Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Arqueología entre dos tierras

Al noreste de la Biósfera Maya se encuentra El Pilar, un sitio arqueológico que comparte su territorio entre Guatemala y Belice. En él trabaja Anabel Ford, arqueóloga que intenta impulsar un sistema innovador de gestión por medio de un jardín forestal. Llegar a él es una aventura, pero su ubicación representa una oportunidad binacional.

Fecha de publicación: 29-05-16
Por: Por Jaime Moreno
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Por Jaime Moreno

Voltaire dijo una vez que la naturaleza siempre ha tenido mayor poder que educación. Eso es algo que la selva guatemalteca sabe bien al no entender de respetos y reclamar para sí todo cuanto el hombre ha construido y abandonado en sus dominios. Así lo ha hecho sistemáticamente con las ciudades mayas, construcciones imponentes que durante más de un milenio dominaron el paisaje selvático y transformaron con sus siluetas piramidales el horizonte mesoamericano. Olvidadas en el imaginario popular por siglos, fueron descubiertas por exploradores que llegaron a ellas guiados por relatos casi fantásticos de construcciones misteriosas en el corazón de la selva. Así reapareció El Pilar, sitio arqueológico enclavado en las profundidades de la Biósfera Maya y que ahora busca ser reconocido como un jardín forestal binacional entre Guatemala y Belice.

Llegar a El Pilar no es una tarea simple. Requiere de una travesía de varias horas a lo largo de caminos y veredas que muestran los dos extremos de la realidad petenera actual: las cada vez más amplias zonas ganaderas y la selva densa que defiende sus secretos a toda costa; un calor sofocante une ambos mundos. Desde Flores, capital del departamento, la primera parte del recorrido se realiza hasta la localidad de Melchor de Mencos, ubicada a más de 90 kilómetros y paso fronterizo hacia Belice. A lo largo de una carretera en relativas buenas condiciones, el ganado y los monocultivos muestran el paisaje que ha sustituido sistemáticamente a la selva en las últimas décadas. A ambos lados son visibles extensas zonas sin vegetación, entre campos quemados y potreros, que contrastan con las montañas selváticas en la lejanía.

 

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En Melchor de Mencos no acaban los caminos, pero sí se vuelven exigentes con quienes desean transitarlos. Su trazado difumina las fronteras ente lo rural y lo urbano y en un par de vueltas se ingresa en un territorio de campos abiertos a través de un camino blanco y quebradizo que requiere pericia y paciencia para recorrerse. Treinta kilómetros separan a El Pilar de Melchor, pero lo accidentado del camino hace infinita la distancia. “La primera vez que vine al sitio todo el recorrido era una brecha entre la selva. Las ramas de los árboles formaban un arco”, dice Anabel Ford, arqueóloga que ha dedicado más de 30 años de vida al estudio del sitio arqueológico. “Ahora, la frontera ganadera ha avanzado mucho”, puntualiza. Ella es la directora de las investigaciones en el sitio, trabaja tanto desde Guatemala como desde Belice y busca impulsar un modelo de conservación no invasivo que convierte los sitios arqueológicos en jardines.

El camino, accidentado, caótico y desolado, conduce hasta la última frontera entre la naturaleza y el hombre. Al final del recorrido está la Reserva de la Biósfera Maya, a la cual se ingresa por medio de una concesión forestal. El arco que sirve de entrada representa la última línea de defensa de la selva, que se erige desafiante como un paredón verde ante el terreno limpio en el que dos o tres árboles dispersos sirven como sombrillas a grupos aislados de reses. A partir de ese punto, custodiado por el Ejército Nacional, el sendero se estrecha y la vista se reduce. Tras varios kilómetros, un pequeño cartel indica el cruce hacia El Pilar y marca el inicio de una brecha entre la selva que finaliza en el sitio arqueológico.

Vestigio del poder

Anabel Ford ha trabajado para la conservación de El Pilar desde su descubrimiento en 1983 y actualmente pertenece al Centro de Investigaciones de Mesoamérica en la Universidad de California en Santa Bárbara, Estados Unidos. Gracias a su trabajo se ha logrado establecer un perfil detallado del sitio. Ubicado al este de la Biósfera Maya, en el área del río Belice, se encuentra a una distancia de aproximadamente 50 kilómetros de Tikal, principal ciudad maya de la región. Mantuvo ocupación desde el 600 a. C. y hasta el Posclásico temprano en el 1000 d. C.

