Lunes 24 DE Junio DE 2019
El Acordeón

La primera “Línea”

La Telenovela

Fecha de publicación: 10-07-16
Por: Ana María Rodas

Me causan extrañeza esas fotografías y videos donde los imputados por diversas causas —que ellos consideran injustas, fruto de la capacidad de invención de la CICIG y del Ministerio Público— aparecen medio hacinados, medio dormidos, medio babiecas en la Sala de Vistas del Palacio de Justicia.

Por primera vez en mi vida veo a semejante cantidad de personas que están a punto de dar otro paso para convertirse en sujetos de un juicio que toda Guatemala, o al menos una buena parte de Guatemala, espera que los conduzca a prisión por una dilatada cantidad de años.

En las redes sociales se murmura también sobre el poner a funcionar la ley de pena de muerte. Es notoria la indignación ciudadana para llegar a ese extremo.

El problema, a mi juicio, es antiguo. Mientras en América del Sur —y más tarde en Cuba y en otros territorios colonizados por España— se peleaban verdaderas guerras de independencia, en el Reino de Goathemala las cosas eran más o menos calmadas.

Al menos para los criollos. Porque la población indígena ya sabemos en qué estado se había mantenido desde la llegada de los españoles a estas tierras. Cuando era pequeña me llamaba dolorosamente la atención que los indígenas anduvieran descalzos, mal nutridos, cargando —real y metafóricamente— todo aquello que los descendientes de los criollos no querían llevar o hacer.

Para ellos lo único que ha cambiado, aparentemente, es que ahora llevan caites o zapatos de plástico. Mas no es cierto, pero ese drástico cambio experimentado por los descendientes de los primitivos pobladores merece un análisis largo y solitario. Sin imputados que parecen aparecer por debajo de las piedras.

(Mientras escribo esto, hay nuevos capturados: dos estructuras, dicen, que habrían lavado más de Q100 millones.)

Vamos al 15 de septiembre de 1821, esa fecha que en el colegio nos hicieron creer que había sido el día de la Independencia Nacional.

Con lo que llevo visto  y considerado en vida, esa fecha fue la del establecimiento de la primera Línea: ¿Para qué le vamos a pagar impuestos al Estado? (Aunque el Estado entonces fuera una Corona) Si podemos quedarnos con todo.

Tenemos el terreno, los indios que hacen el trabajo sucio, hemos importado esclavos negros…

Y a lo mejor —pensaron algunos— nos anexamos a la Nueva España, ahora que las cosas han cambiado y algo más sacamos…

No sé si dijeron Nueva España o México, pero ustedes me entienden.  Y se hizo la anexión, que resultó en la pérdida de territorio, como sabemos.

Pero estábamos en el 15 de septiembre.  Los criollos no sabían gobernar, pobrecitos.  Entonces le pidieron justamente al representante de España, Gabino Gaínza, que fuera el presidente. Menuda independencia.

Lo que sí aprendieron los miembros de aquella primera Línea fue  el evitar a toda costa pagar impuestos justos. No cabe en esta columna hablar con propiedad del estado en que mantuvieron a esos indígenas que hacían todo el trabajo por ellos, dedicados a tomar el chocolate, a lucir espléndidos trajes, a visitar las fincas para controlar que no fuera a perderse siquiera un grano de maíz.

Maíz que, con la llegada de Justo Rufino Barrios — personaje que requiere una desmitificación apropiada a su debido tiempo— se convirtió en café.

Durante su gobierno se despojó a los indígenas de las “tierras de indios” que repartió entre los oficiales de su ejército y entre los alemanes que se habían asentado en las Verapaces.

El sistema productivo de Barrios fue la acumulación de la propiedad en pocas manos y la llamada servidumbre de finca. No hablemos del Reglamento de Jornaleros.

Aquello fue otra forma de Línea. Porque de eso trata la Línea, de empobrecer al prójimo y engañar al fisco para hacer crecer las riquezas propias.

De ahí mi extrañeza al contemplar a los linieros actuales. Descubiertos e imputados. Y cómo hablan de debidos procesos y presunciones de inocencia, justo cuando han caído aquellos que representan a los criollos de 1821 y de 1871. Sobre estas cosas no hablaban cuando habían caído solo sus criados.