Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

La democracia o la banalidad del bien

Puede servir de algo comenzar diciendo que todos nosotros: hombres y mujeres, desarrollados y subdesarrollados, occidentales y orientales, usted y yo vivimos una época atroz, quizá la más temible de la historia del mundo, pero a la vez esta aparece como la época más benévola y maravillosa.

Fecha de publicación: 08-05-16
Por: Por Rogelio Salazar de León
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En plena guerra fría, durante la década de los sesentas del siglo anterior, la agenda judía sigue su curso y no se detiene, lo cual, acaso sea lo más justo.

Adolf Eichmann, un exfuncionario de los campos de concentración nazis, es descubierto mientras yace agazapado en la Argentina; como cabía esperar de la época, bajo las sombras del espionaje y el lujo de la fuerza, es conducido a Jerusalén para ser juzgado.

Entre tanto, el suplemento cultural más famoso de Norteamérica envía a Hanna Arendt a cubrir el evento; ella es una filósofa de prestigio, no es norteamericana, en cambio es judío-alemana, está muy bien ubicada en el aparato universitario norteamericano y, además, ha sido prisionera en un campo de exterminio nazi; de modo que la mesa está puesta, montada y servida para que comience la función; sin embargo a ella se le ocurre, en vez de escribir una crónica del suceso, escribir una reflexión que hace sentir incómodo a todo el mundo, que no sienta bien a nadie y, tal vez, que dice aquello que nadie quiere oír.

Así es como nace el texto publicado en el New Yorker llamado Eichmann en Jerusalén, un estudio sobre la banalidad del mal, que sirve de molde al título de esta nota y que pretende ser fiel al espíritu del escrito de Arendt.

Puede servir de algo comenzar diciendo que todos nosotros: hombres y mujeres, desarrollados y subdesarrollados, occidentales y orientales, usted y yo vivimos una época atroz, quizá la más temible de la historia del mundo, pero a la vez esta aparece como la época más benévola y maravillosa de la historia, ante lo cual, al menos deberíamos atrevernos a preguntar ¿cómo puede ser esto…? Pues sí que puede ser porque, ciertamente, este es un mundo tan racional e indiscernible, al mismo tiempo.

Arendt fue enviada a Jerusalén bajo el sobrentendido de que iba a crujir, a triturar, a destripar a los alemanes y a la sombra fascista que pesa sobre ellos; y ella, en efecto, cumplió con hacerlo, otra cosa es que no lo hayan entendido así, que lo haya hecho como ella quiso, y no como hubiese querido quien pagó por su viaje, como hubiese querido quien la comisionó para la misión, pero eso es lo que tiene dar comisiones a quien intenta pensar con su propia cabeza: que finalmente hace lo que ella le dicta, antes que cumplir con los demás o de llevar adelante la agenda de otros.

Hanna Arendt, siendo alemana de lengua y de cultura, no vio en Eichmann al demonio del mal, al ángel negro del mal, al Mefistófeles que sacude el alma del sabio Fausto, al der Teufel germánico, sino que vio a un hombre tristemente célebre, a un tenue y opaco burócrata sin nada capaz de favorecerlo, a un gris personaje carente de cualquier atributo especial, más que el de la obediencia, solo capaz de dejarse arrastrar por las órdenes de sus superiores, Arendt ve a alguien con la talla diminuta de quien ni siquiera se atreve a discernir si estas órdenes merecen o no ser atendidas o ignoradas, cumplidas o incumplidas.

Eichmann, al final de cuentas, es un tipo incapaz de cualquier matiz que pueda ser catalogado de propio, alguien inapto e inepto hasta para el odio, alguien que es como si fuese nadie, en la medida en que su presencia anodina solo logra poner en marcha una agenda ajena, una agenda de otro que lo instrumentaliza, que lo borra como si fuese solo la pieza de una máquina.

Por aparte, los judíos en occidente son como aquel que nunca ha terminado de llegar, pero también como aquel que nunca ha terminado de irse, son como aquel que siempre ha estado sin estar, pero también como aquel que nunca ha estado estando presente, los judíos han sido el omnipresente y el escurridizo; no son una nación y sí lo son; los judíos en occidente son como el objeto que no ha tenido un lugar teniéndolo, como la cosa que nunca ha ocupado un lugar ocupándolo; son aquello con lo que occidente nunca ha sabido qué hacer.

En el occidente cristiano los judíos han pasado por todo o por casi todo, y nada tan resistente como ellos (la resistencia durante la guerra se dice que fue francesa, pero realmente fue más judía), nada tan persistente como ellos; se ha querido convertirlos, se ha querido expulsarlos, se ha querido integrarlos, hasta que, llegado un momento de gran desarrollo, se ha querido exterminarlos.

Y al decir gran desarrollo quiere decirse: reconcentración de la energía en la fuerza técnica e industrial, pensada como la clave de la felicidad y la riqueza, porque es allí adonde se transfiere el trabajo para que sea multiplicado exponencialmente, el punto a donde se transfiere el trabajo para que produzca una riqueza incalculable y desmedida.

Antes se decía: Eichmann pudo ser visto por Hanna Arendt como la anodina pieza de una máquina, vale agregar, de una máquina destinada a producir muerte, a fabricar muertos…

¿Acaso, la felicidad de occidente depende del exterminio del otro…? Ya sea, el árabe, el judío, el negro, el indio…

La pieza de una máquina no piensa, solo ejecuta; la pieza de una máquina solo sigue la pauta del funcionamiento sistemático de un todo, en el que su singularidad no importa ni cuenta para nada.

Ante lo cual, resulta imposible negar dos cosas: que el partido fascista alemán llegó al poder por vía de la democracia y, en segundo lugar, que en uso del poder y ya habiendo dado de sí lo suficiente, su respaldo popular no hizo sino crecer y crecer y no parar en una carrera que no dejó de crecer e ir a más; de modo que siempre fue un gobierno con un fuerte respaldo popular.

El gobierno alemán de Hitler, sin ser el prototipo de lo que cualquier demócrata (signifique lo que signifique eso de demócrata) declararía ser, sí que tuvo lo necesario para llamarse democrático, al tener el respaldo popular tuvo lo necesario, al menos formalmente, para poder llamarse democrático.

De manera que, si las cosas se piensan bien y de acuerdo con un entendimiento normal, el fenómeno nazi y su tempestuosa presencia son resultado de la razón democrática, porque, francamente, cualquier cosa puede desviarse y perderse por el camino, cualquier declaración de buenas intenciones puede ir a parar a la más infernal locura, y el deseo de cualquiera puede llegar a ser totalitario; así, los ejemplos de enredos de la democracia se reproducen hoy por hoy a lo largo y ancho del mundo e, incluso, hace ya mucho tiempo el mismo Platón al decepcionarse de ella la trató como a una vulgaridad.

Pero, además, la democracia hace uso de un discurso capaz de predicar una clara sublimación al decir a los hombres que son libres y que son iguales, cuando en realidad hace de ellos algo tan banal como las piezas de una maquinaria y, más aun, al colindar en una vecindad tan cercana con el totalitarismo.

En el fondo, hablar de la democracia equivale a hablar de una de las formas más influyentes de la cultura que ha producido occidente, pero visto lo visto, esta producción de la cultura, a lo mejor como algunas otras, puede devenir en un error; sin embargo no podemos prescindir de ella, el único ser que nos es posible es el que ella nos sugiere y/o impone, de manera que nosotros somos solo en relación a ella, aun siendo un error.

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