Jueves 18 DE Abril DE 2019
El Acordeón

El pánico rojo

Máquina del tiempo

Fecha de publicación: 22-05-16

Arturo Monterroso

En Estados Unidos, ese desmesurado país amante de la guerra, conservador, anticomunista y religioso, el socialista democrático Bernie Sanders es una anomalía, aunque muy lejos de personajes radicales como John Reed. De origen burgués y graduado en Harvard, el comunista Reed (quizá usted lo recuerde por la película Rojos, de principios de los ochenta) cabalgó con Pancho Villa, conoció a Venustiano Carranza, fue corresponsal en Europa durante la Primera Guerra Mundial y entrevistó a Lenin en el Palacio de Invierno de San Petersburgo, apenas un día después del triunfo de la Revolución de Octubre, en 1917. Se quedó un tiempo en Rusia para documentar el proceso revolucionario y escribió el libro Diez días que estremecieron al mundo, una referencia sobre ese momento crucial de la historia. Cuando regresó a Estados Unidos fue acusado de espía, como era de esperarse (la gente andaba alborotada por el “pánico rojo” y el fiscal Palmer perseguía a los comunistas con el Sedition Act en la mano), y terminó refugiándose en la Unión Soviética, donde murió de tifus en 1920. Tenía apenas 32 años.

Sanders, quien se las ha ingeniado para llegar mucho más lejos en la vida, se ha identificado con la izquierda desde joven, cuando participó en la Marcha sobre Washington, siguiendo a Martin Luther King. Admirador de la socialdemocracia y de sus logros en los países nórdicos (bienestar para el pueblo a partir de una economía de libre mercado con una carga impositiva eficiente), ha sido un activista partidario de la no violencia que ha vivido inmerso en la política estadounidense, aunque no se puede negar su beligerancia y su posición crítica frente a la invasión de Irak y a la Ley Patriota, que da un mayor poder al Estado para vigilar a los ciudadanos, en detrimento de su libertad y sus derechos constitucionales. Aun así, su pensamiento político está muy lejos de las ideas de Reed, aunque la derecha lo vea como un peligro para el statu quo, que privilegia a un reducidísimo grupo de la población. Como sabemos, el progresista Bernie propone el reconocimiento de derechos humanos de primera, segunda y tercera generación, como la libertad de expresión, la igualdad de ingresos y la asistencia sanitaria universal; además, muestra una auténtica preocupación por el cambio climático. De todas maneras, se trata de mejoras dentro del sistema capitalista, apenas un breve aleteo de mariposa que no perturba demasiado el precario territorio de la clase media; nada que ver con la dictadura del proletariado.

El destino de Reed me recuerda el de Edgar Snow, ese periodista de Missouri que cubrió la revolución comunista en China y que fue corresponsal en Rusia durante la Segunda Guerra Mundial. Entrevistó a Mao, escribió algunos libros y, más tarde, en 1970, fue el primero en saber que los chinos estarían dispuestos a recibir a Richard Nixon, como primer paso para normalizar las relaciones diplomáticas y comerciales entre China y Estados Unidos. Dadas sus buenas relaciones con el régimen de Pekín, su intervención podría haber sido útil. No obstante, Snow era considerado procomunista, simpatizante de Mao y person of interest ante los ojos de Washington. Así que Nixon decidió enviar a Henry Kissinger para que arreglara la visita de manera discreta; es decir, por canales oblicuos. Snow regresó a su país y se dedicó a escribir, aunque nunca logró vivir de sus libros. Perseguido por McCarthy y dada su tendencia a presentar los hechos que había presenciado en China sin pasarlos por la visión unilateral y anticomunista de los gringos, se fue a vivir a Suiza. Murió en Ginebra en 1972. Bernie Sanders, en cambio, es un buen ciudadano con preocupaciones legítimas ni relaciones peligrosas, como las de Reed o Snow. De manera que sería interesante que ganara las elecciones y averiguar hasta dónde ese enorme elefante que es Estados Unidos puede moverse con mayor agilidad.

>arturo.monterroso@gmail.com

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