Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
El Acordeón

Cervantes, Shakespeare y el Inca

Se cumplen 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes y William Shakespeare, aunque también, como nos recuerda Dante Liano, del Inca Garcilaso. Son el origen mismo de lo que llamamos literatura moderna y el hecho de que coincidan en el tiempo, en una época convulsa en que el mundo se tornaba más amplio y adquiría nuevas configuraciones, hace que no solo asociemos a estos personajes singulares en obligatorias celebraciones oficiales, sino que busquemos en estos seres tan diferentes una identidad compartida.

Fecha de publicación: 24-04-16
Por: Por Dante Liano
Más noticias que te pueden interesar

1460632852_347443_1460632963_noticia_grande

Por Dante Liano

Que en el año 1492 Gutenberg haya inventado la imprenta; que en ese mismo año los Reyes Católicos Fernando e Isabel hayan conquistado Granada y, con ello, culminado la Reconquista; que, como consecuencia, esos Reyes Católicos hayan proveído a la expulsión de los judíos, para completar la de los árabes; que también ese año Cristóbal Colón se hubiera equivocado creyendo encontrar las Indias Occidentales cuando había encontrado América; que en 1492 don Antonio Nebrija haya escrito la primera gramática de la lengua española, considerando que el idioma estaba convirtiéndose en lengua imperial, y que una lengua imperial necesita tanto orden cuanto el Imperio mismo; que en 1492, en fin, haya sido elegido papa un español, Alejandro VI, conocido por la bula que dividió la América latina en portugués e hispánica; todos estos hechos pueden sugerirnos la conjetura que la casualidad, la suerte, la fortuna, las insospechadas coincidencias son tan importantes como la decisión, la tenacidad y el poder.

Otra fecha mágica es el 23 de abril de 1616

La noche del 22 de abril de ese año, William Shakespeare salió, en su nativa Stratford-upon-Avon, a beber unas copas con sus amigos Ben Jonson y Michael Drayton. Se sabe que los artistas de teatro, por razones de oficio, tienen un horario noctívago que no coincide con el horario de los trabajadores habituales. Las funciones terminan tarde y la excitación producida por la obra representada los lleva a prolongar hasta el alba los comentarios, los chistes, las indiscreciones. Casi siempre se refugian en tabernas de generoso vino, cerveza, whisky, vodka o ron, según sea la latitud en la que viven. Por eso, no es extraño que el poeta inglés se haya detenido en la taberna con sus amigos, y que haya regresado a casa en un barquito de alcohol. Al día siguiente, el 23 de abril, amaneció malo, el malestar se transformó en calenturas y las calenturas en muerte.

En la villa y corte de Madrid, en esa misma fecha, moría don Miguel de Cervantes y Saavedra. Si la biografía de Shakespeare es controversial hasta en el nombre, de Cervantes sabemos todo, o casi todo.  Naturalmente, hay partes oscuras, porque lo son o porque la especialidad de los especialistas es enredar verdades: se discuten la fecha de nacimiento, los motivos de la huida a Roma, el cautiverio en Argel, el episodio del hombre aparecido muerto frente a su hogar en Valladolid, la conducta de las mujeres de su casa. Más digna del autor es su actitud ante la muerte, que gallardamente enfrenta cuando se sabe en las últimas. Logra, con fatiga anciana, terminar la Segunda Parte de Don Quijote, y escribe el hermoso prólogo del Persiles, hermoso porque constituye un vibrante testimonio espiritual de entereza hidalga:

“Señor: aquellas coplas antiguas que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: ‘Puesto ya el pie en el estribo’, quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras las puedo comenzar diciendo:

Puesto ya el pie en el estribo,

con las ansias de la muerte,

gran señor, ésta te escribo.

Ayer me dieron la extremaunción, y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies de V. E., que podría ser fuese tanto el contento de ver a V. E. bueno en España, que me volviese a dar la vida. Pero, si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos y, por lo menos, sepa V. E. este mi deseo y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle, que quiso pasar aún más allá de la muerte mostrando su intención. Con todo esto, como en profecía, me alegro de la llegada de V. E.; regocíjome de verle señalar con el dedo y realégrome de que salieron verdaderas mis esperanzas dilatadas en la fama de las bondades de V. E. Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de las Semanas del Jardín y del famoso Bernardo. Si a dicha, por buena ventura mía (que ya no sería sino milagro), me diere el cielo vida, las verá, y, con ellas, el fin de la Galatea, de quien sé está aficionado V. E., y con estas obras continuado mi deseo; guarde Dios a V. E. como puede, Miguel de Cervantes”.

