Martes 23 DE Julio DE 2019
El Acordeón

La teoría del acrecimiento

En 2050, habrá sobre la faz de la Tierra 9 millardos de personas. ¿Quién puede asegurar que esa cantidad de gente, para tal fecha, habrá alcanzado los estándares de bienestar en los cuales vive hoy el llamado mundo occidental? ¿No será más bien lo contrario: un mundo de poquísimos acomodados, protegidos por guardaespaldas, automóviles blindados y casas amuralladas, rodeados de una humanidad miserable y violenta? En cierta medida, en el llamado Tercer Mundo, se vive así.

Fecha de publicación: 21-08-16

Por Dante Liano

La comprensible veneración por la ciencia erigida al final del siglo XIX y principios del XX justifica, de alguna manera, que de 1900 a 1914 los europeos celebraran algo parecido a una descomunal parranda aparentemente inextinguible. Para ellos, el universo era esa pequeña parcela del mundo que un avión recorre, de punta a punta, en menos de diez horas. Y el centro de aquel universo era París. No el deprimido y pobre París de Hemingway, sino la glamorosa capital de Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Toulouse Lautrec, Renoir, Monet, Gauguin… Aquella relumbrante ciudad en donde los hermanos Lumière inventaban el cine, donde los esposos Curie hacían radiantes experimentos de fábula, la capital de anchos bulevares y laberínticos arrondissements (deliciosa palabra redonda que a lo mejor significa nuestro popular “barrio”), la ciudad de la esquelética Torre Eiffel, la de los infatigables clubes nocturnos que en todo el mundo soñaban como el ebrio lugar de euforia y perdición: el Pigalle, el Moulin Rouge…

La inflexible y precisa religión de la ciencia sustituyó, con gran ventaja, a las religiones milenarias. Con el mismo fundamentalismo con que otros pregonaban dogmas, preceptos y costumbres sagradas, los seguidores de la ciencia proclamaban que aquello que no se podía demostrar científicamente no existía.

Por esa época, se celebraba con champagne que la ciencia fuera el espumoso motor del progreso, y el progreso el infatigable motor de la historia. Ciegos de esa efímera felicidad, los europeos no podían vislumbrar que vivían en una isla rodeada de multitudes famélicas y desarrapadas; festejaban el triunfo del hombre sobre la materia; se mentían con la ilusión de haber alcanzado el mayor estadio de la evolución humana. Un pistoletazo en Sarajevo acabó con esa ilusión. La guerra, el mayor castigo que los seres humanos suelen darse a sí mismos, produjo diez millones de muertos y 20 millones de heridos. Una debacle que devolvió al continente a su conciencia tribal y sanguinaria. Osvaldo Spengler lo certificó en La decadencia de Occidente, libro decisivo para inaugurar el Novecientos.

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De todos modos, la idea de que la ciencia rige el destino de la humanidad no acabó ni con la primera ni con la segunda guerra mundial. Quizá ahora se adore más a una hija espuria: la tecnología, por la inmediatez de su uso. La idea de que lo científico es lo único digno de creencia sigue siendo rectora en el pensamiento intelectual. Aprendemos en la escuela secundaria los rudimentos del método científico: una hipótesis, una intuición, un vago presentimiento, para convertirse en verdad científica tiene que ser puesta a prueba a través de experimentos, o de todos modos, de mediciones. El experimento, repetido, tiene que dar siempre el mismo resultado, aun cuando cambie el operador. Una vez superada esa etapa, enseñan los profesores de ciencias, tendremos una tesis. Si un alambre de polo positivo es puesto en contacto con uno de polo negativo, independientemente que lo tenga en sus manos mi tío, mi abuelo o mi hijo de dos años, siempre se producirá un corto circuito. (A menos que la empresa municipal nos haya cortado la luz por morosos). Si me duele la cabeza y me tomo una aspirina, el dolor de cabeza desaparecerá (en algunos casos, sustituido por el dolor de estómago). La mezcla de nitrato de sodio y glicerina producirá siempre un potente explosivo, la nitroglicerina. Quien no lo crea, que haga la mezcla y dará razón científica al postulado mientras toca el arpa sentado en una nube.

