Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Les presento a mi padre

Ana Maria Rodas

LA TELENOVELA

Fecha de publicación: 21-08-16
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Mi padre nació en 1906 en un pueblo maravilloso enclavado en el altiplano del Quiché. El pueblo se llama Chichicastenango y originalmente era un pueblo de indios con algunos ladinos, como llamamos aquí a los mestizos, asentados alrededor del parque. Mis abuelos sentían el gusto por los nombres romanos y los bíblicos, de manera que entre los tíos hubo Augusto, Julia, Marta. A mi padre lo llamaron Ovidio.

Como en Chichi no había un instituto de secundaria, mi padre fue a estudiar a Quetzaltenango, de donde pasó a la ciudad de Guatemala.

Comenzó a trabajar como linotipista en El Imparcial, diario mítico sobre todo por la página cultural del destacado poeta César Brañas donde hubo colaboraciones –cómo iba a poder el diario pagar esos honorarios– de gente de renombre internacional: franceses, españoles e italianos, sobre todo, de aquellos a quienes César conoció durante su estancia en Europa en los años veinte, cuando tantos americanos iban a París atraídos como bichitos por la luz que emitía.

Pronto el director del periódico se dio cuenta de las dotes de mi padre para escribir y pasó al cargo de reportero. Pero ya en la redacción, aquel joven inquieto decidió aprender fotografía y entonces se estableció en el diario como reportero gráfico. Es decir, escribía sus notas y tomaba sus propias fotos. Generalmente eso no sucede en los diarios, pero mi padre escribía como los ángeles y tomaba fotos espectaculares.

A los veintitantos conoció a mi madre que tenía quince. Mamá era una joven guapísima; mi padre no era exageradamente guapo pero muy talentoso. Se reunían por la tarde en el parque de Isabel la Católica ante la mirada terrible de mi tío Aurelio, que no permitía más que algún apretón de manos. Cuando ella tenía dieciséis se casaron en contra de la opinión de mis abuelos maternos. Se escaparon a la población de Mixco, que ahora ha sido tragada por la ciudad, mintieron sobre la edad de ella y se casaron en una ceremonia rápida y sin boato.

La tercera casa que ocupó aquella pareja, cuando ya habíamos nacido mi hermano Ricardo y yo, quedaba en el centro de la ciudad, a dos cuadras de la Catedral. Allí mi padre tenía su estudio en el segundo piso, porque había descubierto su pasión por la pintura y la escultura; además, acomodó la habitación vecina a su estudio como laboratorio fotográfico.

No sé de dónde sacaba tiempo para trabajar y además tomar fotografías espectaculares, pintar, esculpir, tocar piano o guitarra, destrezas que aprendió por su cuenta porque le gustaban. Recuerdo que llegaba a casa cuando terminaba sus labores en el periódico, tocaba el piano para mamá y para nosotros, cenaba y luego subía al estudio o al laboratorio.

Con sus propias manos preparaba los bastidores y las telas para sus pinturas. Una vez al año iba a pasar vacaciones a la orilla del lago de Atitlán y a Chichi, que eran sus lugares favoritos. Desde los cuatro años me encaramaba yo con él en el autobús que nos llevaba primero al lago, a la Casa Contenta, en Panajachel. Recuerdo los panqueques del desayuno, antes de partir hacia algún lugar despejado, llevando papá el caballete, al que iban adosadas dos telas vírgenes y la caja con los pinceles, las pinturas y el aguarrás.

Yo acarreaba mi propia cajita con acuarelas, pinceles y papel. A veces pintaba, a veces me iba por aquellos montes o playas a explorar el mundo. Mi país era otro país y la gente era amable. Lo más que podría sucederme es que alguna señora bien intencionada me diera un vaso de limonada o alguna tortilla con queso. Siempre regresaba a admirarme del avance del cuadro, o de los cuadros, porque papá trabajaba con gran rapidez para reproducir la luz de cierta hora.

Fue profesor en la Escuela Nacional de Artes Plásticas y a su debido tiempo la dirigió, durante la época de la Revolución de Octubre del 44, cuando el dictador Ubico había sido defenestrado.

Mi padre fue un hombre dotado con muchas capacidades, pero destacó en la pintura y en la fotografía. La mayoría de sus cuadros se fueron del país porque eran hermosos paisajes de dos lugares bellos en extremo, y tenían, como los Garavito y los Gálvez Suárez, un buen mercado.

Los óleos todavía lo recuerdan desde las paredes de las casas de mis hermanos, de mis hijas, de la mía.

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