les aparecía algunas pústulas en las manos. Lo que llamó la atención de Jenner fue que se volvían inmunes a la viruela humana, enfermedad espantosa que mataba a cantidades alarmantes de personas y dejaba marcados a los sobrevivientes para toda su vida.

Entonces realizó un experimento con lo que había en el interior de una pústula en la mano de una joven vaquera y descubrió la vacuna contra el temido mal. Le costó mucho que lo aceptaran en la Royal Society de Londres y se dijo que ese tratamiento atentaba contra los principios cristianos. Burradas.

Fuimos las mujeres quienes nos dimos cuenta de las propiedades curativas –o venenosas– de las plantas. De eso hace miles y miles y miles de años. Mas en la edad media, estos saberes femeninos nos volvieron brujas a los ojos de los dueños del mundo y como consecuencia, muchísimas mujeres fueron a la hoguera, pasando antes por la tortura, porque tales conocimientos no eran cristianos. Ergo, solo podían provenir del demonio.

Las cosas llegaron muy lejos.

Hay un libro de Silvia Federici llamado Calibán y la bruja,  en el que Federici, hablando ya de épocas más cercanas en el tiempo expone una teoría: “La caza de brujas está relacionada con el desarrollo de una nueva división sexual del trabajo que confinó a las mujeres al trabajo reproductivo”. El capitalismo requería eliminar la agricultura de subsistencia y aumentar el mercado de trabajo. Me suena familiar.

Las mujeres sabemos para qué sirve hacer gárgaras con miel y limón en agua tibia, que además si se traga por casualidad, no hace daño. También los médicos saben que la miel es demulcente, o tal vez solo lo saben unos cuantos.

Las mujeres sabemos para qué sirve un té de tomillo con canela. No se los pienso decir. Pero el humilde tomillo contiene potasio, hierro, calcio, manganeso, magnesio y selenio. Y da un sabor excelente a la comida.

A mediados del siglo pasado mi abuela materna sufrió de arritmia cardíaca y el médico le recetó Digitalina, medicamento que como muchos otros está extraído de una planta, esta vez de la digitalis purpurea.

Podría seguir todo el día hablando de propiedades de plantas y nombres locales que se le dan a las enfermedades Pero he escrito esta columna para que los ignaros que abundaron echando pestes de los nombres que los pueblos originarios dan a diversas enfermedades, le echen al menos un vistazo a alguno de los libros sobre propiedades de las plantas publicado por la Usac a lo largo de los años recientes y aprendan a no hablar de lo que no saben.

Y ahora, termino de tomar ese té de jengibre que me ha acompañado mientras escribo. Un gran antiinflamatorio que no me hace agujeros en el estómago y es delicioso.

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