Miércoles 18 DE Septiembre DE 2019
El Acordeón

La ciudad de los minotauros

Un apartamento sin fronteras y una minúscula librería en East Village son los escenarios que proponen a Felipe, el protagonista de La ciudad de los minotauros, dos caminos de descubrimiento: hacia una mujer insondable y hacia la historia de un indígena ixil cuya diferencia cultural lo desafía. De manera sorprendente, la Guatemala más profunda surge, en medio de la gran metrópolis neoyorquina, como una reflexión de lo que significa ser contemporáneo. Narrada con pericia, Carol Zardetto nos propone una compleja novela con un toque cosmopolita y multicultural, de la que presentamos un fragmento.

Fecha de publicación: 26-06-16

Por Carol Zardetto

Como me había quedado solo y todavía era temprano, decidí recorrer los recovecos del East Village, barrio donde la decadencia de Nueva York y su aferramiento a un pasado más brillante resulta evidente. Cuando llegué a St. Mark’s Square, encontré una diminuta librería. Entrar me resultó inevitable. A diferencia de las de consumo masivo donde todo libro parece un best-seller (con la sombra de duda que los best-sellers me causan), aquí cada volumen era único. Se trataba de libros usados y no había más que un ejemplar de cada uno. Ediciones desaparecidas, libros imposibles de encontrar, verdaderas reliquias. La selección era muy sofisticada. No me cansaba de hurgar en los anaqueles y no sé cuántas horas pasaron mientras hojeaba y leía, como un goloso que se atiborra en una tienda de dulces. Los libros más costosos estaban colocados en una vitrina con llave: una copia de Siete manifiestos Dada, de Tristán Tzara, el famoso libro que Marcel Duchamp escribió sobre el ajedrez y que, según los comentarios, ningún ajedrecista pudo utilizar jamás debido a su impracticidad, Testimonio contra Gertrude Stein, con textos de Georges Braque, Henri Matisse, Maria Jolas y otros, que recoge  ácidas críticas  contra la liviandad de criterio con el que la conocida mecenas del arte de vanguardia juzgaba  su época y a sus protagonistas, Noa Noa. Voyage de Tahiti, relato de los dos primeros años de Gaugin en aquel paraíso. Man Ray, Mr y Mrs. Woodman, una extraña obra de montajes fotográficos que el artista realizó con dos figuras de madera que parecen sorprendentemente vivos. Aunque cueste creerlo, se trata de un libro erótico. Con precios en miles de dólares, estos libros habían trascendido su valor literario. Eran objetos destinados a los coleccionistas, piezas de museo. En todo caso, valiosos monumentos del pensamiento occidental. Sigo mi travesía como Alicia vagando por el País de las Maravillas. A cada recodo espero encontrar un libro dotado de posibilidades mágicas que altere mi rumbo. Me convierto en un viajero que se entrega voluntario a aquellos míticos límites del mundo donde se encontraba el jardín de las Hespérides. En un rincón hay un estante olvidado. En la parte alta, un volumen se destaca por su empastado rústico, casi improvisado. Leo el título y me deja estupefacto: El contador de los días. La historia de un adivino ixil de Guatemala.  De pronto, me asalta la imagen de esta ciudad como una biblioteca cuyas dimensiones solamente un alucinado podría haber imaginado. La humanidad entera está narrada en su monstruosa vastedad. No solo con palabras. Nueva York es el escenario, la galería, el cine, que despliega la cultura humana en su intrincada y compleja diferencia para entregarla a quien esté abierto a la experiencia de VER. En el profuso espectáculo, infinidad de mundos se tocan en una magnánima confusión de identidades. Desnuda, sin pudor, la maquinaria creativa de las culturas sobre la línea ondulante del tiempo. Estoy fascinado. Abro el extraño ejemplar y me percato de que es un manuscrito. Leo a mansalva. La historia de un anciano indígena de Guatemala, contada por él mismo, con tanto poder narrativo que puedo escuchar su voz dentro de mi cabeza.  Se trata de una investigación realizada por una pareja de antropólogos norteamericanos. La labor de los antropólogos extranjeros en mi país no me es ajena. Sin embargo, esa circunstancia no borra el impacto del hallazgo.  El momento deja de ser inocente. Soy un hombre mestizo que, en medio siglo de vida, en un país fundamentalmente indígena, nunca dedicó cinco minutos para escuchar qué tenían que decir. ¿No tenía oídos?  El libro se vuelve acusación. Quiero dejarlo en el mismo lugar donde lo encontré y olvidarlo. De una manera intrincada y atroz, estoy implicado con ese viejo “contador de los días”. No importa cuál sea su historia, es también mi historia. La lucidez de esta afirmación me toma por asalto. Me siento ansioso e infeliz. “Nunca supe si fue editado…”, el librero se acerca, acentuando con su propia decrepitud el mohoso olor que es parte de la atmósfera. “Alguien lo trajo y logró vendérmelo por una suma interesante. Entonces me pareció buena idea, quizá podría captar la atención de algún editor especialista… pero ha estado allí, empolvándose, sin que nadie le ponga el ojo. Si le interesa, puede llevárselo. Es hora de limpiar un poco…”. Lo empacó sin esperar mi respuesta y me lo entregó como a un niño huérfano que se deja frente a una puerta sin preguntar.   Vacilé ante la mano extendida del librero que sostenía el paquete. A través de sus enormes anteojos me miró con seriedad. Supe, como se saben ciertas cosas, que debía aceptar aquel objeto. Tomé el regalo y me apresuré a salir de allí.

