Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Se vende

Mi modesta propuesta consiste en que el Estado guatemalteco venda a Miguel Ángel Asturias a cualquier otro país, preferiblemente a los de lengua española, pero si hay un postor de idioma diferente, por ejemplo, los compañeros comunistas chinos, no desdeñaría la probable jugosa oferta.

Fecha de publicación: 12-06-16
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Por Dante Liano

(N. d. A.: Cuando creía que el licenciado Abundio Revolorio era, como se suele decir en el barrio del Gallito, “cuete quemado”, ha llegado a mis manos un insólito manuscrito, en el que se me revela que el famoso licenciado, además de ejercer la profesión en su bufete de trampas, imparte clases en una Universidad privada y que sigue esparciendo sus notables enseñanzas para las almas cándidas que quieran escucharlo. Lo firma un tal “Eduardo Torres”, pero algo me dice que se trata de un seudónimo, extraído de famosa obra literaria. Lo transcribo, sin asumirme la responsabilidad de lo escrito (que, obviamente, no comparto) solo por curiosidad y para mantener viva la memoria de Revolorio, cuyas lecciones se ve que han calado en sus aprovechados alumnos. D.L.).

Debo a mi venerado y venerable maestro, el profesor Abundio Revolorio, experto en Derecho Universal y Comparado, la exención completa y de por vida de la lectura de la obra de Miguel Ángel Asturias. (El maestro Revolorio poseía, además, un filantrópico bufete de trampas y embustes, esencia de la profesión, razón vital del ejercicio jurisprudente, clímax práctico de estudios y memorizaciones). Mi adorado profesor dedicó un curso completo a la lectura  y destrucción de la tesis de graduación con la que Asturias obtuvo el título de abogado, tesis que ostentaba el aciago título de El problema social del indio, y que le valió el máximo premio de la Universidad de San Carlos de Guatemala en el año del señor de 1923, y en los años sucesivos, infinitos escarnios, denuestos y afrentas que se prolongan hasta nuestros días. El profesor Revolorio, durante ese curso, nos hizo leer, con gran beneficio y complacencia, a todos los autores que han empeñado parte (o la totalidad) de su fructífera vida a destrozar aquella tesis, con grandes, definitivos y demoledores argumentos.

Comenzamos con un brillante artículo del malogrado, quien en vida fuera, joven novelista del barrio “La Pedrera”, en donde discutía con variadas razones los motivos para olvidar a Asturias. Su argumentación, aunque insólita, era razonable: el gran escritor era demasiado bueno, harto óptimo, al punto de hacer daño a las generaciones nuevas, que se limitarían a copiar su estilo con patéticos resultados. Mejor borrarlo de nuestro mapa conceptual y comenzar de nuevo, inventar otra Guatemala más a nuestra medida. Después, enfrentamos la biografía escrita por un amigo y coetáneo del escritor, que si yo tuviera tales amigos, más valiera no tenerlos, pues su selectiva memoria le hacía recordar solo los episodios vergonzosos, que todos los tenemos, y si mi amigo, a quien llaman por mal nombre “el Dientudo”, escribiera un libro (gracias a Dios, no es capaz por motivos mentales, generacionales y analfabéticos) y en ese libro recordara nuestros viacrucis por las peores cantinas de la zona roja, le rompiera yo la cara antes de romper los libros felones.  Había otros varios, comprendido un furioso panegírico de grandísimo poeta, que no llegamos a comprender muy bien, sea por el lenguaje demasiado culto del autor, sea porque en una página decía que Asturias era un genio y en la siguiente que era un burro. Tanta coherencia argumentativa desconcertaba incluso al maestro Revolorio, que levantaba la ceja derecha como un signo de interrogación (los discípulos conocíamos hasta el mínimo tic del maestro, incluso alguno ligeramente tenístico, que me excuso de explicar). Terminamos el curso con la lectura de la edición crítica de la tesis, cuya erudición nos dejó literalmente aplastados y también dejó aplastada a la tesis.  Con eso, los discípulos decidimos evitar la lectura de la obra sucesiva de Asturias, con gran provecho de nuestras actividades extracurriculares, que consistían fundamentalmente en amenizar nuestros fines de semana con imperecederas borracheras y encuentros con discretas señoritas cuyo vivir es calificado como “mal vivir” y sería demasiado fácil jugar con las palabras y decir que era “re buen vivir”.  Pero ya lo escribí y acepto humildemente la acusación de ripiosa banalidad.

Tal omisión no puedo más que considerarla beneficiosa y sospecho que el maestro Revolorio la había aplicado con estupenda coherencia y no menos lineal circunspección. Nos ahorramos así el ataque a las dictaduras latinoamericanas contenido en El Señor Presidente, posición política muy correcta pero discutible, si pensamos en los innumerables beneficios que los grandes prohombres de toda América Latina han procurado a sus respectivas sociedades: ¿cómo quitarle razón a don Porfirio Díaz que imaginaba a los mexicanos como un pueblo infantil e impreparado para el progreso? ¿Cómo insultar la memoria del benemérito doctor Leónidas Trujillo, sin el cual la República Dominicana carecería del faro dedicado a la santa madre del señor presidente? ¿Cómo olvidar los beneficios de Maximiliano Hernández Martínez para los salvadoreños, la disciplina impartida a los nicaragüenses por la dinastía Somoza, único caso de aristocracia no aristocrática en el continente? ¿Cómo denostar al doctor Francia, que sacó al Paraguay del anonimato?

