Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

La Mansión revisitada

En ocasión del centenario de Virgilio Rodríguez Macal, que se celebra este 2016, Maurice Echeverría indaga en la obra mayor de este autor fundamental en el imaginario de los guatemaltecos, que nos enseñó los misterios de la selva y sus habitantes y nos regaló, además, el placer de la lectura en nuestros años de formación.

Fecha de publicación: 07-08-16
Por: Maurice Echeverría
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Si no me he interesado demasiado hasta ahora en Virgilio Rodríguez Macal (1916–1964) es por ese olor a instituto que tiende a rodearle.

Rodríguez Macal es uno de esos autores que nos han embuchado por decreto, como parte de eternos y circulares programas ministeriales. En efecto, no es ningún secreto que la lectura escolar ha sido cooptada (cooptada parece que es la palabra de turno) durante décadas, por determinados escritores y editoriales.

Esto incluyendo al propio Asturias. Para su detrimento, puesto que no hay peor enemigo de la literatura asturiana que la misma política educativa que ha buscado entronizarlo en las aulas. De esa cuenta no es raro encontrarse con personas que quedaron muy resentidas con sus libros, después de haber sido forzadas a estudiarlos.

Es cierto que Rodríguez Macal –autor de Carazamba, El Mundo del Misterio Verde, Sangre y Clorofila, Guayacán, entre otros– es más accesible y por tanto mejor comprendido, y apreciado con más honestidad, que Asturias. Pero luego hay algo muy triste en su caso: habiendo sido tan leído y mercadeado, en los círculos literarios serios se le menciona raramente.

¿Por qué? Porque quedó en cierto modo atrapado y comprimido en ese mismo ambiente colegial que tanto le ha explotado. Las propias ediciones de su obra han sido golpeadas por una estética llanamente parvularia –ediciones pobres, masivas, con majaderas guías de trabajo de carácter nemotécnico incluidas en ellas. Me pregunto si hay algo más horrendo que un cuestionario dentro en una obra literaria.

Habrá que resurreccionar a Virgilio Rodríguez Macal de toda esa muerte escolar, y buscarle un prestigio más allá de lo lectivo. Más este año –año de su centenario– en donde apenas si lo hemos visto, si no es en una manta en la Filgua, en textos clónicos de la web (da lástima y ofrece muy poco consuelo la ausencia de reseñas frescas) y en uno o dos eventos que no conseguirán poner pie en la esfera de lo imperdible y lo memorable. Lo cierto es que Rodríguez Macal merecía un congreso, vamos.

Tanta institucionalización, tanta escolarización, tanto embuchamiento, tanta sanforización, para que al final no se le pueda rendir un homenaje de veras decente, de veras profesional, a este nuestro Virgilio de la selva.

Un libro vigente

Con o sin centenario, La Mansión del Pájaro Serpiente (1939) es el libro de un cuentista comprometido, lo cual también explicaría por qué continúa vigente (injusto sería buscar razones meramente sistémicas a su sobrevivencia). El empuje literario, la imaginación ardiente de plano están ahí. Razón de sobra para reseñarlo.

Pero luego hay otra razón. La Mansión del Pájaro Serpiente realmente constituye nuestro libro ecológico par excellence. Mucho ante de un Rodríguez Mario Payeras, ahí estaba Macal, hablándonos de la selva, selva que hoy arde sin mañana. Baste recordar el gran fuego que se dio en junio de este año en Petén (“un ocote inmenso, llameante”, diría Rodríguez Macal) y que no es más que la desoladora evidencia de que este proyecto de país ha por entero fracasado.

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La Mansión del Pájaro Serpiente es una obra que te rompe el corazón por muchas razones, pero una de ellas es porque leerla hoy, cuando la desintegración ecológica ha alcanzado proporciones siderales, es un bello gesto de inagotable nostalgia.

