Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
El Acordeón

A dónde van los desaparecidos

Durante los años ochenta, la escritora italiana Anna Luisa Pignatelli recorrió Guatemala, en medio de las agudas contradicciones que surgían de un país en estado de guerra. Una belleza natural exuberante y una riqueza cultural milenaria que contrastaban con la desolación y el exterminio. De esa experiencia surge su novela El lago indígena, cuya traducción al castellano acaba de publicar la editorial Sophos.

Fecha de publicación: 01-05-16
Por: Por Luis Aceituno
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Cuando la escritora italiana Anna Luisa Pignatelli llegó por primera vez a Guatemala, hace más de 30 años, le inquietaba sobremanera la palabra “paradero”, leída en las notas de la prensa de la época. La historia era siempre la misma, relata: “Una persona salía de su casa, tomaba el bus y nunca regresaba. Los familiares preguntaban por su paradero”. Detrás de este término que, leído en ese contexto, adquiría una connotación bastante tétrica, se encontraba escondida una realidad demasiado cruda: Una guerra sucia que asolaba los campos y las ciudades y que se ensañaba de la manera más cruel y despiadada con los indefensos y los desposeídos. Una realidad que, a pesar de la belleza y la exuberancia del paisaje, era difícil de pasar por alto y que a ella la tocó directamente cuando un amigo, conocido en este país con los imponentes volcanes del lago de Atitlán como fondo, desapareció una tarde y nadie volvió a saber de él, de su paradero.

Esa estancia, a mediados de la década de los ochenta, en Guatemala fue decisiva para Pignatelli en su vocación de escritora. Antes de llegar al país, había escrito ya algunos cuentos (“más que todo experimentos”), pero fueron las intensas y dolorosas vivencias de ese viaje las que terminaron por hacerla asumir plenamente el camino de la literatura.

El primer resultado de esa experiencia fue Maya/ vita d’oggi degli uomini di mais, crónicas sobre los viajes que emprendió en aquella época en las diferentes regiones de Guatemala, ilustrado en la versión italiana con bellas fotografías de la autora que documentan gentes, paisajes, lugares. “Es un libro más hacia la sociología, que era mi verdadera oficio (Pignatelli se graduó en Florencia en Ciencias Políticas en la Universidad Cesare Alfieri), estudios sobre tradiciones, rituales, danzas, pláticas con las mujeres”.

Mientras estuvo en Guatemala, cuenta, buscó y leyó todo lo que se podía leer sobre el país, textos antropológicos, históricos, sociales. La marcó profundamente, sin embargo, la lectura de Miguel Ángel Asturias. “Hay cosas que solo puede explicar la literatura, que mediante otro tipo de acercamientos son difíciles de comprender”.

El otro autor que la acompañó fue Mario Monteforte Toledo que la ayudó a introducirse en el universo del lago de Atitlán. Una región a la que se siente ligada especialmente y que va a convertirse en el marco donde se desarrolla su otro libro sobre Guatemala. La novela El lago indígena, publicada a inicios de esta década en italiano y en francés, y que ahora publica en castellano la editorial de la librería Sophos, en una impecable traducción realizada por Ismael Penedo Méndez. Es la novela que surge de esa vivencia, profunda y oscura, que experimentó del país en los años ochenta y que se resume en esa palabra que le causaba un absoluto desasosiego cuando leía los periódicos: “paradero”. El problema con lo desaparecido, dice la autora, “es que es algo que ya no se vuelve a encontrar”.

Para el escritor guatemalteco Dante Liano, que ha leído con detenimiento los diferentes libros de Pignatelli:

El lago indígena relata una búsqueda: la del protagonista Tano, que regresa a Guatemala para emprender una empresa que sabemos imposible: encontrar a su amigo Manolo Barras, desaparecido durante los años en que el Ejército arrasó el altiplano. La escena ocurre en la delirante belleza del lago de Atitlán y el pueblo pareciera un Panajachel necesariamente fantástico.  Si la empresa es imposible, no lo es, en cambio, la descripción de lo que pasa en el pueblo, ocupado por el Ejército. En cierto sentido, ese pueblo a orillas del lago de Atitlán representa a toda Guatemala. También la investigación de Tano es un recurso de la ficción. En realidad, su viaje de un personaje a otro sirve a la narradora para elaborar retratos vívidos de personajes comunes en la época. Baste pensar en el militar omnipotente que domina la zona y cuyas tristes ideas sobre los indígenas reflejan con melancolía las de la clase dominante en el país. Baste pensar en el escritor repatriado, cuyo acomodante regreso al país está severamente representado.  Baste  pensar en los indígenas agobiados de miedo, de explotación, de angustia.  La visión de Pignatelli no es diferente a la de un autor guatemalteco: ha vivido suficientes años en el país como para conocerlo bien. Tampoco es aséptica o ausente: una indignación subterránea estremece toda la narración, contenida, asqueada, estupefacta. Como quien se ha asomado a las puertas del infierno y comprueba que sus llamas son frías, silenciosas, inexhaustas. Y esa revelación la obliga a escribir”.

Anna Luisa Pignatelli regresó 30 años después de todas aquellas vivencias a Guatemala  y durante tres años cumplió funciones diplomáticas junto a su esposo, el embajador Fabrizio Pignatelli. Entretanto había escrito algunas novelas y vivido en lugares como Lisboa, Seúl, Dar es-Salaam. Aquí fue reencontrarse con el paisaje, las intensidades, las fascinaciones, el dolor, las pérdidas que la llevaron a explicar lo que solo es posible explicar por la literatura.


