Lunes 12 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

LA MÚSICA DEL TIEMPO

Con toda su estridencia y su aparente caos, el mundo es hoy recorrido por un Espíritu que, lentamente, en la música de Carter, de Messiaen, de Boulez, en los relatos de Pynchon, de Foster Wallace, en la pintura de Freud y en el inconsciente deseante de cada uno de nosotros, se dedica a recoger las piezas perdidas de un “sistema de regularidades irreconciliables”.

Fecha de publicación: 24-07-16
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Por Oswaldo Salazar

El gran pianista neoyorquino Charles Rosen, que conocía como nadie el mundo del romanticismo, nos recuerda en el que debe haber sido su último artículo sobre el músico nortemericano Elliot Carter, que un filósofo alemán preromántico, Johann Georg Hamann, solía decir que el sentido musical le había sido dado al ser humano para medir el tiempo.

La filosofía se ha ocupado de ese objeto temático que es el tiempo desde la época presocrática. Pero la afirmación de Hamann, me parece, introduce una noción que podríamos considerar nueva en la medida que consideremos a Hamann un momento, un paso previo a ese gran episodio del espíritu de Occidente que es el Romanticismo.

Se refiere el filósofo preromántico a la forma (o las formas) en que experimentamos no tanto el paso, el flujo del tiempo, sino el ritmo de los tiempos. Las geometrías perfectas de un Johann Sebastian Bach, por ejemplo, escritas y ejecutadas en espacios sagrados la mayoría de ellas, buscan dar expresión a esa experiencia fuera de la experiencia que es el sentido atemporal de la eternidad. La Ilustración, posteriormente, cuando llega a tocar ese sentido interno del tiempo, rescata al ser humano de la teología de Bach y lo devuelve a un mundo que, aunque mundo, ha sido perfectamente racionalizado, lo que se conoce como la sintaxis del contrapunto y que encontramos en su máxima expresión en las últimas sinfonías de Mozart.

Ambos músicos, está demás decirlo, están comprendidos en la modernidad y, en esa medida, buscan dar una expresión representativa del tiempo. Esto es, buscan, con la escala tonal, sus armonías y sus juegos permanentes entre temas básicos y variaciones, dar expresión a la forma en que la consciencia se piensa a sí misma. Las catedrales sonoras de Bach, casi inhumanas, así como las medidas perfectas en el fraseo de un Haydn o un Mozart, dan cuenta de esa consciencia, llamémosla “cartesiana”, que al ver el mundo, al pensarlo, se ve y se piensa a sí misma. Una consciencia que termina dando la espalda al mundo y busca en él la confianza que confiere no el encuentro con lo particular, sino con el modelo y su dinámica obsesiva de repetición. No le basta a esta consciencia reconocerse en algo, debe ser en todo, siempre, sin excepción. Es esta una estrategia neurótica de identificación con el infinito. Ese infinito que el propio Descartes encuentra en el corazón mismo de lo finito, es decir, no la mente entendida en términos psicológicos, descriptivos, sino en una consciencia metafísica, pensante, que se separa de la sustancia extensa para encontrar en ella no el dato sensible, sino el subjetivo.

Este es el pensamiento que gobierna el siglo de Bach y, en su versión alemana, el siglo Ilustrado. Es hasta la llegada de la era napoleónica que las cosas empiezan a cambiar. Y el cambio no sucede en las facultades de filosofía sino en los seminarios teológicos de universidades como la Universidad de Tubinga, donde se empieza a construir una crítica de la consciencia trascendental kantiana en la lectura rebelde, esperanzada que jóvenes como Schelling, Hölderlin y, por supuesto, Hegel hacían de Fichte. Es la preocupación teológica, así como la estética, la que busca devolver el mundo de la experiencia sensible a la filosofía de la razón, es decir, repensar ese ámbito de la consciencia que Descartes había cerrado y cuyo círculo habían buscado romper desesperadamente grandes filósofos como Leibniz y Kant. Esto no va a ser posible, sino hasta que Hegel, inspirado por Hölderlin, empiece a encontrar el camino de una crítica inmanente de Kant de la mano de Aristóteles.

Este esfuerzo trajo consigo la preocupación por la historia, restableció, si se quiere ver así, la fecunda ambigüedad de la noción aristotélica de sustancia. Con ello, con este retorno del mundo a la consciencia en la figura del Geist, empieza a darse una nueva sensibilidad y, con ella, un sentimiento romántico que la era de la razón no había conocido.

La música, por su parte, recoge bellos frutos de este divino desequilibrio. Pienso en el nuevo sonido que Chopin encuentra en el piano, en los aportes revolucionarios del joven Schumann, o los del viejo Liszt. Esa línea de búsqueda de lo que hay de inexplorado en la experiencia es lo que recoge la música contemporánea. La estética de la ciencia ornitológica que encontramos en Olivier Messiaen es un buen ejemplo de esto. No es al azar que, al igual que los filósofos románticos, también él haya encontrado en la teología una fuente inagotable de inspiración.

¿Y el gran Elliott Carter?, ¿qué nos aporta su música compleja construida a lo largo de poco menos de un siglo? La crítica (y Rosen a la cabeza) tanto norteamericana como europea, lo consagra como el artista que mejor expresa la diversidad de ritmos en que se experimenta la vida hoy, esa complejidad en que pareciera como si eventos simultáneos se manifestaran de acuerdo a distintas medidas. En la música de Carter, esas medidas coexisten y se funden en una experiencia que no siempre se racionaliza en un sistema central. Rosen llama a esta mezcla “un sistema de regularidades irreconciliables”. En sus conciertos, en su música de cámara y orquestal, no reina un solo tempo. Hay distintos tempos para distintos grupos de instrumentos o, incluso, instrumentos solistas que, preservando su individualidad, pueden cambiar a otros grupos que se mueven a ritmos y tempos diferentes. Como en un trabajo polifónico de Bach, nos dice Rosen, el espectador puede apreciar la línea independiente y el interés individual de voces separadas, así como puede, al mismo tiempo, gozar de la forma en que se iluminan mutuamente. Y agrega que, en Carter, a menudo nos deleitamos de un rápido movimiento superficial, escuchado contra un trasfondo misteriosamente cambiante que le da a la superficie un nuevo sentido, más profundo y ambiguo.

El retorno del mundo a la consciencia o, si lo queremos decir con la teología de Karl Rahner, el retorno del Espíritu al mundo, se dice de muchas maneras… y se escucha en distintos tempos. ¿Cómo se vive en los primeros años del siglo XXI? Con toda su estridencia y su aparente caos, el mundo es hoy recorrido por un Espíritu que, lentamente, en la música de Carter, de Messiaen, de Boulez, en los relatos de Pynchon, de Foster Wallace, en la pintura de Freud y en el inconsciente deseante de cada uno de nosotros, se dedica a recoger las piezas perdidas de un “sistema de regularidades irreconciliables”. Y al hacerlo, tararea una canción: la música del tiempo, nuestro tiempo.

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