Sábado 20 DE Abril DE 2019
El Acordeón

En el jardín de las ortigas

Arturo Monterroso

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 28-08-16

Escueto, directo, perturbador, Carlos Calderón dispara. Es una metáfora, por supuesto. Pero sus cuentos, breves, de fábula en apariencia simple, son un tiro de gracia, un golpe de martillo, una palabra estridente recubierta de una materia que amortigua. Reunidos en Un bolero lleva tu nombre, el libro ganador del Certamen BAM Letras 2016, los relatos nos dejan, sin duda, un cierto desasosiego; unas historias en las que la normalidad es la alteración de un orden que se supone que existe, que funciona, que lubrica los engranajes de la vida. De la vida de seres anodinos, pero siempre emisarios del pecado en una sociedad pacata. Poeta de la cotidianidad, oráculo de respuestas oblicuas, paseante en el jardín de las ortigas, Calderón descubre el escozor de imperceptibles sustancias urticantes: la sospecha de los oscuros orígenes del dinero, cuyo destino es también la sombría penumbra en la que nadie es inocente; la precaria ingenuidad del niño que construye “un rebaño marinero” (cualquiera cosa que esto sea) en medio del fragor de una tormenta que nada tiene que ver con la mar océano; la vulnerabilidad de sentirse “al alcance de las primeras esquirlas del miedo”, de haber descubierto “que poner todo en función de un encuentro con Dios, es un propósito mercenario”. El pánico. La nostalgia ambigua de tararear una canción atravesada por la amargura. La versión más abstracta de la culpa que no te deja dormir. “Todas las cosas tienen vocación de incendio”.

Carlos Calderón es un escritor joven, que ha empezado a apropiarse de los mecanismos del lenguaje y que incursiona en el relato breve con la solvencia de quien sabe que el arte reside en el trabajo. Hay poca experimentación en su libro, menos juegos malabares, ninguna complacencia y bastantes golpes de cincel. Un acierto. Así logra imágenes y metáforas consistentes, además de un discurso efectivo, que no pretende deslumbrarnos con artificios: el muchacho que descubre que su madre había quedado embarazada antes de casarse; de que quizá había sido concebido en el vértigo, en la improvisación de un motel o en el asiento trasero de un carro. La utilidad de una aguja capotera para cambiar el destino; “la certeza de que ninguna puerta será abierta, ninguna mesa servida”. El horror de un cuchillo en la mano, la hija desnuda, el marido junto a ella en el baño. La inútil espera, la búsqueda de una excusa, “cualquier equivocación del sistema” para no aceptar la ausencia de alguien que importa, de alguien cuyo nombre es también el de un bolero. La paranoia de tener unas monedas que pudieron estar antes en las manos de un asesino; la urgencia de deshacerse de ellas. El malestar que empieza a madurar en una noche de insomnio. La verdad irreductible y lábil de ciertas vidas, que se cuela como una alarma en la cabeza.

Una rara sensibilidad atraviesa los relatos de Calderón, cuyos títulos no van más allá de una, de dos palabras y, a veces, también de una preposición necesaria. Su libro es una serie de apuntes, de bosquejos, de trazos aparentemente inacabados que retienen instantes significativos de la existencia de seres con “propósitos minúsculos en la vida, con rostros y nombres sumamente olvidables”; de seres que caen en la cuenta de que algo no anda bien. Y que se ve compelidos a hablar en “susurros arremangados”; de personas que tienen revelaciones atroces, que de pronto se percatan de la posibilidad de la muerte; de la muerte que llega desde el revólver de un niño que nos apunta con su índice y su pulgar. O de gente que sufre la patética circunstancia de exhibir la propia soledad en un escaparate. Todo se reduce a esa realidad más bien común y corriente; a la percepción, no demasiado sutil, de que eso que vemos en primer plano, eso que parece evidente y verdadero, solo es la primera capa de un estrato cuyos sedimentos acaso nunca lleguemos a conocer.

>arturo.monterroso@gmail.com

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