Un poco a trasmano de Madrid se encuentra el pueblo de Montilla, en la provincia de Córdoba. Allí había ido a parar uno de los más grandes escritores en lengua española: el Inca Garcilaso de la Vega. Nacido en el Cuzco, fue hijo del capitán Garci Lasso de la Vega (y este padre emparenta con los más célebres literatos hispánicos, comenzando por el homónimo y excelso poeta) y fue hijo de la princesa inca Chimpu Ocllo. Como todo mortal, fue más hijo de su madre que de su padre, y esto lo hizo crecer en un ambiente en donde aprendió, como lengua madre, el quechua, y, al mismo tiempo, el español. Creció en la familia materna y supo así la orgullosa y soberbia historia de los Incas, sus certezas y sus leyendas. Cuando el rey de España obligó a los promiscuos españoles a casarse, para evitar la jocunda poligamia que ejercían lejos de Madrid, el padre escogió a una española. No repudió a su hijo y lo hizo educar con los mejores maestros españoles del Perú. A un cierto punto, muerto el padre, el joven mestizo viajó a España, a reclamar su herencia y títulos, y recaló en casa de un tío, en Montilla. Como sucede con frecuencia a los hispanoamericanos, llegar a Europa le descubrió la grandeza de sus orígenes indígenas y la ignorancia de los europeos ante las culturas americanas. Descubrió, también, que los españoles no lo reconocían como paisano, sino como “indio” y que en el Perú era un español. Descubrió que era mestizo. Debemos a ese descubrimiento una nota, sobria y estupenda:

“A los hijos de español y de india o de indio y española, nos llaman mestizos,  por decir que somos mezclados de ambas naciones; fue impuesto por los primeros españoles que tuvieron hijos en Indias, y por ser nombre impuesto por nuestros padres y por su significación me lo llamo yo a boca llena y me honro con él”.

Hoy habría dicho: “mestizo, y a mucha honra”. O quizá sea mejor esa soberbia: “a boca llena”.  El Inca Garcilaso de la Vega murió en Montilla el 23 de abril de 1616.

Shakespeare nos deja obras llenas de sound and fury: traiciones, adulterios, incestos, puñaladas en la espalda, duelos de capa y espada, suicidios, ríos de sangre. Una profunda indagación de los oscuros laberintos del alma humana, sin transigencias, sin pudores, con el impío conocimiento de la materia de que estamos hechos. “De sueños”, dice Shakespeare, quizá queriendo decir “de pesadillas”. Cervantes nos habla del alma luminosa de un caballero cándido, cuyo deseo de mejorar al mundo lo hace pasar por loco, como locos han sido llamados los que han querido cambiar las oscuras cosas humanas. Todos reconocemos en Don Quijote una nobleza de espíritu a la que aspiramos, una decorosa dignidad que tratamos de mantener sin alardes, una aspiración de libertad superior a todas las potencias. Esa es la herencia que compartimos los que hablamos la lengua de Cervantes. Y que recoge con singular orgullo hispanoamericano el Inca Garcilaso, al manifestar su doble herencia y su doble linaje, que es uno: el orgulloso, recio y enraizado legado de los mayas, de los aztecas, de los incas, y el profundo, fluvial y potente legado hispánico, por el cual son nuestros el Popol Vuh y el Quijote, en indivisa conjunción.

(El humano anhelo de aniversarios, o, más simple, de recuerdos compartidos, encierra una mínima y benigna trampa: es cierto que Cervantes y el Inca murieron el 23 de abril de 1616, según el calendario gregoriano; es cierto que Shakespeare murió el 23 de abril de 1616 del calendario juliano. Quizá no importe tanto la exactitud cuanto la grandeza, la precisión cuanto el azar, la pedantería cuanto la magnanimidad: días más, días menos, ello no sea obstáculo para una fiesta de la literatura).

Etiquetas: