Martes 12 DE Noviembre DE 2019
El Acordeón

La ciudad de los minotauros

Arturo Monterroso

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 14-08-16

El libro de Carol Zardetto, La ciudad de los minotauros, publicado por Alfaguara hace algunos meses, es una novela, un alegato y un recuento histórico de algunos acontecimientos de Guatemala. La novela, narrada en primera persona, nos cuenta la historia de un personaje atormentado que va a Nueva York a aprender en una escuela de cine cómo se escribe un guión cinematográfico. Se trata de un guatemalteco cincuentón, quizá un perro de costumbres establecidas, perdido en el laberinto de sus propios miedos que, a punto de ser devorado por el Minotauro de su neurosis, busca desesperadamente una salida. Si se trata de alguien con el valor de Teseo para matar al Toro de Minos y si consigue la ayuda de una mujer como Ariadna, no llegaremos a saberlo si no leemos la novela. Claro que nuestro protagonista no se llama como el hijo de Egeo, el rey de Atenas, sino Felipe Martínez, y la improbable princesa de Creta no es sino una gringa hundida en el desastre de su propia y errática existencia: Toni Lacrosse, la mujer que le alquila un cuarto a Martínez y que solo lo deja atisbar en su propio laberinto de manera oblicua: un lugar en penumbra donde canta blues, donde habita su hija anoréxica y donde oculta su propia historia íntima. Una mujer que también se llama Mara, que obsesiona al guatemalteco y que le permite crear la imagen difusa de un destino cierto, arropado por la pasión.

Pero es la obsesión lo que prevalece. Martínez sufre de una perturbación producida por la idea fija de encontrar sentido a lo que le resta de existencia. Huye de una vida arquetípica, construida con los elementos que supuestamente nos dan estabilidad: el título universitario, el hogar feliz, la mansedumbre de una relación sin sobresaltos. Lo del taller de guión cinematográfico no es más que una excusa. Porque sabe que corre para salvarse de una existencia anodina, para huir del reino infeliz y maldito que era su casa paterna; del reino infeliz y maldito que era su patria. Corre para huir de la paternidad que no sabe cómo ejercer. Corre para huir de los potros galopantes de su neurosis, de su ansiedad. Ha descubierto que no le espera sino el trágico destino del hombre común: un hilo de hormigas. Y un fin predestinado: la aniquilación. Momentáneamente lo salva la permisividad de la ciudad intrigante que se abre a sus apetitos; las luces, el atontamiento, los tragos, el sexo, la oferta desmesurada de posibilidades; la necesidad sofocante de poseer a una mujer desconocida; la ilusa idea de que, como Walt Whitman, él también puede ser un hijo de Manhattan; un ser tormentoso, carnal y sensitivo. Pero termina encontrando el signo de los tiempos: la banalidad que cae sobre las cosas como un polvo fino.

Zardetto construye su relato añadiendo capas de información y significado. Y utiliza diferentes voces narrativas que le permiten variar el punto de vista. A la parte anecdótica de la novela, que fluye con cierta independencia de los otros discursos, añade un segundo relato escrito a partir de una voz omnisciente (en tercera persona), que funciona a veces como la conciencia del protagonista, y una de narrador testigo (en segunda), que recoge muchas de sus reflexiones. A esta construcción de contrapunto, añade un ejercicio de guión cinematográfico, que funciona como caja de resonancia; la narración de El contador de los días (que recoge la vida de Shas, un adivino indígena ixil), que procede del improbable hallazgo de un volumen olvidado en una librería de viejo, y una secuencia de datos históricos, que crean un nuevo contrapunto con la voz del indígena. En fin, La ciudad de los minotauros es la historia de todos, de lo que nos ata y de lo que llegamos a creer que nos libera. “Al final —dice el protagonista—, lo único que uno tiene es el viaje”.

>arturo.monterroso@gmail.com