El Bestiario de Rodríguez Macal

La Mansión del Pájaro Serpiente está organizado en derredor de cinco cuentos más o menos largos. Cada uno nos acerca y dibuja un animal determinado. Nos recuerda en ese sentido a Horacio Quiroga, quien deberá llevarse pues el crédito.

Lo cual no le resta tampoco mérito a Rodríguez Macal. Porque después de todo es admirable cómo entabla un equilibrio notable entre la alegoría moral y el homenaje animalista.

Me explico: en cualquier bestiario clásico, el animal será siempre una metáfora del animal que es el hombre, pero por otro lado nos parece que Rodríguez Macal respeta la animalidad misma e idiosincrasia particular de las criaturas como tales.

Son fieras muy propias y tradicionales de nuestro entorno selvático, léase un pizote, un armadillo, una comadreja ladrona (Cux, que nos recordó  bastante a Otto Pérez Molina y a quien también le cayó la CICIG); el tepezcuintle; el arrogante mono Coy (la arrogancia es un tema regular y dominante del libro).

Están esos bichos, pero no son los únicos que aparecen en nuestro bestiario. Criatura tras criatura, así va surgiendo una fauna nutrida, fraternal e infraternal, un mundo sociopolítico básico, del cual forma parte el pájaro serpiente, es decir el quetzal, que ya vimos es elitista y semiesnob.

El libro compite entre dos vertientes: el animismo, de un lado, y cierto examen digamos naturalista, del otro. Aquí quiero referirme a la perspectiva naturalista, en cuanto a que se supone que Rodríguez Macal tiene muy observados estos animales y ello le permite hacer comentarios íntimos de estos. Desde luego se corre el riesgo de que estas descripciones levemente didácticas y biologales le terminan derogando la acción narrativa.

Pero lo cierto es que lo literario nunca se pierde. No se pierde para empezar el asunto que está tratando –por ejemplo el de la vida, el de la muerte– así como no se pierde el proyecto verbal, que sin ser tan marcado, exuberante y dramático como el de Asturias (perteneciente por cierto a una generación previa) posee toda vez una fraseología reconocible, una cierta orquídea sintáctica.

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De otra parte podría decirse que en el detalle de las costumbres de los animales está buena parte de la magia del libro y su belleza. El más grande activo de Rodríguez Macal es cómo mezcla la observación con la literatura. Y cómo extrae del comportamiento animal una suerte de picaresca y también una parábola encantadora de nuestra estupidez, crueldad, vanagloria y paranoia.

Miedos, prudencias, poderes. Las batallas son épicas. Terminamos asistiendo, en cada relato, a una especie de survival thriller, dado que en el Mundo Verde todo anhela comer y es ovalmente comido (“el único espectro que ambula por las inmensas mansiones verdes: el hambre”). En la selva, el que se duerme, el que no usa constantemente su olfato, muere.

Los cinco cuentos son bellos, conmovedores y primera clase, pero en particular lo es el primero, el del anda solo, que es un tipo de pizote. ¿Por qué me ha gustado tanto el relato de Itzul? ¿Habrán sido sus combates feroces y luchas samurái? Seguro, pero es algo más: es que yo me he sentido toda mi mísera vida como un anda solo. Ya ven que los anda solos no se sienten bien en compañía y recíprocamente la tribu no muy que los quiere, y con toda la razón del mundo. Qué gran arquetipo nos ha dado aquí Rodríguez Macal.

Adicionalmente, me ha gustado el cuento porque nos facilita mucha condición humana, es decir, animal. Leí el cuento fascinado y lo terminé en lágrimas (¿cuándo había sido la última vez que lloré así?). Celebro La Mansión del Pájaro Serpiente porque es un libro que se atrevió a ser un libro triste.

Y aquí me gustaría agregar que un cuento como este puede pasar por un cuento inocuo para niños, pero hay que darse cuenta que es un cuento fuertísimo, menos complaciente de lo que se podría pensar. En general puede decirse que estas historias, aún dentro de un marco posible de inocencia, son de veras crueles.

