Martes 20 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

El divino permiso a equivocarse

Nuestro mundo y nuestro tiempo se me hacen como un barco perdido y desorientado en medio de la tempestad; y al llamarlo así no se pretende hacer uso de licencias atrevidas ni poner en marcha mecanismos aventurados, sino tan solo dar cuenta de los hechos tal cual son y se los percibe.

Fecha de publicación: 21-08-16
Por: Por Rogelio Salazar de León
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Pocas cosas me producen tanta tristeza como salir de mi casa a las cinco y media o seis de la mañana y ver a los niños de dos o tres años parados en las esquinas con el pelo mojado, para subir a los buses que habrán de llevarlos a sus escuelas o colegios, después de atravesar un tráfico bárbaro e inhumano.

¿Qué podremos pedirle mañana a esos niños, si no hemos sido capaces de darles ni siquiera una pizca de infancia? ¿Qué podremos pedirle mañana a esos niños, si desde los dos o tres años comenzamos a exigirles que no se equivocaran nunca ni reprobaran en nada? ¿Qué podremos pedirle mañana a esos niños, a quienes hemos tratado como productos que deben ser construidos en una fábrica? ¿Con qué cara podremos verlos a los ojos, después de haber impreso a su vida la más cruel aceleración mecánica? ¿Qué clase de mundo hemos montado para que crezcan nuestros niños?

Quizá la descripción de ese lugar nos cuesta tanto porque toda la culpa de que sea como es, no es de nadie más que nuestra.

¿Cómo es, realmente, el mundo que hemos construido…? ¿qué tendríamos que hacer para hablar de él…? Describir, narrar, imaginar, reflexionar, filosofar, mentir; al intentar hacer cualquiera de estos actos, cómo llegar a completar cada párrafo que pretenda dar cuenta de él, si lo que se quiere es hablar de un escenario sin centro, cómo se mantiene el aliento para hablar de esto, si al final lo que se quiere nombrar no puede ni imaginarse sin sentir vergüenza; aunque tal vez todo lo que merece ser contado está en los pliegues y escondites de historias viejas.

Nuestro mundo y nuestro tiempo se me hacen como un barco perdido y desorientado en medio de la tempestad; y al llamarlo así no se pretende hacer uso de licencias atrevidas ni poner en marcha mecanismos aventurados, sino tan solo dar cuenta de los hechos tal cual son y se los percibe.

El tema de fondo, en serio, me parece que está en que nos hemos quitado, robado, amputado el permiso a equivocarnos, a cometer errores o, como se diría en un lenguaje más coloquial, a meter la pata.

¿Qué nos creemos…? ¿Qué nos imaginamos que somos…? Creemos que somos o que nos parecemos al que puede porque tiene, a quien es capaz en razón directamente proporcional a lo que posee, pero a lo mejor lo que tenemos o poseemos, conforme a nuestras ideas, es ilusorio o, cuando menos, incierto.

De algunas cosas sí se puede hablar, como de la medicina que nos sirve para estar bien aunque no lo estemos, mientras los comprimidos maquillan nuestra sensibilidad; de la ingeniería que nos sirve para hacer como si no llueve, mientras afuera cae un aguacero que todo lo anega e inunda, del derecho que nos sirve para hacer como si la justicia realmente existe, mientras solo cosecha beneficios el que puede pagar lo que cobra el abogado más cotizado.

Y como tenemos hospitales, asilos, cárceles y psiquiátricos, aunque las cosas se salgan de quicio, podemos confiar en que todo está bajo control; claramente, nadie quiere ir a parar a uno de estos lugares, pero llegado el caso, esos lugares existen y allí están para recluir eso que nos negamos a ver, o bien para hacer como si nuestro saber en realidad sirviese al hombre.

Toda la vida nos la pasamos haciendo como si el orden fuera la regla y el desorden la excepción, lo que equivale a decir que toda la vida nos la pasamos haciendo como si estuviéramos vacunados contra el error, como si en efecto nunca nos equivocáramos; sin embargo nada tan falso, nos hemos equivocado siempre y lo seguiremos haciendo incesantemente, tal vez porque esa es la única forma de irnos volviendo, poco a poco y paso a paso, algo más listos.

Nos hemos equivocado con la esclavitud y con el colonialismo, últimamente lo hemos hecho con el fascismo y con el comunismo e, igualmente, parecen caer en la misma trampa el machismo y el feminismo; nuestra única realidad honesta parece ser la del tropiezo, la del traspié y luego, en el mejor de los casos, la recuperación.

Así que, de nuevo la indagación ¿qué nos creemos…? Para portarnos con nuestros niños como lo hacemos, para tratarlos como los tratamos.

Tal vez los hechos de una historia logran explicar mejor lo que aquí nos interesa: hace casi 50 años, mientras recorríamos todavía por los estudios de primaria, mi hermano y yo salimos de vacaciones de fin de año; la ilusión y el entusiasmo nos hizo desempolvar nuestras bicicletas viejas, para salir a dar sentido a nuestra libertad.

Una vez que nos hallamos rodando en la calle, encontramos a otros dos niños quienes, con total naturalidad, nos pidieron prestadas nuestras bicicletas para dar una vuelta, se las dimos y al poco rato nos las trajeron de regreso; después de jugar y reír los cuatro juntos durante un momento más o menos largo, ellos volvieron a pedírnoslas prestadas, pero esta segunda vez los dos supuestos nuevos amigos no regresaron a devolvérnoslas; nos costaba mucho dar crédito a que habían robado nuestras bicicletas, y esperamos tanto por su vuelta que cayó la noche.

En la puerta de la casa nos esperaba mi mamá, que al vernos llegar debió sentir un gran alivio, el cual disimuló muy bien indagándonos

-¿y las bicicletas…?

Al descubrir la pérdida nos cayeron algunos pocos golpes que nos dolieron más por la culpa propia que por la fuerza de ella.

Más tarde llegó mi papá a la casa, quien ni siquiera nos reprochó ni nos regañó, sólo dijo:

-bueno, muchá, ahora las vacaciones encerrados

Lo cual se cumplió plenamente, como si de una sentencia profética se tratase; hasta que el 7 de diciembre, justo a las cinco y media de la tarde, apareció en la esquina de la casa el carro de mi papá con el baúl abierto, porque ahí traía dos bicicletas nuevas: una roja para mi hermano y una azul para mí; no recuerdo un brillo tan espléndido como el de los rayos niquelados de los aros de aquellas bicicletas.

Era el Día del Diablo, y estrenamos nuestras bicicletas entre las llamas encendidas de nuestra alegría de niños y los fogarones de la ocasión.

Mi papá recientemente se ha ido de este mundo, él ya no comparece más aquí, se fue como se va la arena fina y seca entre los dedos.

La historia nos habla de él, de algún modo y entre otras cosas, de un hombre, de su tolerancia, de cómo nos educó, siendo indulgente ante nuestras equivocaciones, animaladas y metidas de pata; de una educación que nos hace ser quienes somos ahora, ojalá, en el recuerdo y en la forma de ser.

Esta historia no es nada excepcional, normalmente las cosas son así o, normalmente, deberían ser así.

A partir de ahora yo sé que la memoria se irá llenando de telarañas y que las fotos se irán tiñendo de amarillo; pero lo cierto es que desde la desaparición de mi papá una dulce melancolía me rodea, y me siento como si oscilara y fuera tan solo el péndulo de un reloj destinado a medir el tiempo con término de caducidad en este mundo, colgado de su recuerdo, enganchado al hombre que me ha dado todo en la vida, incluso, el divino permiso a equivocarme.

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