Martes 20 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Hombres blancos

Máquina del Tiempo

Fecha de publicación: 08-05-16
Por: Arturo Monterroso
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La guerra de Independencia de Estados Unidos fue, sobre todo, una revolución de hombres blancos, armados y con derecho a disparar impunemente desde antes de que se levantaran las trece colonias británicas en contra de la Corona. Para los esclavos y los indios el movimiento no tenía ningún significado y muchos blancos de las clases no privilegiadas no sentían mayor entusiasmo por ir a la guerra. Se trataba de salvaguardar los intereses de una clase media satisfecha y próspera. Alexander Hamilton, un asistente de George Washington y miembro de la élite emergente, escribió, según nos recuerda Zinn en A People’s History of the United States, que sus compatriotas tenían toda la insensatez del burro y toda la pasividad de las ovejas; que estaban determinados a no ser libres y que, si alguna vez iban a alcanzar su libertad, sería gracias a la intervención de Francia y de España. De hecho, en un principio los revolucionarios perdieron casi todas las batallas. Así que, mientras el ejército de Washington permanecía inmóvil en Pennsylvania, Benjamín Franklin negociaba una alianza con la monarquía francesa. Francia no podía ocultar sus ansias de vengarse de Inglaterra; se había visto forzada a abandonar sus colonias en América del Norte tras la firma del Tratado de París de 1763. Así que envió tropas al mando del Marqués de La Fayette y del Conde de Rochambeau para ayudar a los revolucionarios. España les envió armas y suministros, además de la invaluable ayuda del gobernador de La Luisiana, el mariscal Bernardo de Gálvez, quien llegó a un acuerdo con Thomas Jefferson y bloqueó el paso de los británicos en el Misisipi.

Pero dejando atrás esos hechos que concluyeron con la Declaración de Independencia y la firma de la Constitución de Estados Unidos, además del ulterior culto a los llamados Padres Fundadores (a veces babeante), digamos, dando un salto de tiempo y circunstancias, que el próximo presidente del país de Toni Morrison podría ser Donald Trump. Recordé el nombre de la escritora porque, además del Premio Nobel y el Pulitzer, Morrison recibió la distinción Jefferson Lecture in the Humanities. También porque una vez dijo que Bill Clinton había sido el primer presidente negro de su país. Se refería a sus orígenes y a lo mal que lo trataron a raíz del escándalo Lewinsky. A su mujer, Hillary, le tocará, muy probablemente, enfrentarse a Trump quien, como en los tiempos de la guerra de Independencia, se apoya en el hombre blanco de clase media, aunque ahora nada satisfecho y dudosamente próspero, unas circunstancias que ha sabido aprovechar el virtual nominado republicano.

Trump, cuya inepcia es imbatible, confía en que los votantes terminarán de darse cuenta de que su campaña no depende de acaudalados donantes. Según él, no ha recibido nada de los Super PACs, esos comités organizados por los multimillonarios y sus empresas para financiar campañas políticas. De acuerdo con la Newsweek del pasado 18 de marzo, los Super PACs pueden ahora recolectar y gastar tanto dinero como quieran en tanto no coordinen directamente las actividades de sus candidatos, algo tremendamente retorcido, aunque producto de las garantías de la Primera Enmienda de la Constitución, según los conservadores que “descubrieron” (las comillas son de Newsweek) que el dinero es “expresión” y que las corporaciones son “personas”. De manera que sus fortunas y sus grandes empresas tienen los mismos derechos constitucionales de “libre expresión” que cualquier ser humano. Claro que algunos constitucionalistas afirman que esa jamás fue la intención de los Padres Fundadores. Ya no importa, excepto porque los millonarios pueden empujar sin cortapisas legales la candidatura que convenga a sus intereses. O eso creían los republicanos, hasta que el impredecible Trump apareció, literalmente, como la figura principal del espectáculo.

>arturo.monterroso@gmail.com

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