Domingo 17 DE Febrero DE 2019
El Acordeón

América para los americanos y América para los demás

Lo propio de Donald Trump no es cuestión de programa político, es cuestión de seducir, y no hay que confundirse, no se trata de seducir a los mercados, se trata de seducir a quien es más fácil seducir, a la gente más sencilla, a ese tipo de americanos que creen en serio y sin malicia que ellos son los únicos americanos.

Fecha de publicación: 12-06-16
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Por Rogelio Salazar de León

Un rubio que, por el copete en la frente, recuerda a aquel malogrado cantante más famoso por sus caderas que por su voz.

Su popularidad es incuestionable, ya se sabe, desde antes de meterse en política Donald Trump ha subido como la espuma, y ahora después de su participación en las elecciones de su país es popular hasta aquí abajo (abajo quiere decir el sur), popularidad que ha conseguido hablando de los mexicanos, pero la verdad es que ha hablado de muchos otros, como quien con una sola piedra mata un montón de pájaros, muchos otros que, bien entendidas las cosas, somos todos nosotros, todos los latinoamericanos.

Como es bien sabido, toda esta retórica ha sido dedicada y ha girado en torno al tema del muro o the wall: que si se hace o bien no se hace, que si se completa o bien se refuerza, que si lo paga uno o bien lo paga el otro, que si al negarse a pagarlo está implícita la aceptación a que exista y se haga, que si al decidir hacerlo, extenderlo o reforzarlo cuenta para algo su experiencia como constructor de inmuebles, etcétera todas estas disputas han caldeado una frontera ya muy caliente de por sí.

Pero lo realmente curioso es que quienes apoyan a Trump, quienes son su gran caudal electoral, son los mismos que antes se alegraron y celebraron a voz en cuello que otro muro desapareciese y fuese demolido porque, ciertamente, en 1989 la caída del muro en Berlín tuvo un sabor tan republicano; resulta que quienes antes festejaron que cayera un muro para que las fronteras del mundo libre fuesen ampliadas, hoy festejan la construcción de otro muro para que dichas fronteras del mundo libre sean cerradas; parece que quienes antes clamaban para que no se discriminase a los que no habían tenido la oportunidad de probar las mieles de la libertad, hoy reservan dichas mieles solo para quienes están de un lado del muro; parece que quienes antes actuaban como si la libertad fuese una noción tan universal como para ser de todos y para todos, hoy están convencidos de que es solo para unos pocos.

Da la impresión de que lo realmente importante es el conocido y acomodaticio doble discurso y no tanto la libertad, su verdad y sus dulzuras; lo que importa es si las cosas pasan en mi casa o en la casa de otros: qué viva la libertad y qué caiga el muro cuando el problema es en casa de otros, qué viva la restricción y qué se levante el muro cuando el problema toca a mi puerta.

La verdad es que compartir un continente por dos que son diferentes y no se llevan o no se entienden no es nada fácil, la verdad es que la convivencia en un mismo territorio de quien se cree mejor en compañía de quien se cree peor no es fácil, siempre que ser mejor se defina como tener más.

Tal cosa resulta o llega a ser parecida a los matrimonios mal avenidos; al principio las cosas pudieron ser prometedoras o, incluso, capaces de crear entusiasmos o expectativas: juntamos lo tuyo y lo mío y lo llamamos nuestro, nos casamos y como nos queremos tanto ni siquiera se nos ocurre pensar en separar nuestros bienes; pero la vida es larga y a veces, casi siempre, duran más las subidas que las bajadas y, entonces, pasa lo que pasa; los furores iniciales llegan a causar tantos problemas que estos últimos son lo más frecuente y la vida misma, que son tal vez, lo más visible de la vida en común; hay muchísimos matrimónios en los que el amor ha caducado y se ha podrido y, sin embargo siguen juntos, siguen compartiendo la misma casa sin que ninguno se disponga a dejarla, a lo mejor dentro de ella se levantan muros porque ese territorio tiene que seguir siendo de los dos, muros que pueden ser reales o que pueden ser figurados, muros que pueden ser tan duros como paredes o tan duros como silencios.

