Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

“Scream” o el elogio de la angustia

En filmes como Scream (convertido ahora en serie televisiva por MTV), Wes Craven revela y le da una voz cinematográfica a esa angustia neurótica que se comenzaba a manifestar a finales de los años noventa, con una nueva generación que, con la muerte de las utopías, queda nómada y lo único que puede hacer es gritar de terror ante la ambigüedad de su existencia.

Fecha de publicación: 28-08-16
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Por Anabella Salazar

Con el regreso del clásico film de horror de Wes Craven, Scream, en forma de un TV Show en el 2015, MTV revive y nos recuerda el tema de la angustia como síntoma del mal que aqueja a la sociedad actual. Ahora que la segunda temporada de este exitoso programa de televisión llegó a su fin, vale la pena dar un paso hacia atrás, alejándose de la euforia juvenil que este mismo suscita, para poder verlo desde la perspectiva crítica y reveladora que caracterizó la primera película de 1996. Tanto en aquellos años como en la actualidad, Scream revela, desde el género cinematográfico del terror, la angustia presente en la sociedad (post) moderna de hoy en día.

Pero, ¿cómo entender el concepto de la angustia en la actualidad?, ¿qué relación existe entre la película original de finales de los años noventa y el programa de televisión que llegó a su término recientemente?, ¿cómo contextualizar la trama inevitablemente trágica de Scream en el marco de las máscaras de unidad, igualdad, tolerancia que enferman la sociedad actual? A estas preguntas, Wes Craven y sus discípulos y admiradores decimos “Let’s face the mask!”

Como saben todos aquellos que vieron la saga de Craven (Scream 1 a 4) y han seguido, durante estas últimas semanas, el programa de televisión, existen muchas similitudes entre las películas y la serie, haciendo de esta última una interpretación más neurótica que las películas de culto del director estadounidense.

La angustia debe entenderse en este contexto como lo hacía el Freud tardío: como una reacción ante una “situación traumática”. Craven revela y le da una voz cinematográfica a esta angustia neurótica que se comenzaba a manifestar a finales de los años noventa como un fenómeno colectivo. Después de la “Love Generation” viene el diluvio, la incertidumbre. Esta nueva generación post love and peace, después de una exaltación de estos mismos valores, queda nómada y lo único que puede hacer es gritar de terror ante la ambigüedad de su existencia, ante la amenaza de fragmentación. Pero ¿cuál es esta nueva generación? Son los amigos de Sidney y de Emma, heroínas y víctimas al mismo tiempo y, eventualmente, nosotros mismos.

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La trama de la primera película de Scream es simple. Arranca con el asesinato de dos compañeros de nuestra heroína, Sidney Prescott, una joven marcada por la muerte violenta de su madre pocos años antes. Cuando su padre se ausenta temporalmente, Sidney y sus amigos empiezan a ser acosados y asesinados por el mismo slasher que mató a los dos primeros jóvenes. Tras una serie de muertes violentas, sospechas y acusaciones entre el mismo grupo de protagonistas, Sidney descubre que los asesinos, tanto de sus amigos como de su madre, son su amigo Stu y su novio Billy. Este último revela que buscaba vengarse de la madre de Sidney por haber provocado el colapso de su familia al convertirse en amante de su padre. Al final, Sidney mata a los asesinos de su madre pero, en las secuelas, el asesino vuelve para atormentar, sentimos indefinidamente, a Sidney.

Ahora bien, la trama del programa de televisión es muy similar a la película original. Emma Duval, la heroína, es hija única y vive con su madre en el tranquilo pueblo de Lakewood, pequeña comunidad que carga en su pasado la masacre de un grupo de adolescentes. Entre los muertos se encuentran los padres de Emma. ¿Y el asesino? Es un ser marginal, deforme de nacimiento, obsesionado con la mamá de Emma, llamado Brandon James. Tras una serie de asesinatos que reviven la masacre original, Emma descubre que el asesino es Piper, una periodista que revela ser hija de Brandon James (presuntamente muerto) y hermana de madre de Emma. Piper muere, pero en la segunda temporada, los asesinatos recomienzan, revelando la posibilidad de un cómplice de Piper.

 

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Como podemos ver, tanto en la película como en la serie de televisión, el tema recurrente es la incertidumbre. De ahí que el final sea, en ambos casos, un nuevo comienzo, el eterno reinicio de la búsqueda del asesino como fuente de duda perpetua, la cual conlleva a revelar la fatalidad inherente de la condición humana. La ambigüedad infinita que tortura tanto a Sidney como a Emma, quienes no pueden confiar en nadie, es el síntoma de la crisis social que se vive actualmente en un mundo cuyo trauma reside la relativización de los valores. Y en el caso de Scream, el síntoma que hace manifiesto el trauma que provoca angustia, es la desarticulación e inexistencia del núcleo familiar. Tanto Sidney como Emma no tienen familia. El padre de ambas está ausente, y cuando aparece, se revela como impotente, inútil. La madre, por su parte, siempre es la fuente de los males que las hijas sufren. Los hijos son entonces aquellos que tienen que pagar por los errores que no les pertenecen. Y tal situación se da justo en el momento de maduración, el cual es interrumpido violentamente. La formación de su identidad se torna imposible. Por lo tanto, los jóvenes de Scream son individuos sin identidad ya que no hay certezas a las que puedan referirse. Craven nos revela en sus películas y legado el resultado del proceso de descomposición familiar. La familia es, en estas historias, inexistente. Es aquí en donde se origina la ambigüedad de la indefinición, de la falta de identidad, la duda perpetua, el hogar destruido, son las partes de la situación traumática a la que esta nueva generación sabe reaccionar únicamente sintiendo angustia y gritando ante el terror que esta misma provoca.

Pero, ¿qué papel juega aquí el slasher? Este es quien revela, desvela y da a conocer el trauma que Emma y Sidney tratan de negar con sus vidas aparentemente perfectas. De ahí que, en Scream y en el género terror post-Craven, los asesinatos sean sangrientos y violentos, casi barbáricos (Casey, en Scream 1996 y Jake y Will en Scream 2015). Las revelaciones son siempre violentas y dolorosas, como una puñalada en la conciencia. El asesino, llamado también Ghostface, es la voz del inconsciente, para aquella juventud que es víctima, tanto de la desarticulación del núcleo familiar, como de su propia condición inocente e ignorante de la verdad.

 

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En la serie de televisión como en las películas de Craven, Emma y Sidney viven las masacres de sus seres queridos como un proceso de maduración durante el cual se van desvelando verdades que ignoraban. Como la voz inconsciente que se esconde detrás del anonimato de la máscara, el asesino se revela por medio de la brutalidad y la crueldad primitiva. El anonimato del slasher es entonces el elemento que extiende la ambigüedad de la ficción cinematográfica a la realidad. Para entender mejor esto, recodemos cómo, en el episodio cuatro de la segunda temporada de la serie, Jake traspasa los límites del cuadro de la pantalla y da la impresión de existir ahora en nuestra realidad también, como diciéndonos “mis problemas no son solamente míos, son tuyos también; esto que nos está pasando a nosotros también te pasa a ti”. De esta forma, ya no solamente Sidney y Emma son las víctimas de esta angustia colectiva sino también nosotros. Jake nos condena a aceptar un destino trágico que se revela en el sentimiento de ambigüedad que consume a la juventud de hoy en día: separar la realidad de la ficción. Ambigüedad angustiosa que es síntoma de esta nueva generación de screamers, la cual clama por nuestra atención bajo la forma del fenómeno de la cultura popular que es Scream.

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