También nos ahorramos la lectura de ese mamotreto incomprensible que se llama Hombres de maíz, que tiene el agravante de querer rescatar la cultura de los mayas, en vez de exaltar la europea; la Trilogía bananera, más pesada que las pencas de banano en las espaldas de los trabajadores; Mulata de tal, alucinación psicodélica de drogado con peyote doble etiqueta negra y por fin, los cuenteretes de El espejo de Lida Sal. Si algún otro título olvido, me doy por excusado, pues no lo leí.

 

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Permítaseme un inocuo juego de palabras: pasar de la omisión a la proposición. Mi modesta propuesta (no me salió el inocuo juego de palabras y sí me salió la no deseada rima) consiste en que el Estado guatemalteco venda a Miguel Ángel Asturias a cualquier otro país, preferiblemente a los de lengua española, pero si hay un postor de idioma diferente, por ejemplo, los compañeros comunistas chinos, no desdeñaría la probable jugosa oferta. Podrían estar interesado México, que ya posee un Premio Nobel de poesía y ensayo, pues haría el doblete con un narrador, visto que no se lo dieron a Rulfo por breve y eficaz; mientras no lo reciban Sergio Ramírez o  Cardenal, podría interesar al nicaragüense Ortega, si algo queda de Nicaragua después de que el canal sobre el río San Juan lo parta en dos; Panamá tiene fondos, off shore,  y un Premio Nobel aumentaría las inversiones; Perú es grande y más grandes Vallejo y Arguedas, mas teniendo al Nobel Vargas Llosa, académico de la Real Madrid, no creo que se interese; Cuba, que explora nuevos horizontes, pues no tocó premio a Lezama o Carpentier, podría lucirlo nuevo y con campanillas, y sustituir la playeras del Che, que ahora fabrican hasta en Filipinas, con playeras del Gran Moyas; creo que podría hacerse buen negocio con Argentina, no habiéndolo tenido Borges por culpa del Informe contra ciegos del roñoso de Sábato, con el contimás (perdóneseme el popularismo) de que habiendo Messi y Papa, un Nobel coronaría el Triplete y la humilde modestia de los porteños se vería compensada con ese gesto para fortalecer su autoestima.

La consecuencia necesaria de la venta sería la abominación y abolición oficial de Miguel Ángel Asturias como guatemalteco. Podría crearse una dependencia del Ministerio de Cultura y Deportes destinada a la desaparición de Asturias. Especialistas en la cátedra de “Desapariciones Físicas Extrajudiciales” no faltan y podemos ostentar con orgullo esa excelencia nacional, aunque el mejor de los especialistas esté en la cárcel a causa de una conspiración organizada por un pequeño periódico de la capital y por haber noblemente pensado en sus dos familias mientras organizaba el Presupuesto de la Nación. Todos lo hacen, pero lo pescaron por honesto.

Se podría comenzar por la eliminación de las estatuas y monumentos dedicados al escritor. No se trata de un trabajo difícil: en un país que exalta los valores nacionales, hay menos de cinco. Se continuaría con la eliminación del “Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias”, pues, por ser anual, ya lo recibieron todos los que podían recibirlo y hasta los que no podían ni debían. Hubo un año en que estuvo a punto de ser honrado con la distinción mi maestro Revolorio, pero las malas lenguas lo arruinaron. Todas las escuelas que llevan su nombre cambiarían al nombre de otros que, por ser menos famosos, más lo merecen. Se extirparían sus obras de todas las bibliotecas nacionales, y se organizarían comandos internacionales para prenderles fuego a todas las de otros países que contengan aquellas obras. Un contrato especial a nuestro único informático, el doctor Rodin, autor de una “app” que lo ha hecho millonario, para que jaquee (si se me permite el neologismo) Wikipedia y cualquier sitio que mencione a Miguel Ángel Asturias. También inyecciones putinianas letales a los especialistas, como Gerald Martin y otros, para que desaparezca del mapa todo rastro de Miguel Ángel Asturias y que los compradores puedan comenzar a construir su imagen de nuevo.

Aparte del dinero recibido por la venta del autor, capital que se podría invertir en actividades de mayor mérito, como, por ejemplo, comprar quintales de cocaína para distribuir entre políticos, empresarios, jueces, policías y otras clases necesitadas; armas para beneficio de quienes las venden y para asustar a nuestros vecinos; un especial neurosiquiátrico para los opinionistas delirantes y/o paranoicos; otros beneficios se verían inmediatamente. Un gran ahorro de tiempo en los medios intelectuales, que dedicarían sus encomiables esfuerzos a otros temas positivos (destruir a Tito Monterroso, a Cardoza, a Mario Monteforte, a Landívar, al Popol Vuh), una fama internacional renovada, con una óptima carta de presentación: más droga, menos cultura; la vanidad de los escritores sobrevivientes revalorada; menos libros que leer, qué alivio; y naturalmente, visto que Guatemala no tendría más que otro Premio Nobel, pero de la Paz, se podría proponer para el de Literatura al más merecedor de todos: mi venerable y venerado maestro Abundio Revolorio.

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