Luego de varios cientos de metros andados en la brecha que se interna en la selva está El Pilar. El camino, empinado y repleto de plantas con espinas, colonias de termitas y telarañas que se asemejan a algodones de azúcar deja entrever veredas artificiales que las comunidades locales utilizan para extraer madera y xate de la concesión forestal. Al final, parcialmente cubierta por una capa de hojas secas, está por fin una estructura maya. En realidad, buena parte del trayecto es una serie de monumentos cubiertos por la selva y se extienden por casi 50 hectáreas. No obstante, el trabajo de Ford se basa en conservar el entorno intacto y del lado guatemalteco solo una estructura está expuesta. En ella destaca la huella de los huecheros (saqueadores): una trinchera prácticamente divide en dos la estructura. “Es un ejemplo del saqueo que sufren muchos de los sitios arqueológicos en Guatemala”, apunta Eduardo Hernández, encargado de la Unidad de Tráfico Ilícito del Ministerio de Cultura y Deportes. “La depredación es sumamente brusca, no respeta técnicas. Solo se pretende ubicar material arqueológico para después comercializarlo”, explica. A pesar de ello, las estadísticas de la dependencia a su cargo muestran un descenso en los reportes de saqueo en los últimos años –las décadas de los sesenta y setenta fueron las más fuertes. “No se ha erradicado, pero sí ha disminuido la cantidad de hechos registrados”, puntualiza.

El Pilar está habitado actualmente por monos, venados y gran cantidad de fauna. Los felinos, aunque esquivos, también dejan su rastro en la zona. Ello contrasta con los 20 mil habitantes que se estima la ciudad tuvo en su apogeo, los cuales desarrollaron más de 30 complejos de templos, palacios y juegos de pelota que permanecen bajo la selva, una que según Ford es producto de generaciones de trabajo basado en un sistema de policultivos hasta convertir el territorio en un jardín forestal.

 

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Jardín entre dos tierras

Lo que Ford intenta impulsar en El Pilar es una técnica que llama Arqueología Bajo el Dosel. Significa trabajar al cobijo de la capa arbórea que conforman las copas de los árboles en la selva, preservando el entorno natural lo más posible. Esto basada en la teoría de que la selva es un jardín forestal, uno generado con la ayuda de la planificación de los habitantes prehispánicos. Ese es el pilar del trabajo que la arqueóloga realiza en el sitio. Según documentos propios del proyecto, “La estructura de la selva maya es reliquia de una relación dinámica de la cual los humanos son una parte integral”. Esto da una visión distinta de la versión tradicional del colapso de la civilización en la zona, que habla de malas prácticas agrícolas. Lo que Anabel intenta demostrar es que la selva estaba integrada a un sistema sostenible. “Imitando la estructura de la selva, los antiguos mayas desarrollaron un sistema de policultivos para reducir la inestabilidad, evitar la degradación e integrar las técnicas de mano de obra para incrementar la producción”, concluye. La idea es implementar un sistema de huertas agroforestales, regenerando especies endémicas, como el corozo o el rosul y luego replicarlo en zonas de reforestación involucrando a las comunidades.

El Pilar está entre dos países y las fronteras se diluyen; unos metros separan a Guatemala de Belice. Ante las recientes tensiones bilaterales, el proyecto de Ford es visto con interés. José Luis Chea Urruela, ministro de Cultura y Deportes, ve en él una visión diferente de la arqueología. “Está orientada no solo a los monumentos sino al jardín botánico, como un medio de conservación y subsistencia”, dice al tiempo que reconoce que la iniciativa es viable en el  lugar. “Tiene los elementos necesarios, conservación, protección y sustentabilidad. El sitio tiene el requerimiento de convertirse en monumento –actualmente no tiene una declaratoria especial– y requiere un plan maestro”. Eso sí, no deja de lado el simbolismo que un proyecto binacional podría tener en estas circunstancias. “Esta es la zona de adyacencia, es la importancia de El Pilar en este momento. Puede ser un sitio de paz, uno que puedan compartir los dos países”, finaliza.

 

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