Martes 20 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

El espejismo de la libertad

Después del nihilismo existencialista, después del estupor heideggeriano, después del cinismo postmodernista o del furor postcolonialista, con sus desconstrucciones, fragmentaciones y relativizaciones, henos aquí de nuevo delante del imperialismo de la ciencia, con aseveraciones fatalistas y tajantes, inobjetables y repetibles.

Fecha de publicación: 26-06-16
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Por Dante Liano

El eterno aprendizaje de la lengua inglesa me ha traído un beneficio: conocer el mito de Sísifo; como ese personaje de la mitología griega, infinitas veces he cargado la piedra del inglés a mis espaldas, he escalado la montaña, y una vez arriba, he echado a rodar la piedra hacia la llanura, para después de algún tiempo comenzar de nuevo. Cinco años de escuela secundaria y de pésimos profesores distraídos no fueron suficientes, y al final del bachillerato, se podía recitar el poema de Nicolás Guillén: “Vito Manué, tú no sabe inglé… tu inglé era de etrái guan,/ de etrái guan y guan tu tri.” El último maestro era un sonrosado gordito, de buena familia, con traje de casimir y corbata de pajarito, que se enfurecía por haberse educado en los mejores colleges del Canadá para terminar enfrentado a una banda de salvajes analfabetos. Con él aprendí mucho y también aprendí que idioma no practicado, idioma olvidado.

En uno de esos esforzados intentos, me tocó traducir un docto artículo sobre el anarcocapitalismo.  Descubrí, con tal ensayo, que los anarquistas no siempre pueden ser colocados en el área de la izquierda. Existen anarquistas de derecha y no son menos aguerridos que sus análogos del área adversaria. Predican la desaparición del Estado, en todas sus formas de control de la sociedad. Le dejan una función meramente decorativa, o, al máximo, de árbitro entre grupos en contraste. Los anarcocapitalistas tienen como suprema fe el sistema económico capitalista, una especie de dios laico que regula automáticamente las relaciones entre los hombres. De manera que la sociedad se convierte en una suerte de circo romano, en donde salen a la arena individuos armados de inteligencia, talento empresarial y capacidad de invertir sus ahorros. Las únicas reglas son la libertad absoluta de cada uno, la competición feroz, la imaginación para hacer dinero y una enorme capacidad de trabajo. Triunfará el mejor. A este tipo de sociedad se le llama “una sociedad libertaria”.

 

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La utopía libertaria escucha la palabra “público” como el gato ve el agua. Al contrario, sus oídos se endulzan con lo privado. Los anarcocapitalistas predican la privatización de toda la sociedad, incluso lo que normalmente se entiende como hegemonía del Estado. Privada el agua, privada la electricidad, privadas las comunicaciones, privada la educación. Solo una sana competición capitalista entre empresas privadas puede producir un mundo mejor, sostienen. Muchos países de América Latina experimentan parte de esta doctrina. Hay algunos en donde se producen cómicas paradojas: el transporte público es privado. Y no es que sea el mejor del mundo. La exasperación de la doctrina lleva a predicar la privatización de los tribunales y (algo que ya está ocurriendo con las policías privadas) la privatización de la seguridad nacional. En lugar de la Policía Nacional (notoriamente corrupta) y el Ejército Nacional, grupos de policías privados y un gran ejército de mercenarios.  Corolario de estas ideas es la eliminación de los impuestos, que los libertarios consideran un robo por parte de un Estado que no debería existir.

La base filosófica del anarcocapitalismo y de la doctrina libertaria se encuentra en la afirmación de que todos somos libres (o deberíamos serlo) y que ese libre albedrío nos lleva a escoger lo que tenemos que hacer en la vida. El talentoso, el meritorio, el emprendedor, tendrá su premio inmediato traducido en moneda nacional: será rico, próspero y feliz. El holgazán, el de pocas luces, el comodón recibirá menos que los demás y su castigo será el fruto de su elección: será pobre y dependerá toda su vida de los que han destacado por sus propios méritos. La cuestión de que no todos nacemos iguales: los enfermos, los diversamente hábiles, los inválidos tendrán su remanso en el ejercicio de las actividades caritativas privadas, que será característica de los ricos en la utopía libertaria.