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La siguiente semana transcurre en medio de un agónico esfuerzo por acostumbrarme a mis nuevas condiciones de vida. El apartamento tiene la curiosa cualidad de hacer que me sienta sofocado.  Es pequeño y el calor resulta insoportable cuando la humedad se abate sobre la ciudad con su abrazo lascivo. Mi frustración me recuerda que el anuncio que me llevó a alquilarlo hablaba de un apartamento amueblado, lo cual resultó una flagrante mentira. La carencia de las más elementales piezas para el acomodo, me irritan cotidianamente. Pero sé que no se trata solamente de un asunto de comodidad.  El vacío que me provoca la cama arrinconada y las maletas abiertas en el suelo, sin nada que cubra el espacio o la desnudez de las paredes, me ocasiona una angustia tan sofocante como el clima. Resuelvo el predicamento hurgando entre la basura que depositan cada noche los habitantes de los edificios aledaños. Aparte de lo que propiamente se podría llamar basura también se encuentran cajas con libros (rescato una muy buena edición del Ulises de Joyce), lámparas, mesas, sillas y hasta ropa.  Cada noche, al regresar, llego con un nuevo elemento para rellenar mi desolación. Toni, mi elusiva compañera de apartamento, aparece y desaparece a discreción, marcando un caótico patrón de comportamiento que, me cuesta admitirlo, ha logrado despertar mi curiosidad. ¿Qué hace esta mujer? ¿Dónde existe cuando no está aquí?  Mis pulcros esfuerzos por respetar su privacidad, a pesar de las fronteras abiertas que impone el arreglo arquitectónico, han terminado. Despacio, me he ido abandonando a un vicio creciente: repartir abiertas miradas sobre su intimidad, tan tentadoramente abandonada, convirtiendo su condición inicial de extraña en alguien con quien tengo una peculiar familiaridad. Los últimos días, me he sorprendido hurgando con osadía las superficies de su desorden. Exijo a los papeles furtivos donde garabatea números telefónicos y mensajes crípticos que me entreguen el secreto que guardan. Ausculto fotografías y otras huellas de su existencia, para guiarme en el nebuloso camino de construir su imagen. Sus múltiples rostros me asaltan desde las fotografías empolvadas. Toni joven, increíblemente joven, con falda campesina y pies descalzos; Toni de la mano de un tipo barbudo y de anteojitos (está embarazada y parece dichosa); Toni con hiperbólicas botas que trepan por sus muslos y un vestido de encaje negro, su cabello vuela salvaje y su rostro es a la vez intenso e iluminado, como si la imagen hubiera sido captada en un momento sagrado. Tiene un micrófono en la mano. Toni, con el gesto marchito, descuidada, el pelo muy corto, escondida tras unos lentes oscuros. Abraza a una jovencita pálida y delgada, con mirada brillante pero vacía.  Parece asustada. Como si resistiera el abrazo. Después de muchas vacilaciones, abrí el armario. Sentí su olor. Atravesé una nueva frontera: jugué con la idea de tocar su cuerpo, recorrer sus sinuosidades, sumergirme en la textura de su piel. La peligrosa travesía hasta su físico me provocaba pero, al mismo tiempo, me causaba un reverencial temor: hasta ahora ella no era humana, sino un pretexto de la fantasía. Algo que puede manosearse sin consecuencias, algo que pertenece al mundo de la ficción.  Acercarme a su cuerpo sería otra cosa. Su ropa era la que usaría una mujer acostumbrada a seducir con su presencia (sedas, trajes de noche atrevidos, collares, pulseras, zapatos de tacón aguja, coquetos botines…) pero desgastada, deslucida. Las piezas se amontonaban por todas partes, arrugadas y revueltas. Como si un reino feliz hubiese entrado en el caos. Voy construyendo su imagen desde mi propia lógica, desde la tiranía de mis prejuicios, desde el desbocamiento de mi imaginación. No entiendo por qué, pero me resulta necesario encontrar el rostro verdadero de esta mujer. Su presencia/ausencia, me inquieta, me devana los sesos. Me resulta urgente encontrar sentido a mi fascinación. ¿Qué me empuja a esta fantasía inútil? ¿Hasta dónde llegaré en esta violación de su vida? ¿Por qué la manoseo, impudoroso? ¿Llegarán a tocar tierra estas interrogantes que como barcos navegan entre las tinieblas?