Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Tranquilidad

Ana Maria Rodas

LA TELENOVELA

 

Fecha de publicación: 24-07-16
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A ratos, sentada en mi escritorio miraba con preocupación hacia la biblioteca. Demasiadas veces, en las  librerías de viejo he abierto libros con dedicatorias: para fulano de tal, y una fecha de treinta o cuarenta años atrás.  Alguien ha muerto y los herederos se han precipitado a vender por tres centavos los libros del o la difunta.

Cuando nacieron mis hijas me entusiasmé  comprándoles libros. Recordaba cómo mi padre llegaba  casa y me entregaba uno o dos volúmenes, que eran un tesoro. Brincaba de alegría y me tendía sobre la alfombra de la sala; o si había visitas, me metía en mi dormitorio para comenzar la lectura en completo silencio. Leer era y sigue siendo una de las actividades más placenteras de mi vida.

A Silvia, la mayor, me cuidé de llevarle ‘El principito’, ‘Platero y yo’, ‘El libro de las tierras vírgenes’ y otros títulos que ya no recuerdo. Me los agradecía, se iba a su habitación y los ponía cuidadosamente sobre la mesa de noche.

Allí los encontraba yo en la misma posición en que los había dejado. Pasaban los días y la cosa no cambiaba. Entonces tomaba un libro, nos sentábamos en el jardín y comenzaba a leerle algún trozo que me gustaba particularmente. Pero los ojos de la niña se iban tras cualquier insecto que volara o que pasara caminando cerca de nosotras.

No tuve mucho éxito en aquella empresa. Pero es que cada cual nace dotado ya de los dones que va a desarrollar en su vida.  Y a su debido tiempo, Silvia se fue  la Universidad a estudiar Biología. Ella y sus hermanas eran completamente felices en el jardín de los Dary recogiendo plantas y animalillos.

La primera vez que comí zompopos de mayo fue cuando Pedro Dary, que en ese tiempo apenas se levantaba seis palmos del suelo, entró con un sartén caliente y un canasto con tortillas al comedor de aquella acogedora casa en la zona 10.

Este año, hasta en junio vi un solitario zompopo en el jardín y por supuesto, le  perdoné la vida. Bastante trabajo debe haber pasado en estos días en que todo muere, se agosta, se hace escaso.

Libros. Irene tampoco se aficionó a mis libros. Prefería reunirse con sus compañeras de colegio y dedicarse a hablar y fiestear con ellas. Continúa igual. Aunque se hizo arquitecta, su mayor placer consiste en organizar reuniones: los compañeros de la universidad, las ex alumnas de La Asunción. Ganaría fortunas organizando celebraciones ajenas, pero se abstiene. Dice que es mucho trabajo. Nadie le cree, por supuesto.

Con la tercera, Carmen Lucía, ya no hice esfuerzo alguno. Y me sorprendió mostrándome, antes de los diez años, unas obras de teatro que me entusiasmaron. Pero muy joven se enamoró, se fue de Guatemala siguiendo al marido y estudió cuestiones financieras y de administración. Hay que reconocer que es feliz con su profesión.

Perdí las esperanzas y agradecí al cielo que mis hijas hubieran escogido sus propios caminos. Creo sinceramente que son felices. Pero me preocupaba el futuro de mi biblioteca.

Es cierto que a Alejandro mi nieto, le gusta leer. Y estoy segura de que si publicara lo que escribe, le iría muy bien. Pero tiene un gusto irreprimible de irse de viaje a los lugares más improbables  del mundo. A veces regresa, saquea los anaqueles donde reposan los libros, y solo Dios sabe dónde los deja cuando ya los exprimió.

Pero la felicidad me aguardaba a la vuelta de la esquina. Ya no la esperaba y veía ominosamente hacia los abarrotados anaqueles, hacia los libros que se van amontonando por toda la casa, a pesar de haber donado suficientes en el pasado.

Hace poco más de dos años, Daniela, la menor de mis nietas —el epítome de la discreción— terminó el bachillerato e impertérrita anunció que iba a estudiar letras. La saqué a rastras de su casa  y la puse frente a los libros: esto es tuyo, le dije, y entendí perfectamente la expresión de su rostro.

Ya está en el tercer año de la carrera y sus catedráticos hablan maravillas de ella.

Hace un par de días fuimos a Filgua por la mañana. A propósito. La mayoría de los presentes  era niños de escuela. No encontramos a nadie conocido. Entonces tuvimos tiempo de meternos entre los libros, acariciarlos, escoger suficientes y hablar hablar hablar…

Ya no siento angustia cuando entro a la biblioteca. Daniela me la ha borrado para siempre.

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