 

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Las “leyes” de la economía

Todo esto viene a cuenta porque, aproximadamente desde los años setenta, ha reinado, casi sin discusión, en la vida de los seres humanos de todo el planeta, la ciencia de la economía. Un economista italiano, Mauro Gallegati, duda sobre el estatuto de “ciencia” atribuido a la economía y sobre la adoración casi religiosa que despiertan las declaraciones y las predicciones de los economistas. Señala, con sencillez apabullante, que la mayor parte de los conocimientos económicos no han sido obtenidos con la aplicación del método científico. (Acrescita. Per una nuova economia, Einaudi, 2016)

Las “leyes” de la economía, dice, no son más que hipótesis, intuiciones, epifanías. Es decir, las mismas operaciones que han producido las espléndidas poesías de Rubén Darío o de César Vallejo, pero no la ley de la gravedad o la teoría de la relatividad. Gallegati insiste: “en economía, no existen experimentos repetibles: el plano teórico y el plano empírico nunca coinciden” o coinciden por casualidad. Basta observar la conducta de las más grandes luminarias de la economía durante la última crisis mundial. O la aplicación de la misma teoría en dos sociedades distintas: la escuela neoliberal que funcionó en Chile (y tenemos que recordar a qué precio) no funcionó en Argentina, ni en ningún otro país de América Latina.

 

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Es como aplicar una medicina a cien pacientes solo porque funcionó con uno solo. La conclusión de Gallegati es lapidaria: “la economía debe dejar de ser tratada como una teoría científica o defendida como si fuera una fe religiosa (…) la economía necesita una revolución que sepa combinar la coherencia interna (la teoría) con la externa (la práctica) dentro de los límites de una ciencia social que tiene muchas regularidades pero pocas leyes”.

Como se lee en el Viejo Testamento, de nuevo los seres humanos han sentido la necesidad de adorar a un becerro de oro, solo que esta vez, el oro es falso y se llama “economía”. Podría parecer una discusión ociosa, si no fuera porque de los dictámenes de los poderosos dirigentes de la economía depende nuestra vida cotidiana, nuestro sueldo, nuestro empleo, nuestra vida entera. Los gobernantes planifican la vida de la nación, como en la Antigüedad, escuchando los consejos de los sumos sacerdotes, que esta vez no abren las entrañas de un carnero para adivinar el futuro, sino deshojan sesudos y voluminoso libros de teoría económica. De ello depende cómo llegamos a fin de mes. Si el resultado fuera miel sobre hojuelas, vaya y pase. Pero las repetidas catástrofes a las que nos han llevado individuos como Dominique Strauss-Kahn, ante cuya conducta cualquier compadrito es un candidato a la beatificación, nos llevan a dudar de la validez de las afirmaciones de quienes rigen la economía de cada país. ¿Y si estos aprendices de brujos nos estuvieran suministrando veneno en lugar de elíxires de juventud? ¿No tendríamos derecho a buscar modelos alternativos al del progreso forzoso, al del consumo desenfrenado, al del suicidio ambiental?  ¿Por qué secar un río para construir una hidroeléctrica? ¿Para que el dueño de esa empresa hidroeléctrica, el patrón del Real Madrid, tenga dinero para comprar al delantero Morata por €70 millones? ¿Para qué desertificar un territorio con tal de producir el más barato aceite de palma? ¿A esto llamamos “progreso”?  De pronto, queda flotando la gran pregunta: ¿el progreso de quién?

 

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Un paso atrás

De las infinitas categorías en que solemos dividir, por gusto y arbitrio, a los seres humanos, hay algunas, como los locos, los ancianos, los muy ancianos, los niños y las reinas de Inglaterra, que están autorizadas para hacer preguntas impertinentes. En una reunión de la London School of Economics, en donde se concentraba lo más granado de la economía mundial, la actual soberana del Reino Unido soltó una pregunta pérfidamente inocente: ¿cómo había sido posible que los mayores economistas, incluidos varios premios Nobel, no hubieran previsto la crisis que asoló (y sigue castigando) al mundo occidental? Una capa de  silencio cayó sobre la plúmbea habitación. Nadie supo responder y la pregunta quedó flotando como la niebla londinense que hiela los célebres inviernos de la city.

La anécdota es contada por el mismo  Gallegati, quien trata de proponer que, en lugar del decrecimiento, es mejor usar el término “acrecimiento”. Demos un paso atrás. Si la idea de “progreso” comenzó a ser discutida en los textos teóricos a partir de los años 50 del 900, será con la crisis económica en los primeros años del siglo XXI que el problema se va a plantear a la gente común, cuya única preocupación filosófica es la no desdeñable inquietud metafísica de llegar a fin de mes. La pregunta “¿cómo salir de la crisis?” se desdobla en otras más: ¿cómo volveremos a los niveles anteriores de riqueza? ¿Si no se puede vivir como se ha vivido en Europa a partir de los años sesenta, esto es, en la abundancia, existen alternativas? ¿Hay otros modelos de vida diferentes a los propuestos por el capitalismo? Esta última pregunta interesa también a los no europeos, cuyo capitalismo es cojo y muchas veces ciego y sordo. A diferencia de las sociedades opulentas, en el vasto territorio del mundo los ricos son muy pocos, y el bienestar ha llegado solamente a una parte mínima de la población.