Quien más parece haber querido poseer toda la casa (que ahora vuelve a significar el continente) es Estados Unidos; cuando un oriundo de allí se dice estadounidense usualmente dice americano, cuando se habla de Estados Unidos usualmente se habla de América, I am american es sinónimo de estadounidense; a ningún mexicano, argentino, peruano o guatemalteco se le ocurre decir: soy americano, siéndolo; quizá cuando dos cónyuges pelean siempre hay uno que se cree o se sabe más dueño de la casa común  que otro.

Donald Trump empezó a ascender desde antes de meterse en política, en la década de los ochenta del siglo anterior inició su camino, al amparo de otro con copete, por entonces, instalado en la casa más blanca del mundo y con una tropa de amigos y amigas muy influyentes a lo largo y ancho del mundo libre, desde Hollywood hasta el Vaticano.

Si Trump ejerce como un héroe actual para algunos a quienes les gusta reconocerse y llamarse a sí mismos emprendedores; si es conocido como autor de muchos libros de éxito y cuando se dice esto se dice best seller o éxito de ventas, si ha logrado inscribir su apellido en un lugar tan esplendoroso como la Quinta Avenida de Nueva York, a pocos pasos del Central Park y el Hotel Plaza; es porque su destino no es el de un holgazán ni el de un asalariado, él ha sido lo que se dice una suerte de gigante moderno o, quizá, la expresión más adecuada sea: un Atlas moderno.

Trump se ha metido a las elecciones como lo haría una estrella de la farándula o del deporte, seguramente porque eso mismo es en el fondo; las patas que sostienen su programa parecen ser: una franqueza que es descaro, un discurso que son frases, una riqueza que son acciones, un guapura que ya va estando rancia, unos remedios que son venenos y un copete que nadie sabe qué es.

Lo suyo no es cuestión de programa político, es cuestión de seducir, y no hay que confundirse, no se trata de seducir a los mercados, se trata de seducir a quien es más fácil seducir, a la gente más sencilla, a ese tipo de americanos que creen en serio y sin malicia que ellos son los únicos americanos; muy cercanos a los buenos de la películas de guerra y de vaqueros, a esos buenos americanos que habitan, predican y oran en sus inmensos campos de maíz.

Lo más seguro es que Trump sea todo lo contrario de lo que piensan sus oponentes o enemigos connacionales y extranjeros; es decir que sea un chico listo y no tenga un pelo de tonto; que sea un experto en lograr todo cuanto se ha propuesto, sin importar qué o quién quede en el camino, que sea muy persuasivo y hasta un gran seductor, porque al fin y al cabo ¿en qué consiste y ha consistido siempre seducir…?

Esto nunca ha consistido en decir la verdad, sino en decir lo que el seducido quiere oír, como si se hablase con una mascota: les digo a los campesinos lo que quieren oír para que crean que yo les hago un favor, cuando ellos son quienes me lo hacen a mí; les hago creer que yo soy quien les da, cuando en realidad soy el que recibe; les masturbo los oídos por vía oral, cuando yo soy quien obtiene la máxima satisfacción.

Si la listura del campesino americano viene de la escritura sagrada aprendida a golpe de sermón y escuela dominical, la de Trump viene del truco y la marrullería aprendidas en un lugar como el sur de Manhattan, concretamente en Wall Street; si lo principal que han aprendido los campesinos es a creer, Trump se hace el objeto de su crédito, en todo caso, si algo ha aprendido el millonario en su ascenso a la cima es a sacar rédito de los créditos; y si ambos juntan sus listuras llegan a ser listísimos.

La verdad de Trump es que su juego lo está jugando bien, que tratando a sus votantes como se trata a una  mascota las cosas le van funcionando, porque el animal doméstico lo es porque acepta nuestras limosnas como si fuesen una fortuna y nuestras mentiras sin rechistar.

En caso de ser posible, la mascota debe pensar: qué orgullo soy su compañía, qué orgullo vivo en su casa (de este lado del muro), qué orgullo me lleva a pasear, qué orgullo soy tan importante para mi amo que incluso me da de comer, y hasta cuando cago recoge mi mierda.

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