Hasta aquí mi desordenado y poco aplicado resumen de la doctrina anarcocapitalista. Creo que si debiera sostener el examen obligatorio que algunas universidades latinoamericanas de marca neoliberal exigen a sus estudiantes, no saldría muy bien parado. Paciencia.

El libre albedrío

Una reciente lectura ha completado las reflexiones libertarias, no el aprendizaje del inglés. Según esa lectura, la propuesta inicial de la existencia de un libre albedrío está siendo objeto de un serio debate no solo en ámbitos filosóficos. Y se prospecta la sombra de otro de los monstruos engendrados por ese siglo XX que creíamos haber dejado a la espalda, y que de vez en cuando regresa vestido con paños nuevos. Se trata del determinismo positivista de fines del siglo XIX y principios del XX.

La severa condena de un olvidado Obispo de París se abatió, en 1275, sobre dos tesis doctrinarias consideradas heréticas: “Que la voluntad humana quiere o escoge por necesidad”, “Que el libre albedrío es una potencia pasiva y no activa; y que es necesitada por el objeto deseado”. Cinco siglos más tarde, Julien Offray de la Mettrie tuvo que exiliarse de Francia por un tratado antiespiritualístico, y sucesivamente se exilió de Leyden por su El hombre máquina (1745), que explicaba la conducta humana a través de la actividad fisiológica y cerebral. En el posterior Discurso sobre la felicidad, afirmaba que la voluntad está necesariamente determinada a desear lo que puede constituir una ventaja real para el alma y el cuerpo.  O sea, no deseamos lo que queremos, sino lo que podemos desear.

Debo tales informaciones al investigador Andrea Lavazza, autor de un interesante ensayo sobre la oposición entre verdades científicas y “sentido común”: Libertà come illusione e un ribaltamento del senso comune (en AA. VV. La guerra dei mondi. Scienza e senso comune, Codice edizioni, 2016). Lavazza prosigue su reseña de científicos deterministas con Galileo: el mundo es un gran reloj y todo, incluso los seres humanos, se mueve armónicamente con la precisión exacta de un engranaje universal;  Laplace (1814): el estado presente del universo es efecto de su estado anterior y causa de su estado futuro; Claude Bernard (1865): hay un axioma científico según el cual la vida está determinada en modo absoluto, sin posibilidad de cambios voluntarios; Peter Inwagen (1983): puesto que lo sucedido antes de que naciéramos no depende de nosotros y tampoco las leyes naturales no dependen de nosotros, la consecuencias de nuestras acciones tampoco dependen de nosotros; el Premio Nobel Francis Crick: “tus alegrías, tus dolores, tus recuerdos y tus ambiciones, tu sentido de libertad personal y de libre albedrío no son más que la actividad de una amplia organización de células nerviosas y de las moléculas relacionadas con ellas”; Marta Farah (2005): nuestro comportamiento está determinado totalmente por el funcionamiento del cerebro, a su vez determinado por la interacción entre genes y experiencia; todo lo que hacemos lo hacemos instintivamente, como el reflejo de la rótula después de que un martillo ha golpeado la rodilla. Las anteriores definiciones recuerdan la definición del beso de la modesta y discutible Wikipedia: “El beso es la contraposición anatómica de dos músculos Orbicularis Ori, en estado de contracción”.

Por si no bastara, Lavazza insiste basándose en un par de argumentos bastante convincentes. En primer lugar, el adelanto de la neurociencia, la cual sostiene dos puntos fundamentales: 1) que las intenciones conscientes están precedidas por procesos cerebrales inconscientes; 2) que la conciencia no conoce los procesos automáticos que originan nuestra conducta. El ejemplo supremo de estos dos puntos es el uso del lenguaje: hablamos sin darnos cuenta de todos los procesos que se requieren para que se produzca el milagro de la comunicación humana y está bien que sea así. También: experimentos sobre reacciones espontáneas han demostrado que un momento antes que la conciencia elabore una respuesta, ya se ha activado el área del cerebro que determina esa respuesta (John Dylan Haynes).  En segundo lugar, ese factor impalpable que llamamos “suerte”. La suerte, afirma Lavazza, nos da el lugar de nacimiento, los padres que tuvimos, nuestro perfil genético, el encuentro de la persona de la cual nos enamoramos… Ese tren que pasa y que nos hace ricos para toda la vida o que no pasa y nos deja en la eterna y detestable pobreza.