 

El lago indígena (fragmento)

Por Anna luisa Pignatelli

Una vez en Jucanyá, en aquel lago indígena donde cinco años antes había pasado tres meses con Manolo, Tano caminó por el sendero que llevaba al puente de madera sobre el río para luego adentrarse en el cafetal.

Entre los troncos esbeltos se había asentado un espeso estrato de hojas secas. Las bayas brillaban entre las frondas: desprendió una y la puso en su bolsillo.

La noticia de la desaparición de Manolo, que Carmen, la novia de su amigo, le había comunicado en un telegrama, lo había traído de vuelta a Panajachel. Caminando hacia la casa donde había vivido con él un tiempo, se aferró a la esperanza de que se hubiese refugiado allí para huir de alguna amenaza o de la misma Carmen: sabía lo mucho que Manolo valoraba su soledad.

Antes de dejar el pueblo, hace años, Tano le había dado a Manolo la llave de aquella casa, invitándolo a quedarse cuanto quisiera. Curiosamente, Manolo jamás había vuelto.

Ahora, si su memoria no le fallaba, tenía que cruzar a la derecha; después de pocos metros encontraría la barbería de don Álvaro.

La puerta del local estaba atrancada. Paró, fascinado por los dos personajes pintados en la pared de adobe: un indígena de bigotes cortos blandía un par de grandes tijeras. Frente a él, recostado sobre un taburete con las piernas abiertas, un cliente mantenía reclinada la cabeza, resignado, como si en vez de cortarle el pelo, estuviera a punto de ser degollado. La pintura, el sendero, los bananos, todo había permanecido igual. Solo el volcán, que dominaba azul sobre las plantas de café, le parecía aún más imponente, casi como si su figura se hubiera acercado a Jucanyá. A los lados del volcán se levantaban algunos hilos de humo: se decía que eran las fogatas que los guerrilleros encendían para calentarse, desafiando la vigilancia del ejército. Desde hace muchos años combatían: algunas veces vencían ellos, otras los militares.

Tano siguió por el sendero y se encontró frente al rancho donde había vivido hacía algunos años. Era suyo. Se lo había comprado a Álvaro Cululén con el deseo de que un día fuera su refugio y su patria. Quedó maravillado de que todavía estuviera en pie. La fachada, surcada por una profunda grieta causada por los temblores tan frecuentes en la zona, se distinguía de las casas de los indígenas solamente por el techo: tejas en vez de paja. Al lado de la puerta, escrito en la pared de cal, decía: “El Cafetal”.

El sol estaba a punto de ocultarse, y la noche morada y tersa ya se insinuaba entre las plantas de café. Un gallo vino a su encuentro y estiró el cuello con aire desafiante.

—¿Qué quieres? Esta es mi casa —le dijo Tano lanzándole una baya.

La puerta se entreabrió con la ligera presión que hizo al insertar la llave. Le pareció extraño: estaba acostumbrado a cerrar bien cuando dejaba una habitación por mucho tiempo. No podía ser sino un indicio de la presencia de alguien. Encendió el cabo de vela que llevaba siempre en el bolsillo. Los tejidos indígenas rojo y morado colgados en la pared sobresalieron de la oscuridad cual banderas empapadas de sangre como para darle un vigoroso apretón de manos. Sintió la emoción de haber vuelto finalmente a casa. Introdujo la vela en el cuello de una botella vacía que apoyó sobre la mesa.

Todo estaba tal y como lo había dejado: dos bancos de madera, la mesa, el lavabo de piedra, el catre, la estufa de gas, el fogón con su repisa donde todavía estaba la figura del Judas que los indígenas veneran con el nombre de Maximón. Cuando sus ojos se acostumbraron a la obscuridad se percató de una olla con sobras de arroz en el lavatrastos. El arroz estaba blando, como si lo hubiesen cocinado recientemente. Se sentó, abrumado por la soledad, temeroso de entrar en aquellas habitaciones misteriosas luego de tantos años. El silencio era absoluto, casi como si “El Cafetal” no estuviese en Panajachel sino afuera de este mundo. La puerta de la habitación adyacente estaba entreabierta. Con los nervios tensos, tomó la candela y se introdujo en las tinieblas. También estaba como la había dejado, ocupada únicamente por una silla, un armario, una estantería y una mesita donde estaba apoyada una pila de libros. Abrió uno en una página al azar. Sintió una extraña sensación al encontrar sus viejas anotaciones al margen de las páginas.

De la ventana que daba hacia los cafetales, extrañamente abierta, entraba el aire fresco que en el altiplano enfría al atardecer las calurosas jornadas del trópico. Al levantarse para dar un vistazo, tropezó con un par de zapatos de tela negra. Estaban tibios y apestosos, como recién usados y bastaron para despertar en él la esperanza de encontrar a Manolo en la última habitación, así como el miedo de toparse con un desconocido.

Abrió con cautela la puerta. Su corazón dio un sobresaltó: la chimenea estaba encendida. Destellos de luz aclaraban los muebles: el resplandor de la llama reveló un cuerpo inmóvil acostado en la cama que proyectaba una sombra gigante en la pared. Comenzó a retroceder pero una voz ronca debajo de la manta lo dejó paralizado:

—¿Trajiste las cervezas?

Permaneció inmóvil sin atreverse a responder.

—¡Hey!, con vos hablo, ¿tenés las cervezas?

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