Lunes 24 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

Tres señoras aburridas

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 03-07-16
Por: Arturo Monterroso
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Y a veces intransigentes, difíciles y mal modosas, para no hablar de lo complicadas que son. Bueno, a simple vista eso parecen. Y también incomprensibles, rígidas, histéricas y voluminosas: la gramática, la ortografía y la sintaxis. Odié durante mucho tiempo a esas tres señoras impertinentes y desagradables, hasta que un día, ya adulto (de niño y adolescente fui un fracaso anunciado), descubrí que tenían un extraño encanto, una rara sensualidad, una manera de seducir que yo desconocía hasta ese momento. Después de todo, resulta que son útiles para expresar con precisión lo que uno piensa. Había descubierto una entrada secreta, un tacto inesperado, un océano que podía llevarme a nuevas tierras. Y, como sucede con todo lo que descubrimos tardíamente, esos territorios de ultramar me parecieron un universo recién creado, aunque siempre había estado allí: en la misma tierra firme, con sus adverbios, sus comas, sus pronombres y sus adjetivos, para no mencionar vocablos altisonantes como anfibología, perífrasis y remática, que parecen nombres de enfermedades. El hallazgo no sucedió antes quizá porque mis queridos y anodinos profesores nunca habían viajado más allá de su vecindario y carecían de imaginación, de curiosidad y de la pericia que da el antiguo ejercicio de la duda. Además, no tenían entusiasmo por lo que enseñaban. Pero hay que decir también que yo vivía en la atmósfera enrarecida de una rebeldía opaca, en el territorio de la ignorancia inmóvil, en el reino de los anuros. Así que no puedo culparlos de mi falta de inquietud por descubrir qué había bajo la piel de las palabras.

La gramática, dicen los académicos (yo me excluyo de esa categoría porque no soy más que un inquisidor diletante), es la ciencia que estudia el sistema de una lengua y cómo se organizan sus elementos. Es también el arte de hablar y escribir correctamente; es decir, de acuerdo a una convención que nos permite comunicarnos a los cerca de 470 millones de personas cuya lengua materna es el español. Y con otros cuantos, quizá unos 80 millones más, que lo hablan. La gramática tradicional (porque fíjese que hay estructural, generativa y transformacional, solo para mencionar algunas), que comenzó como un instrumento de la filología, es el antiguo oficio de las letras que heredamos de los griegos, quienes incluían en este arte a la ortografía, la sintaxis, la crítica de los poetas y la interpretación de los textos. O, como dice Andrés Bello en su Compendio de la historia de la literatura, publicado en 1850: “…abrazaba entonces todo jénero de erudicion filolójica”. En efecto, la base del sistema de nuestra lengua es la Gramática de Dionisio Tracio, la Sintaxis de Apolonio Díscolo y la Prosodia y la Ortografía de Herodiano de Alejandría. Elio Herodiano (sí, también se llamaba Elio) fue un temerario discípulo de Apolonio que revisó, en 21 libros, la correcta acentuación de cerca de sesenta mil palabras. Claro que no solo se entretuvo en eso, ya que escribió unos treinta tomos relacionados con la gramática. Era el siglo II. Y no había computadoras. Hay que decir que Herodiano era hijo de Apolonio Díscolo, con quien no siempre estuvo de acuerdo, y también que algunos datos de este texto los tomé de la introducción a la Gramática de Dionisio Tracio (Gredos, 2002), escrita por Vicente Bécares Botas.

Pero dejemos a los griegos, que ya ha pasado bastante tiempo desde que sistematizaron los conocimientos de gramática que había entonces. Basta recordar que ese sistema es el que tomaron los romanos, lo llevaron a la Hispania y, después de atravesar mares, selvas y ríos caudalosos, llegó hasta nosotros, convertida en una ciencia. Sobre las otras señoras, la ortografía y la sintaxis, hablaremos dentro de un par de semanas. Sin interés didáctico, claro, sino por pura gana de averiguar sobre vidas ajenas.

>arturo.monterroso@gmail.com

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