El sentido común

La curiosa consecuencia de la constatación de nuestra falta de libre albedrío (apuntalada por una cantidad abrumadora de autoridades científicas, desangeladamente convencidas de no tenemos ni el mínimo chance de escoger lo que queremos) no es la caída en el nihilismo, en el pesimismo o en el desorden.  La conciencia del determinismo no implica necesariamente un “rompan filas” y que cada quien haga lo que quiera. Tiene, en cambio, una consecuencia humanista que los deterministas sostienen con pasión. Aceptar los postulados de la neurociencia implica también imaginar una sociedad nueva, no basada en el individualismo, en sistemas económicos consumistas (se puede manipular el deseo, como la publicidad demuestra) ni en sistemas que premian el mérito y castigan la falta de mérito. Una sociedad que comprenda que nuestros actos son fruto de una combinación de genética, factores sociales y cultura, sería más comprensiva y compasiva con los que se salen de la “normalidad”. Si el delincuente no lo es porque quiere, sino porque ha sido empujado a delinquir, su tratamiento no sería necesariamente punitivo, sino más bien reeducativo y de reinserción social (la pena de muerte estaría fuera de cualquier razonamiento). Un delincuente sería como un enfermo: entra a la cárcel como el infectado por una rara bacteria entra al hospital para ser curado de su padecimiento a través de métodos proveídos por la neurociencias (¿alguien recuerda La naranja mecánica?). En síntesis, una justicia no retributiva, una sociedad menos competitiva y más compasiva, y una economía no consumista.  En confirmación de la afirmación de La Mettrie: “somos desgraciados porque nos recriminan constantemente que no hicimos lo que no podíamos hacer”.

Al final de su ensayo, Lavazza tranquiliza a quien pudiera alarmarse del resultado de sus estudios. En primer lugar, nos recuerda que creer en el “sentido común” parece una necesidad cultural de los seres humanos. Pese a los avances de la ciencia y de las pruebas que se presentan todos los días, todo el mundo prefiere creer que es libre y que sus elecciones provienen de su voluntad. También que somos menos comprensivos de lo que parecemos: no obstante la neurociencia y la filosofía, no perdonamos a los que nos ofenden. Podemos saber que la acción que nos ha dañado es fruto de neuronas, sinapsis y genes, pero a la primera de cambio nos vengamos de quien nos ofende. No es que decimos: “pobrecito, la evolución de la especie lo ha condenado a actuar de ese modo”.

En segundo lugar, Lavazza nos recuerda algo fundamental: los descubrimientos científicos no son eternos, sino que están sujetos a revisión y cambio. No son dogmas y por tanto, las conclusiones filosóficas que se extraen de ellos son tan metafísicas como la argumentación contraria.

En tercer lugar, nos advierte del peligro que encierran: si las neurociencias están tan avanzadas, corremos el riesgo de utilizarlas para neutralizar la movilización social: por ejemplo, a un empleado víctima del mobbing, en lugar de darle justicia, se le pueden dar psicofármacos para que acepte con una sonrisa su situación, para que siga produciendo más, para que no proteste…

Es como si el péndulo de la historia regresara lentamente al cientificismo positivista de principios del siglo XX. Después del nihilismo existencialista, después del estupor heideggeriano, después del cinismo postmodernista o del furor postcolonialista, con sus desconstrucciones, fragmentaciones y relativizaciones, henos aquí de nuevo delante del imperialismo de la ciencia, con aseveraciones fatalistas y tajantes, inobjetables y repetibles. Como si Lombroso resucitara y se pusiera, de nuevo, a medir cráneos, a vaticinar delincuencias según la conformación fisiognómica, que ahora llaman profile. Con el peligro, más que real, de tratar las humanas rebeliones, las necesarias inquietudes, las ansias de infinito, con una buena dosis de refinados antidepresivos, y, si necesario, con adecuados electroshocks. Adiós al doctor Freud y bienvenido, de regreso, el famoso doctor Pavlov y sus perritos salivantes.

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