 

Serge Latouche, retomando una serie de reflexiones anteriores, propone “el decrecimiento” como una solución para una humanidad cuya evolución parece la de un caballo desbocado hacia el abismo. El problema planteado por Latouche es retomado por Gallegati, con cifras muy interesantes. La economía mundial, dice, se ha multiplicado por 14  entre 1890 y 1990, la población se ha multiplicado por 4, el uso del agua por 9, las emisiones de anhídrido sulfuroso por 13, el uso de energía por 16 y las emisiones de anhídrido carbónico por 17.  De seguir así, la situación del planeta será de veras insostenible.

En 2050, habrá sobre la faz de la Tierra 9 millardos de personas. ¿Quién puede asegurar que esa cantidad de gente, para tal fecha, habrá alcanzado los estándares de bienestar en los cuales vive hoy el llamado mundo occidental? ¿No será más bien lo contrario: un mundo de poquísimos acomodados, protegidos por guardaespaldas, automóviles blindados y casas amuralladas, rodeados de una humanidad miserable y violenta? En cierta medida, en el llamado Tercer Mundo, se vive así.

Por esto, Latouche propone con simplicidad que las economías no solo dejen de crecer, sino que se vuelva a una especie de mundo natural, a un estadio precedente de producción de solo cosas necesarias. Las propuestas de Latouche parecen razonables, pero ofrecen un punto muy débil: la dificultad de ponerse en práctica. No basta predicar, hay que actuar. ¿Cómo frenar la constante producción agrícola e industrial del mundo contemporáneo? ¿Qué gobierno está dispuesto a efectuarlo? ¿Qué movimiento de masas respalda a esa propuesta?

Un nuevo renacimiento

Quizá por ese motivo, Gallegati propone una solución intermedia: el “acrecimiento”. Veamos cómo lo define. Dice: “Para comprender el significado del acrecimiento basta plantear la hipótesis de que existe, delante de nosotros, una serie infinita de necesidades y que estas resultan satisfechas por el consumo y por tanto por la producción de bienes y servicios. Aumentar la producción significaría satisfacer cada vez más un número siempre más alto de necesidades. De este modo, se instaura un círculo vicioso: aumentan las necesidades artificiales, para satisfacerlas producimos más, pero puesto que la tecnología aumenta, la ocupación disminuye, y disminuye con eso la demanda de bienes y servicios. Y si no hay demanda, no hay producción”.

Se instaura así un loop pernicioso. Se trata simplemente de la verificación de la segunda ley de la termodinámica: la paradoja de que la combinación de una mayor producción con una mayor tecnología produce desempleo y el desempleo paraliza la economía. La conclusión está cantada: no se puede producir infinitamente, hay que dar un frenazo en esa carrera sin límites que se llama “progreso”.

“Acrecer”, dice Gallegati, “quiere decir esto: el bienestar no depende (una vez satisfechas las necesidades primarias) de la cantidad de mercancías disponibles, sino de la posibilidad de gozar la vida sin comprometer esa oportunidad para las generaciones futuras. La humanidad no puede medirse con referencia a una sola medida: la producción (…) no solo de pan vive el hombre: cada país debería buscar su propio camino, el que su peculiar cultura le indica, rechazando el precepto de una sola solución para todos. (…) Los recursos no reproducibles son limitados y ello constituye una barrera al crecimiento infinito. (…) Por tanto, mientras seguimos trabajando para consumir, sería necesario imaginar un nuevo modelo, un Renacimiento que nos consienta transitar de la búsqueda de un mayor PIB a la búsqueda de un mejor manera de vivir”. Termina advirtiendo, con tono profético, que en 2030 tendremos necesidad de los recursos de dos planetas Tierra para poder sobrevivir. Por tanto, o nos vamos a otros planetas, o nos quedamos en este, redistribuyendo los recursos y pensando en un desarrollo sostenible.

Como sucede muy frecuentemente en estos casos, la crítica es perfecta: creer que el índice del Producto Interno Bruto (PIB) es la medida de la riqueza de una nación es una idea casi cómica (muchos países latinoamericanos tienen un PIB superior a los de los países europeos, pero eso no le sirve de nada a las multitudes de niños que mueren de hambre), la carrera del progreso no es un dogma divino; el deterioro del medio ambiente mundial requiere medidas correctivas urgentísimas, antes que la situación sea catastróficamente irreversible; se necesita cambiar los modelos económicos y sociales imperantes; la sociedad de consumo ha llegado a la parada final, ha mostrado sus límites y su deficiencia mayor: no produce felicidad sino mayor hambre de consumo. El gran problema es que las soluciones están solo esbozadas, son principios generales, requieren mayor precisión para ser aplicadas. Mientras tanto, como los lémures, que en el inexplicable norte de Europa cometen cada año un suicidio de masa, seguimos, ciegos, hacia adelante, hacia el final de una especie que ha vivido poco sobre la Tierra y que, probablemente, puede ser prescindible.