Y si no pensemos en el mono Coy, que termina matando a su padre con la escopeta que le ha robado al hombre.

Y todo por el bling.

Lo feral

Uno de los temas preferidos del criollismo (corriente a la cual este libro se adscribe) es el de lo “feral”. El sujeto civilizado y civilizatorio, encantado y espantado por lo otro. Las grandes novelas criollistas se debaten entre los dos polos del edenismo y el terror de lo foráneo.

La Mansión del Pájaro Serpiente también participa del trance criollista, tanto en lo que respecta al tema aludido de la feralidad como en el lenguaje propiamente, que riega en el texto castellano un sinnúmero de términos kaqchikeles, hasta volverlo una cosa incluso pegajosa.

Se ve más que nada lo criollista de La Mansión del Pájaro Serpiente en el hecho de que toda esa sobreutilización de expresiones indígenas siempre se da desde una óptica atestiguante, clínica y acursivada. Lo indígena sigue siendo una externalidad. Un exotismo, pues.

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Selvático

Por supuesto, otra dimensión de lo feral es lo selvático.

(Hoy en cambio lo feral habrá que buscarlo más bien en lo urbano. Aunque, ¿no es la selva de Rodríguez Macal una suerte de ciudad, de un modo? Nos parece que sí. Vivir en la selva es como vivir en la colonia El Limón.)

Como se sabe, Rodríguez Macal conoció la “Mansión” de primera mano. Este es el libro de alguien que respiró la selva, la absorbió celularmente. Pero aún así Rodríguez Macal necesita un intermediario, Pedro Culán (dotándonos de una versión prematura, mucho antes del new age, de la tradición del hombre blanco o criollo que escucha al guía o maestro indígena). De esa cuenta, Pedro Culán es un agente narrativo que devela y transmite a Rodríguez Macal los secretos e interioridades selváticos. Una vez recibida la transmisión, es el lector quien la recibe a su vez, en una segunda emanación.

Culán le permite a Rodríguez Macal construir una percepción mítica de la selva, en donde todo es animizado y antromorfizado. En la selva de Culán, todo tiene nombre y personalidad (la noche, el sol, la serpiente, el árbol). Hay algo de mágico, y de muy noble, en el tratamiento que se le da a este reinado. Un reinado de leyes crudas, es cierto, pero también claras. Así pues, en el cuento del tepezcuintle, se nos ofrece una excelente justificación místico–darwiniana del orden predatorio.

La selva colinda –de acuerdo al esquema clásico de la liminalidad criollista– con el mundo del hombre. Ahora bien, lo excitante de La Mansión del Pájaro Serpiente es cómo ofrece una suerte de criollismo revertido, una alteridad al revés: no es el hombre penetrando en el misterio selvático, sino la selva penetrando en el misterio del hombre. Una apreciable inversión.

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Todo lo que vive mata

Como sabemos, el hombre –Achí– es el peor, más cruel e infame organismo que recorre esta porción del universo.

Y posee por supuesto la tecnología destructiva para reforzar este estereotipo, o como lo diría Roger Waters, “la valentía de estar fuera de alcance”.

Así pues, Pedro Culán siempre va con su fiel y servil chucho –tzíi–  y su colérico palo negro, que escupe a Víbora del Cielo.

Es cierto que el narrador muestra mucho respeto por Culán, pero pienso que a la vez lo sabe portador de destrucción y cobardía. Cualquier exceso de bonsauvagismo queda en el acto matizado.

Por otro lado, al lector le entristecerán los sucesivos animales liquidados, por el hombre pero no ha de olvidar que ellos, los animales, también liquidaron, y nada diplomáticamente, por cierto. En efecto, todo lo que vive mata.

Una verdad tenebrosa, pero de hecho también podemos decir, en un tono más exultante, que todo lo que vive ama. Y, como bien lo muestra La Mansión del Pájaro Serpiente, hasta las criaturas más crueles son tiernas en la noche.

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