Lunes 24 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Bajo la piel de las palabras

Arturo Monterroso

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 17-07-16
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Usted recordará que en mi artículo de hace dos semanas escribí acerca de tres señoras, vilipendiadas la mayor parte del tiempo debido a su supuesta impertinencia cuando utilizamos el lenguaje: la gramática, la ortografía y la sintaxis. No obstante, he llegado a la conclusión de que no gozan de mucho aprecio porque no las conocemos. Y esa ignorancia genera recelo; es decir, temor, desconfianza y sospecha. Yo mismo viví mucho tiempo con esa aprensión, y todavía ahora me asalta de vez en cuando, como si el sistema de la lengua fuera parte de una teoría de la conspiración. También he escuchado decir que las reglas impuestas por la gramática tienen una propensión compulsiva a cercarnos, levantar muros y coartar nuestro libre albedrío para hablar y escribir. No obstante, son precisamente esas reglas las que nos ayudan a pensar, a expresarnos y a escribir con libertad, como dice la filóloga, Silvia Adela Kohan (en ‘Gramática para escritores y no escritores’, Alba Editorial, Barcelona, 2010) porque la libertad va unida a la precisión del lenguaje. Una paradoja. El lenguaje es una herramienta y si uno quiere escribir para que los lectores comprendan el significado correcto de lo que decimos, tenemos que aprender a usarla bien, como hacen con las suyas los plomeros, los músicos, los ebanistas, los cocineros y los cirujanos; no digamos si uno pretende ser escritor.

Y a los escritores se refiere Isaac Asimov (citado por Kohan) cuando dice que “puede ser que usted piense que la ortografía y la gramática son cosas superfluas. Después de todo, si usted escribe una historia brillante y espléndida, seguramente el jefe de redacción estará encantado de corregir su ortografía y su gramática. ¡No lo hará! Se lo dice un veterano, si su ortografía y su gramática son defectuosas, no podrá escribir una historia magnífica: el que no sabe usar la sierra y el martillo no puede fabricar muebles magníficos”. Por eso es importante la sintaxis, esa parte de la gramática que se ocupa de la manera como se interrelacionan las palabras, de cómo se unen para formar oraciones y expresar conceptos; del orden en que las escribimos porque el lugar que ocupan decide muchas veces su significado. Los vínculos entre los grupos sintácticos establecen relaciones de dependencia y hacen un aporte decisivo a las funciones informativas del discurso. Siempre recuerdo el titular principal de un diario que, con caracteres de gran tamaño, decía en la portada: “Alerta nacional origina tormenta”. Como se habrá dado cuenta el lector, uno tiene la impresión de que la alerta fue la causante de la tormenta, y no al revés. Claro que uno puede utilizar diferentes estructuras sintácticas para una misma oración, pero siempre y cuando su significado no se diluya en la ambigüedad.

La ortografía es un conjunto de normas que determinan cuándo y cómo debe utilizarse cada uno de los signos convencionales que constituyen la escritura. Es también una disciplina lingüística que se ocupa de describir y explicar cuáles son los elementos constitutivos de la escritura de una lengua y las convenciones normativas de su uso. Su función esencial es garantizar y facilitar la comunicación escrita entre los usuarios de una lengua mediante el establecimiento de un código común para su representación gráfica. Todo esto está escrito en la edición más reciente de la ‘Ortografía de la lengua española’ (2010) y lo reproduzco casi literalmente, dada su claridad expositiva. El libro tiene un poco más de 700 páginas y, fuera de lo estrictamente normativo, aporta información de gran interés, como los orígenes de la escritura alfabética o la correspondencia entre fonemas y grafemas, algo que parece indiscutible. Termino con una frase de Heidegger, el controvertido filósofo alemán, que aparece en un libro de la Fundación del Español Urgente: “El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre”.

Guatemala, 15 de julio de 2016

arturo.monterroso@gmail.com

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